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jueves, 29 de septiembre de 2011

El odio de la Suprema- Gatos Pardos


Gatos Pardos
Hercilia Castro
Para ellos todo, para nosotras nada…

El odio al pueblo que tiene la Suprema Corte de Justicia de la Nación queda constatado una vez más, en sus múltiples oportunidades que ha tenido para darle el lado al pueblo mexicano por enésima vez recalca el fascinante repudio que le tiene.

Pero éste día vuelve a pasar a la historia con la asquerosa (no encontramos más palabras adecuadas) decisión de abortar los derechos de la mujer, el derecho a decidir sobre su cuerpo.

Siempre criticamos los vicios sociales que nos han inculcado, pero no hay que evadir la responsabilidad del estado mexicano y el abandono a ese grupo que les dio la vida- por si lo olvidan- las mujeres.

Hoy la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) avaló la reforma antiaborto de Baja California y San Luis Potosí , la cual “protege” el derecho a la vida desde la concepción. Siete ministros se pronunciaron por la inconstitucionalidad del artículo séptimo, párrafo primero de la carta magna de esa entidad.

La decisión de la SCJN de avalar la reforma antiaborto nulifica las luchas por el respeto a los derechos a la mujer y resulta una ofensa no solo para Baja California sino para todas las mexicanas, deja en claro que México seguirá sumido en la ignorancia y que la institución más “respetada”, no sabe defender los derechos de las mujeres.

Defiende el derecho a la vida, la pregunta es: ¿Qué clase de vida?.

¿Qué clase de vida cuando existe la trata de blancas, pederastas, violadores, marginación y miseria? La mayoría de las mujeres que conozco no tiene derecho a la educación, tienen que trabajar de tiempo completo para poder mantener a los hijos-deseados y no deseados- no pueden menos comprarse un vestido o realizarse profesionalmente o abortar en una clínica privada como lo hacen las hijas y novias y esposas y amantes de esa minoría en el poder, no tienen las mujeres que trato diario derecho a una vida digna.

En 1994 cuando empezamos a andar en el camino de la lucha contra las injusticias nos marcó para siempre, me marcó-paso a primera persona-el caso de Noemí, una niña que antes de los 12 años ya se estrenaba como mamá.

Noemí fue violada por un hombre de más de 60 años, aunque apresaron al tipo fue puesto en libertad inmediatamente, en México basta con comprar al juez para que liberen al delincuente, eso es claro.

Noemí no tuvo la oportunidad de acceder al derecho a la educación, no sabía leer, no contaba su madre con recursos-también víctima de un estado donde la justicia no aplica a menos tengas dinero-tampoco tuvo derecho a decidir si quería tener o no al producto.

Noemí, solo es el reflejo de miles de casos por no decir millones, de mujeres que han sido violadas, abusadas y explotadas, un reflejo de lo que el Estado Mexicano le sigue negando a sus habitantes, educación, salud, seguridad, cultura, etc.

Los derechos fundamentales a la vida no son respetados y el gobierno exime su responsabilidad como buen hombre machista que embaraza a la mujer y la abandona para que sea ella la que mantenga al crío, total, es su hijo, no de él.

Se coartan los derechos de la libertad de expresión, la mujer no tiene derecho a expresar su sexualidad porque hasta para eso hay que pedir permiso a unas leyes absurdas, como si el ministro en turno fuera el padre.

La decisión de que siga penalizado el aborto en BC y SLP deber ser un oprobio para los mexicanos porque esto no dará más que pie a que los grupos de derecha-avalados por la iglesia- pugnen porque se criminalice los derechos de la mujer, de por sí ya inexistentes con la mala educación y la falta de cultura en sexualidad que hay en México.

Resulta un insulto también porque solo observamos que la Suprema le vuelve a dar la espalda al pueblo como lo hizo en septiembre del año pasado al desechar el dictamen en el caso de Rosendo Radilla desaparecido en los años de la guerra sucia y no acató la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Queda claro el odio de la suprema corte hacía los mexicanos, el pueblo que se parte día con día el lomo y trabaja hasta más de 16 horas sin parar, porque para poder pagar deudas en éste sexenio debes de tener dos trabajos más, y laborar más de las horas establecidas que marca la ley-la dichosa ley-.

Me queda claro como mujer y ciudadano la desigualdad obligada a la que nos someten los gobernantes y ministros en turno, me queda claro siempre llegaremos a la conclusión de que en México la justicia no es para los pobres y que no hay educación-los ministros ratifican su ignorancia  al no entender un cigoto no piensa- ni siquiera en las instalaciones de la Suprema.

No sé escribir sin volver la cara al pasado y ver que se repiten una y otra vez las humillaciones a nuestro pueblo, las violaciones a sus ciudadanos y las vejaciones en contra de quienes los parió, la mujer, que solo merece injusticia nuestro pueblo.

La conclusión es simple sin ahondar en tanto artículo legaloide ni estadísticas o demás factores, al gobierno-presidido por falos- le conviene mantener al pueblo sumido en la indolencia, la marginación, pobreza e ignorancia a México así sea alto el costo que se deba cobrar.

