Tú con ella y yo con él.
Relaciones a tres y a cuatro bandas. O todos con todos. Estos
'experimentos' son una alternativa a la infidelidad para algunos
matrimonios. Hay 54 clubes de intercambio en España. Así es el estilo
de vida 'swinger'.
La
noche empieza en una discoteca de la zona financiera de Madrid en la
que abundan los ejecutivos maduros. Clara y Miguel, un matrimonio de 35
y 33 años, suele dejarse caer por allí hacia las once. Cada jueves,
como un ritual. Ella exhibe un vestido mini palabra de honor negro que
deja el tatuaje de su espalda al descubierto; él viste pantalón y
camisa oscuros. Dos botones desabrochados. Pelo húmedo, ropa de marca.
Sexy y
elegante. Forma parte del teatro: no suelen vestir así más que en esta
otra parte de su vida que casi nadie conoce. Noches de mucho sexo y
poco sueño. De intercambio de parejas y relaciones en grupo. Clara y
Miguel son
swingers, una expresión que se podría traducir por
los que se columpian. Abiertos
a todo. A ella, por ejemplo, le gustan los hombres "grandes y algo
mayores" (su chico es de estatura media y fibroso). Y por eso se
encuentran aquí, en la barra. Un paso previo antes de adentrarse en un
local de intercambio. Un coqueteo para ponerse a tono. Puro juego.
"En estos lugares sejuega con la mente y losgenitales. Pero elcorazón se deja en casa"
"Hay un enamoramiento inicial, luego pasan los años y tienes que buscar estímulos. Venimos a que el deseo no se nos muera"
Antes de dar el primer paso "hay que tener una buena relación y establecer normas", dice un mujer con experiencia
Es Clara quien suele dar el primer paso. Si alguien le atrae, se
acerca, le acaricia el brazo. Entabla