Martha, Elena, Noemí, Magaly, Julieta, Marysol, Guadalupe, Margarita, Tita, Cindy, Erica, María de Lourdes, Lulu, Vanesa, Clara, Jimena, Elizabeth, Danya, Bertha, Mireya, María, Mariana,  Sofía, Tania, Carmen, Isabel, Yuridia, Yanet, Lena, Natalia, Francisca, Brenda, Margarita, Elba, Concepción, Valeria, Beatriz, Selene, Remedios, Lorena, Laura, Izel, no tienen derecho a decidir sobre sus cuerpos porque éste sistema siempre las tratará como niñas.

Jorge Mario Pardo Rebolledo pasa a la historia como el hombre que destina a las mujeres a vivir en la oscuridad.

Queda en claro, el odio de la suprema corte ante los gritos de esas mujeres que aun pedimos justicia y una vida digna en todos los rincones de nuestro país.

dejen que la mujer decida y se equivoque o acierte, es simple, dejen que sea mujer.

¿Hasta cuando?...













sábado, 4 de junio de 2011

HISTORIA DE UNA MALA PALABRA

Ahora que en twitter se está convocando a la #marchadelasputas
Julio César Londoño*
Mi vida sexual comenzó en los diccionarios. En cuanto caía uno en mis manos, de inmediato buscaba obscenidades y “partes nobles”. También en esos libros —como un presagio de lo que vendría luego- comenzaron mis frustraciones porque esta suerte de voyeurismo semántico nunca era plenamente satisfecho. Por lo general la palabra deseada no figuraba en las entradas, o estaba púdicamente oculta tras crípticos sinónimos, o era definida a la manera frígida de la ciencia -y lo que yo buscaba era algo más crudo y excitante.
La palabra cacorro, demos por caso, no figuraba en los diccionarios de mi infancia y la siguen omitiendo -tácita conspiración editorial- los actuales. Entonces vino en mi ayuda un hecho fortuito. Un día, en la misa dominical, el sacerdote tronó desde el púlpito contra la sodomía, “­esa pasión insana que infesta aulas y cuarteles—”. Por supuesto corrí a la S. Allí estaba: sodomía: concúbito entre varones o contra el orden natural. Etimología: de Sodoma, antigua ciudad de Palestina donde se practicaba toda clase de vicios torpes. No entendí nada. Busqué concúbito: ayuntamiento carnal. Bueno, carnal ya era algo, pero ¿ayuntamiento?: acción y efecto de ayuntarse. Mi paciencia se estaba agotando. Subí la columna. Ayuntar: tener cópula carnal. Omitiré aquí, en favor de la brevedad, la pesquisa de cópula y mi perplejidad al tratar de imaginar relaciones contra natura entre el sujeto y el predicado, para llegar a mi asunto, la singular historia de la palabra puta.
Años después, ya era un hombre maduro, llegó a mis manos el Diccionario etimológico latino-español de Commeleran, un coloso en octavo de 4.500 páginas impresas a tres columnas con entradas en latín, acepciones en castellano, ejemplos de uso tomados de los clásicos latinos de la Antigüedad, y rastreo del origen de las palabras por el griego, el árabe, el hebreo, el arameo y el sánscrito, en caracteres vernáculos. Es la vulgata de la etimología, el sueño de cualquier cajista, y mi único bien de valor.
Lo abrí con reverencia, busqué el significado de mi nombre, el de mis padres y el de una mujer, y algunas palabras cuyos significados eran oscuros o anómalos (exaplar, logoteta, nimio). Cuando llegué a la P saltó el cazador que tenía agazapado desde la infancia en algún repliegue de la corteza inferior, zona cerebral que compartimos con los reptiles, y busqué puta: ¡pensar, creer, destreza, sabiduría! Quedé sorprendido, claro, y me di a investigar la causa de tan extraña mutación.
Encontré que el verbo latino puto, putas, putare, putavi, putatum, procedía de un vocablo griego, budza, que significaba sabiduría hacia el siglo VI antes de Cristo. Aunque ya Grecia podía jactarse de Homero, Pitágoras y Heráclito -y se preparaba para inventar el espíritu de Occidente-, también incurría en la esclavitud, el desdén por la experimentación científica y la subestimación a las mujeres. En Atenas ellas carecían de los más elementales derechos. Cuando una matrona ateniense moría, se le colocaba un epitafio indefectible: “Cuidó los hijos e hiló el telar”. Una señora no debía asistir a fiestas, así se realizaran en su propia casa. Desde una cámara contigua al salón de los invitados podía escuchar la música, seguir las conversaciones y fisgonear un poco entre las cortinas, ¡faltaba más!, pero le estaba prohibido ingresar al salón, que estaba reservado a los hombres, los músicos, los sofistas y las hetairas -flores de la noche, máquinas de placer.
En Mileto la mujer sí era apreciada, quizá porque allí el homosexualismo masculino no estaba tan extendido ni era considerado tan de buen tono como en otras ciudades griegas, especialmente en Atenas. En Mileto, la ciudad de Thales, el geómetra, las mujeres podían asistir a las academias y participar de la vida pública.
Pero Atenas era, pese a todo, el centro intelectual del mundo Egeo y a ella peregrinaban filósofos, artistas, retóricos y bohemios de toda Grecia. También las mujeres milesias tomaron el camino de Atenas. Habían aprendido en su patria artes y ciencias, y en los caminos, el amor. Los atenienses quedaron maravillados de estas mujeres que además de bailar y cantar conocían de historia, astrología, filosofía o matemáticas; con las que se podía reír antes del amor, y conversar después.
Para sus esposas la fiesta fue entonces más triste. Estaban acostumbradas a que las hetairas les robaran por una noche el cuerpo de su marido, pero estas sabias, estas budzas, les estaban robando para siempre también el corazón.1 Toleraban sus retozos, pero verlo reír y conversar con otra es más de lo que una mujer puede soportar. Entonces la palabra budza, que era noble y antigua, comenzó a tomar en los celosos labios de las matronas entonaciones ásperas y significados maliciosos. “Sabihonda”. “Sabida”. El fonema beta, suave y bilabial, se endureció en una pi también bilabial pero explosiva, pudza. Luego, como si no fuera suficiente, como si el nuevo vocablo no tradujera bien todo el odio que albergaban, se fue haciendo más fuerte, marchó a Roma en libros y viajeros, y cuando llegó ya no era una palabra, era un escupitajo: ¡puta! Significaba, hacia el siglo I después de Cristo, sapiencia y meretriz.2 
Pero como en Roma no se fingía la virtud, la segunda acepción cayó en el vacío. En la sintaxis latina -lógica y sucinta- la expresión mujer puta  era un cándido pleonasmo. “Basta con decir romana”, aconsejaba Cicerón. Y así, por una de esas paradojas del lenguaje, la palabra que se había degradado en Grecia, una nación virtuosa, recobró su majestad en Roma, capital del vicio. Y luego, por una traslación semántica frecuente -del efecto a la causa- puta pasó de sustantivo a verbo, de sapiencia a pensar, y perdió toda connotación moralista.
Pero siguió viajando con las legiones por los caminos de piedra del Imperio, llegó a Hispania, resonó en posadas y alcázares, la sopesaron oídos moros y cristianos, la repitieron juglares y guerreros que inventaban el castellano con jirones de árabe, latín y lenguas iberas, la conjugaron con aplicación bachilleres y cortesanas, la discutieron gramáticos y retóricos, se estremecieron al oírla, sin saber por qué, ancianas y doncellas, la gritaron, por el sólo placer de paladearla, truhanes y señores hasta que el pueblo todo, autor de lenguas y dueño de famoso oído, ignorante por supuesto del griego, del latín y de toda esta historia, intuyó el verdadero significado de la palabra adivinando en ella un odio remoto; percatándose de que no evocaba, al escucharla, la sabiduría; que no había relación musical entre el significante puta y el significado pensar, y comenzó a utilizarla primero con malicia, con ironía griega, y luego con fuerza, como látigo —puta— para censurar mujeres generosas, sabias en lides de alcoba. La palabra había encontrado su verdadero y único significado.3
Quizá sea pertinente escuchar aquí, para terminar, una décima de Clímaco Soto Borda que repite con fruición este sonoro vocablo en una original lección de etimología.
Si pública es la mujer
que por puta es conocida,

república viene a ser 

la puta más corrompida.

Y siguiendo el parecer

de esta lógica absoluta,

todo aquel que se reputa

de la República hijo,

debe ser, a punto fijo,

un grandísimo hijueputa. 
1 Hasta el Rey Pericles sucumbió a los encantos de las extranjeras y abandonó a su esposa por Aspasia, la más bella y talentosa de las hijas de Mileto.
2 Meretrix era el término culto usado entonces para designar la mujer liviana. El vulgar era lupa, loba. De aquí el nombre de lupanar que daban los romanos a las casas de placer.

3 Un proceso semejante ha seguido la palabra nimio, que viene del latín nimius: demasiado. Pero la gente advirtió de alguna manera que se trataba de una palabra breve, con predominio de fonemas vocálicos cerrados, anagrama de mínimo, y empezó a usarla en el sentido de pequeño, deleznable, que es el significado que tiene hoy en día en el habla corriente y en los mejores diccionarios.
 * Julio César Londoño (Palmira, 1953), crítico literario biógrafo y cuentista. Ha publicado La ecuación del azar (Universidad de Antioquia, 1980) y Sacrificio de dama, Gobernación del Valle (1994).  
Tomado de: http://bit.ly/kNOOM

jueves, 27 de mayo de 2010

LA MATRIZ DE INTELIGIBILIDAD HETEROSEXUAL

LA MATRIZ DE INTELIGIBILIDAD HETEROSEXUAL. EL ESTATUTO DE LA IDENTIDAD DE GÉNERO DESDE UNA PERSPECTIVA QUEER DE LA PSIQUE por Autor: Ariel Martínez
Institución: Comisión de Investigaciones Científicas (CIC), Provincia de Buenos Aires / Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Género (CINIG), FaHCE, UNLP.

Resumen
El presente trabajo forma parte de un proyecto de investigación denominado "El proceso de constitución de la identidad de género: aportes de Judith Butler para una reconceptualización", el cual se enmarca en las Becas de Estudio para graduados universitarios otorgadas por la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC), Provincia de Buenos Aires.
La metodología implementada apunta, fundamentalmente, a un análisis de contenido cualitativo. El objetivo consiste en delimitar conceptualmente lo que Judith Butler ha denominado como Matriz de inteligibilidad heterosexual, al mismo tiempo que se localizan, de manera ligera, las principales autoras que han establecido las líneas argumentativas necesarias para el establecimiento de tal categoría. Por otra parte se intenta dilucidar la forma en que opera en la conformación y organización de las identidades generizadas.
Los desarrollos teóricos de autoras como Gayle Rubin, Adrienne Rich y Monique Wittig han posibilitado las articulaciones necesarias que impulsan una primera crítica radicalizada en relación con las complicidades discursivas que, incluso, el propio feminismo ha mantenido con ciertos dispositivos de poder al no cuestionar la heterosexualidad, con sus categorías subsidiarias de varón y mujer manipuladas como conceptos ontológicamente cerrados.
Judith Butler detecta el componente heterosexista que atraviesa el binomio masculino/femenino. Es la categoría de diferencia sexual la que determina, en última instancia, los criterios de inteligibilidad dentro del campo social. En otros términos, instituye una matriz desde la cual se organizan las identidades y se distribuyen los cuerpos, en donde se les otorga un significado específico. Los aportes de Butler permiten un primer movimiento hacia el desmontaje del sistema sexo/género.
En este contexto, se intenta mostrar la heterosexualidad no sólo como una opción sexual, sino como un régimen de poder discursivo hegemónico, cuyas categorías fundadoras -varón y mujer- también son normativas y excluyentes. La matriz de inteligibilidad heterosexual, entonces, opera a través de la producción y el establecimiento de identidades en cuyas bases se ubica el presupuesto de la estabilidad del sexo binario.
Se enfatiza la necesidad de reformular los anudamientos de la categoría de género con los modos en que se piensa la identidad. Comúnmente, la noción de género queda supeditada a la categoría de identidad, por lo tanto conforma un atributo esencial que integra una identidad preexistente. A partir de allí, es posible afirmar que un ser humano es de un género en virtud de su sexo. Por tanto, la confusión ingenua entre sexo y género se encuentra a la base de un principio unificador del yo, claramente diferenciado de los otros "yoes generizados" con los atributos dicotómicamente opuestos. Ambos polos identitarios guardan coherencia interna y son antitéticos en relación con el conglomerado sexo/género/deseo,motivo que sostiene la ficción de una organización complementaria.
A paritr de concebir la identidad como efecto que requiere de una repetición constante, se señala el modo en que la heterosexualidad se encuentra en continuo proceso de imitar. Tal compulsión a repetir conlleva necesariamente la exclusión de lo que amenaza su coherencia. Si la identidad heterosexual se encuentra en permanente riesgo, no es extraño, entonces, que se apele a la ficción de naturalización y permanencia inmutable que evite formas identitarias prohibidas.
Finalmente se señala el lugar de lo psíquico en relación con la categoría de identidad, tal como la entiende Butler. Se concluye la necesidad de seguir conceptualizando los efectos que el ordenamiento actual de las normas de sexo/género tienen sobre las vidas humanas.

El presente trabajo forma parte de un proyecto de investigación denominado "El proceso de constitución de la identidad de género: aportes de Judith Butler para una reconceptualización", el cual se enmarca en las Becas de Estudio para graduados universitarios otorgadas por la Comisión de Investigaciones Científicas(CIC), Provincia de Buenos Aires.
El objetivo consiste en delimitar conceptualmente lo que Judith Butler ha denominado como Matriz de inteligibilidad heterosexual, al mismo tiempo que se localizan, de manera ligera, las principales autoras que han establecido las líneas argumentativas necesarias para el establecimiento de tal categoría. Por otra parte se intenta dilucidar la forma en que opera en la conformación y organización delas identidades generizadas.
Tal como relata Denise Thompson (1992), gran parte de las primeras feministasradicalesquecriticaronduramentelaheterosexualidadfueronmujeresheterosexuales. Sus críticas radicalizadas no apuntaron simplemente a reformularlos términos a través de los cuales la heterosexualidad se concretaba, sino que lucharon arduamente por demolerla por completo. Otras, casi inadvertidamente, reforzaron la idea de que la heterosexualidad era la única sexualidad real, y excluyeron la consideración del lesbianismo como una alternativa posible. Por tanto, tales reflexiones suponían que la sexualidad era completamente heterosexual.
La crítica de las feministas heterosexuales a la heterosexualidad fue de corta duración –ya quedaba poca evidencia a mediados de 1970-, excepto aquellos aspectos que involucraban a los derechos reproductivos, la autonomía de las mujeres, la violencia conyugal y el abuso sexual, entre otros, ninguno de los cuales fue etiquetado estrictamente como heterosexual por mucho tiempo. A partir de la década del 70, las reflexiones teóricas de algunas feministas lesbianas irrumpen en la escena académica.
Gayle Rubin (1975), tomando los aportes de Levi-Satruss respecto a las estructuras elementales del parentesco, se centra en la función material y simbólica de las mujeres como objeto de intercambio entre los hombres. Al analizar el tráfico de mujeres, sentó las bases para la comprensión feminista de la economía política del sexo, al mismo tiempo que interpreta la heterosexualidad como una institución que sustenta el sistema de género. Los modos de organizarla sexualidad se jerarquizan y la heterosexualidad en matrimonio, monógama y reproductora se contituye en centro normativo, el resto de las sexualidades adquieren, entonces, carácter periférico. En este sentido, Rubin es una precursora de los estudios queer, ya que señala como el tabu del incesto presupone otro tabúque permanece implícito, el tabú de la homosexualidad (Meler, 2008). Al intentar develar los mecanismos que actúan en la definición de una sexualidad normal y legítima, la autora deja deslizar los efectos políticos de las prácticas sexuales. Entonces, en tanto institución social, la heterosexualidad es susceptible de ser cuestionada.
Bajo la influencia de estas producciones, Adrienne Rich (1980) acuña la expresión Heterosexualidad Obligatoria. Establece las conexiones existentes entre la condición de las mujeres, la estructura de la familia, la maternidad como institución y la aplicación de un modelo de conducta sexual: la heterosexualidad reproductora (Rich, 1976). Estas elucidaciones trastocan las categorías de feminidad y masculinidad pensadas en términos naturales.
Posteriormente, Monique Wittig, a diferencia de Adrienne Rich, efectúa un repudio radical a todas las identidades creadas en el sistema patriarcal. Sospecha sobrela categoría misma de Mujer, a su criterio no es más que un constructo artificial, ideológico, de un sistema de género dominado por varones (Braidotti, 2004).Repudia de manera radical al esencialismo que está a la base de la noción de mujer entendida desde un modelo de heterosexualidad reproductora. Tanto la maternidad como la familia son comunmente tomadas como naturales e inmodificables, y no son comprendidas como socialmente inducidas y como producto de una cultura determinada. Wittig propone a las feministas desechar el concepto mistificador de Mujer para remplazarlo por otra categoría mucho más polémica y subversiva: la Lesbiana, así pone en tela de juicio el sistema de género con su dicotomía sexual convenientemente organizada en el marco social de la heterosexualidad obligatoria. La heterosexualidad es un sistema de opresión y apropiación de las mujeres por los varones, que produce un cuerpo de doctrinas sobre la diferencia entre los sexos para justificar esta opresión, nociones que la autora agrupa bajo la categoría de pensamiento recto o pensamiento heterocentrado (Soley-Beltran, 2003).
Tales autoras posibilitan las articulaciones necesarias que impulsan una primera crítica radicalizada en relación con las complicidades discursivas que, incluso, el propio feminismo ha mantenido con ciertos dispositivos de poder al no cuestionarla heterosexualidad, con sus categorías subsidiarias de varón y mujer manipuladas como conceptos ontológicamente cerrados.
Judith Butler detecta el componente heterosexista que atraviesa el binomio masculino/femenino. Es la categoría de diferencia sexual la que determina, en última instancia, los criterios de inteligibilidad dentro del campo social. En otros términos, instituye una matriz desde la cual se organizan las identidades y se distribuyen los cuerpos, en donde se les otorga un significado específico. Los aportes de Butler permiten un primer movimiento hacia el desmontaje del sistemasexo/género.
Robert Stoller (1968) ha sido el primero en diferenciar nítidamente las categorías conceptuales sexo y género. A partir de aquí es posible distinguir entre el sexo, como hecho biológico, y la interpretación cultural del mismo en la variedad de formas y significados que adquieren los cuerpos. Si bien es indiscutible que la anatomía es uno de los criterios más importantes para la clasificción de los seres humanos, es evidente que la biología per se no garantiza las características que socialmente se le asignan a cada uno de los sexos. A partir de aquí comienza a circunscribirse al género como la interpretación cultural del sexo. Entonces, el género es a la cultura, lo que el sexo es a la naturaleza.
En esta línea, la matriz de inteligibilidad que Butler deslinda, claramente heterosexual, determina que un ser humano corresponde siempre a un género, y que dicha pertenencia acontece en virtud de su sexo. De este modo, se produce un encadenamiento que establece una continuidad coagulada entre sexo, género, deseo y práctica sexual, lo que otorga inteligibilidad a los cuerpos que guardan estabilidad, coherencia y unicidad en su identidad personal, incluso torna un imperativo la complementariedad entre sexos diferentes. De este modo, la matriz heterosexual define tanto la coherencia como la incoherencia, la continuidad como la discontinuidad. Aquellos cuerpos cuyo género no es concordante con su sexo anatómico, aquellos cuerpos cuyas prácticas y deseos sexuales no se corresponden con el deseo heterosexual, incluso aquellos cuerpos que no poseen una definición clara de su anatomía, caen por fuera de la matriz de inteligibilidad. Estos cuerpos son rechazados, excluidos, patologizados.
En este contexto, la heterosexualidad no constituye simplemente una opción sexual (Thompson, 1992; Kitzinger, Wilkinson & Perkins, 1992), sino un régimen de poder discursivo hegemónico, cuyas categorías fundadoras -varón y mujer- también son normativas y excluyentes.
La matriz de inteligibilidad heterosexual, entonces, opera a través de la producción y el establecimiento de identidades en cuyas bases se ubica el presupuesto de la estabilidad del sexo binario. Sin embargo, aunque demos por sentada la estabilidad del sexo binario, nada nos obliga a suponer que los géneros sean sólo dos. El sistema binario de género expone, implícitamente, la existencia de una relación mimética entre sexo y género. El análisis butleriano supera la perspectiva que ubica la categoría de género únicamente como la inscripción cultural del significado en un cuerpo predeterminado (Butler, 1986). En este contexto, el género no es a la cultura lo que el sexo a la naturaleza, sino que constituye un artefacto discursivo de producción a través del cual el sexo es culturalmente construido. En otras palabras, podemos entender por género, junto a Butler, aquel medio discursivo que otorga a un sexo –natural– un carácter prediscursivo, de superficie políticamente neutra sobre la cual actúa la cultura. Es así que tanto el sexo como el género remiten a una construcción que instituye una normatividad a la que los cuerpos deben ajustarse. Es en este sentido que, al no ubicar al sexo más allá de las inscripciones culturales, Butler (1990a) desestima la distinción sexo/género, piedra angular para gran parte del feminismo (Haraway, 1995).
No cabe duda que tal trastocamiento cuestiona de modo radical la manera en que ha sido pensada la construcción de las identidades, al mismo tiempo que posibilita pensar las coordenadas políticas y los arreglos de poder que subyacen a tales conceptualizaciones y a tales procesos. El sexo anclado en una naturaleza que encuentra su lugar más allá de los límites del lenguaje no es más, de acuerdo a Butler, que el resultado de una construcción cultural, una forma efectiva de mantener la estabilidad interna del marco binario del sexo. Tal estrategia no sólo provoca el efecto que liga el sexo a un campo prediscursivo, sino que oculta tal procedimiento de producción.
Sea como fuere, la categoría de género y sus anudamientos con los modos en que se piensa la identidad, deben ser reformulados. Comúnmente, la noción de género queda supeditada a la categoría de identidad, por lo tanto conforma un atributo esencial que integra una identidad preexistente. A partir de allí, es posible afirmar que un ser humano es de un género en virtud de su sexo. La confusión ingenua entre sexo y género se encuentra a la base, para Butler, de un principio unificador del yo, claramente diferenciado de los otros "yoes generizados" con los atributos dicotómicamente opuestos. Ambos polos identitarios guardan coherencia interna y son antitéticos en relación con el conglomerado sexo/género/deseo, motivo que sostiene la ficción de una organización complementaria. Por otra parte, la experiencia de una disposición psíquica en orden a una identidad cultural de género se considera un logro, en el sentido que presupone la diferenciación del género opuesto. Al interior del par binario, que teje la trama de la matriz de inteligibilidad heterosexual, se fortalece la restricción de uno de los géneros. Al mismo tiempo, designa la inscripción a una unidad de experiencia que integra sexo, género –como designación psíquica y cultural del yo– y deseo – cuando es heterosexual. En este sentido, la heterosexualidad se alimenta de la coherencia y unidad interna del género. Sexo, género y deseo se articulan en una unidad que se diferencia de otra en una forma de heterosexualidad en la que hay oposición y complementariedad.
Butler otorga importancia a las estrategias políticas que operan en la producción de las identidades en el marco de una perspectiva sustancializadora de género, que instituye una heterosexualidad obligatoria y naturalizada que requiere y reglamenta, necesariamente, que el género designe una lógica binaria en las que las categorías masculino y femenino conforman identidades distanciadas por el abismo de la diferencia (Benjamin, 1997). Tal diferenciación, y su concomitante ensamblaje, no sólo representacional, están asegurados, entonces, mediante las prácticas del deseo heterosexual. Ahora bien, ¿qué consecuencias tendría afirmar que tal unidad y coherencia son ficticias? Tal como señala Butler, las conceptualizaciones que se esgrimen a partir de la categoría de identidad se construyen sobre la base de que el género conforma una sustancia, en donde varón y mujer constituyen sustantivos. La idea de una sustancia constante y de un yo que se generiza en un momento específico del desarrollo, como suponen las conceptualizaciones de Robert Stoller (1968), no es más que una apariencia, producto de la reiteración de prácticas discursivas tendientes a ocultarse y naturalizar sus efectos. Desde esta perspectiva, identidad y género son indisociables ya que las reglas que gobiernan la inteligibilidad de las identidades se encuentran ordenadas desde la matriz que integra la jerarquía de género y la heterosexualidad obligatoria.
En suma, la identidad no puede ser pensada al margen de su determinación de género (Butler, 2004). Es claro que las categorías de niño o niña con las cuales se nos denomina desde el nacimiento no son descriptivas, por el contrario ponen en marcha una serie de repeticiones que constituyen un imperativo fuerte. Los atributos diferenciales de género contribuyen a humanizar a los individuos dentro de una cultura determinada, pero aún así el género no posee una esencia que posteriormente se exprese o exteriorice (Butler, 1990b). Para Butler, el género establece una identidad instituída por una repetición estilizada de actos. A partir de allí, concluye el caracter performativo de los actos de género que son encuebiertos por la idea de sexo esencial. La fuerte pregnancia que adquiere la identidad de género como coherente, polarizada y diferenciada exige y requiere continuamente la repetición constante de las normas de género que garantizan su estabilidad (Butler, 2004). Durante cada citación de la norma se despliega una performance. Es posible concluir que si la identidad de género como tal es producto de la aparente continuidad y coherencia, entonces no existe tal identidad que preceda al género al que dice representar.
Por otra parte, como afirma Butler (1993b), cualquier consolidación del efecto de identidad opera sobre el establecimiento de diferenciaciones y excluciones para poder conservar sus límites y fronteras. La producción de un exterior abyecto constituye la matriz misma, la posibilita, pero al mismo tiempo la desafía. La heterosexualidad obligatoria se constituye como el original, lo auténtico. Los efectos naturalizados de los géneros heterosexuales son el resultado de estrategias de imitación que intentan constantemente aproximarse al ideal de la identidad heterosexual. Desde esta perspectiva, podemos pensar que son las prácticas concretas las que, a cada instante, heterosexualizan tales identidades. Es decir, se constituyen performativamente, mediante una repetición. Si la identidad heterosexual conforma el origen y el fundamento de todas las imitaciones, entonces la heterosexualidad siempre se encuentra en proceso de imitar, aproximándose a su propia idealización. Butler no duda en afirmar que la heterosexualidad debe ser comprendida en términos de repetición compulsiva y coercitiva, lo que arroja como efecto la idea de su propia originalidad. Las sexualidades alternativas, en este contexto, adquieren el significado de copias derivadas, de un original que es fundamento de todas aquellas copias. Ahora bien, junto a Butler, podemos sospechar de tal idea de origen, ¿cómo puede algo constituirse como original si no existen consecuencias secundarias que confirmen retrospectivamente su originalidad? A partir de allí Butler concluye que sin la idea de homosexualidad como copia, la heterosexualidad no podría ser construida como origen.
Si, por un lado, partimos de la idea de que el género es, al menos en gran medida, reproducido por imitación y si, por otra parte, admitimos que las identidades gays y lesbianas, entre otras, están implicadas en las normas heterosexuales, ya que integran su exterior constitutivo, aun así nada nos obliga a concluir que tales identidades abyectizadas se deriven de la heterosexualidad como única red cultural (Butler, 1993a).
En el acto de elaborarse compulsivamente a sí misma, la heterosexualidad evidencia su constante riesgo. Su compulsión a repetir conlleva necesariamente la exclusión de lo que amenaza su coherencia. Si la identidad heterosexual se encuentra en permanente riesgo, no es extraño, entonces, que se apele a la ficción de naturalización y permanencia inmutable que evite aquellas formas identitarias prohibidas. Una de las críticas efectuadas al pensamiento de Butler refiere al carácter voluntarista que sus ideas en relación con la performatividad dejan deslizar. Sin embargo la crítica que la autora realiza a la categoría moderna de sujeto le permite pensar la dimensión psíquica en términos de exceso (Butler, 1993b). Afirmar la existencia de un sujeto volitivo que elige voluntariamente a qué género pertenece significa negar este exceso psíquico. Por otra parte, la sexualidad, siguiendo a Butler, excede toda actuación o cualquier narrativa, por lo que jamás es completamente absorbida en una práctica o por una actuación. El exceso psíquico, la dimensión inconsciente, entraña el riesgo de alterar el efecto de identidad en cada intervalo existente entre los actos que dan sustento a la performatividad. Lo psíquico no guarda en sí la existencia de un núcleo oculto a la espera de una expresión liberadora. Por el contrario, se sitúa dentro de una cadena significativa como lo inestable de toda reiteración.
La identidad nunca se obtiene por sí misma, y su compulsión de repetirse da cuenta que nunca se alcanza por completo. La performatividad del género, fuertemente determinada –aunque no absolutamente- por las normas heterosexuales entraña una actuación coercitiva que generan exclusión, castigo y violencia radical hacia "lo otro". Es necesario continuar pensando en las consecuencias para las vidas humanas de estas normas de sexo/género, las cuales hacen… y deshacen (Butler, 2004), articulan... y desarticulan, constituyen... y, muchas veces, exterminan.

Bibliografía:
-Benjamin, J. (1997). Sujetos iguales, Objetos de amor. Ensayos sobre el reconocimiento y la diferencia sexual, Buenos Aires, Paidós.
-Braidotti, R. (1994). Sujetos nómades, Buenos Aires: Paidós
-Butler, J. (1986). "Sex and gender in Simone de Beauvoir´s Second Sex". En Yale French Studies, N° 72: 35-49.
---------------(1990a). Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity, New York: Routledge.
---------------(1990b). "Performative Acts and Gender Constitution: An Essay in Phenomenology and Feminist Theory." En Sue-Ellen Case (ed.), Performing Feminisms: Feminist Critical Theory and Theatre. Baltimore: Johns Hopkins University Press.
--------------(1993a). Bodies that matter. On the discursive limits of sex, New York: Routledge.
--------------(1993b). "Imitation and Gender Insubordination". En Henry Abelove, Michèle Aina Barale and David M. Halperin (comps.). The Lesbian and Gay Studies Reader, New York: Routledge.
-------------- (2004). Undoing Gender, New York: Routledge.
-Haraway, D. (1995) Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza, Madrid: Cátedra.
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-Meler, I. (2008). "Las familias". En Subjetividad y procesos cognitivos, 12:158- 188.
-Rich, A. (1976). Nacemos de mujer. La maternidad como experiencia y como institución, Madrid: Cátedra.
-Rich, A. (1980). "Compulsory Heterosexuality and Lesbian Existence". En Signs, Vol. 4(5): 631-660.
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miércoles, 26 de mayo de 2010

“No se nace heterosexual”

“No se nace heterosexual”


 Por Marcelo A. Pérez *

¿Cómo se llega a ser heterosexual? La pregunta ya intenta aproximar la primera idea que así planteada también pretende matar dos pájaros de un tiro. Primer disparo: la sexualidad del sujeto es contingente; al igual que el vínculo existente entre el significante y el significado; al igual que la relación de contingencia que la pulsión mantiene con el objeto. Segundo tiro: a ser heterosexual, se llega. Ambos disparos incluyen una obviedad deductiva: la sexualidad del sujeto es un punto de llegada y no de partida; “se construye” independientemente del sexo anatómico y dicha producción incluye los avatares de la lógica fálica, del caso por caso. A esa fábrica Freud la ha llamado Edipo & Complejo de Castración, y su materia prima pulsional es el lenguaje; o, lalengua, que Lacan escribe, como neologismo, en un solo término, esa forma particular de hablar y que –parasitando al sujeto– le es transmitida a través de la estructura de parentesco en cada caso.
La sexualidad toma existencia a partir de este lenguaje-agujereado , y es un concepto cultural que ya no es posible confundir con la anatomía genital de los seres parlantes. Y si es cultural, es lo mismo que preguntarse ¿cómo es posible que una dama alta oriental se enamore de un petiso caballero caucásico? o ¿cómo se llega a ser histérico en vez de psicótico?
Pero entonces, ¿cómo? Una respuesta puntual puede ser ésta: “Hablando”, gerundio que oficia de camino para que el sujeto llegue. Pero ese hablaje –“Seminario 22”, Lacan–, lejos de interpretarse como un conjunto de códigos comunes para entenderse mutuamente, no es más que el representante del goce sexual. Este anudamiento es problemático, porque el sujeto ya no sabe lo que dice cuando habla, ya que –repetimos– de lo que se trata no es de “hacerse entender”, sino de gozar.
Estamos diciendo, pues, que algo hay llamado falo, que anuda lo real –anatómico, sexual– con el significante. Esa contingencia determinará la elección sexual de objeto. Es decir, pues, que ser heterosexual es un accidente en el marco de la castración del sujeto.
Ese accidente de castración se elabora en tres etapas. Y –a juzgar por la clínica– si la neurosis existe es porque accidentes hay siempre y el pasaje del segundo tiempo del Complejo al tercero –en el cual el sujeto reconoce que el padre no es la ley, sino que la transmite– es mucho más problemático de lo que creíamos.
Pero, entonces, ¿no se nace heterosexual? No sólo no se nace, sino que ni si quiera se es. La sexualidad, como el cuerpo, se tiene, se adquiere, se conquista; como dirá Lacan, “es un regalo del lenguaje”. En todo caso, ya desde Freud sabemos que lo inconsciente es homo-sexual desde el momento en que no hay más que inscripción de un único significante: el falo. Desde lo narcístico, el autoerotismo tiene su autorrepliegue sobre lo homo. Desde Lacan, el sujeto está anclado en el “todo fálico”; esa posición implica que lo inconsciente rechaza al Otro sexo. Según se lee en el seminario “Aún” –y está en la base de la axiomática “la relación sexual no existe”– el goce en tanto sexual es fálico; es decir, no se relaciona con el Otro en cuanto tal. Y también podemos responder desde nuestra praxis: lo inconsciente repite el mismo real, base de todo síntoma: lo homo también se encuentra en él.
Escuchamos hoy más que nunca a ciertos pacientes (amantes de la precisión científica) que se encuentran dudando por la potencial elección sexual de sus hijos; sobre todo porque en muchos casos ellos mismos ya se han divorciado para vivir con una persona de su mismo sexo. Cuando se trata de lo inconsciente, no hay manera consciente de garantizar un no-accidente en el trayecto; como no hay método para definir un objeto único para la pulsión: si lo hubiese estaríamos en el campo de la naturaleza y no del ser parlante.
Bajo una sociedad mucho más tolerante y mejor informada –que no es poco–, podemos acompañar en dichos avatares lógicos el devenir de cada experiencia subjetiva para –si bien no responder siempre– al menos preguntar desde un lugar en que se unan dos pájaros de un sólo lazo: deseo y amor. Es decir, administrar el goce de una manera más productiva.
* Psicoanalista. Extractado del trabajo “¿Cómo se llega a ser heterosexual?” .
 


http://www.pagina12 .com.ar/diario/ psicologia/ 9-145975- 2010-05-25. html


Comunicado del Movimiento Ecuménico Por Los Derechos Humanos- MEDH

  Comunicado del Movimiento Ecuménico Por Los Derechos Humanos- MEDH Los Organismos de DDHH de la República Argentina, abajo firmantes, repu...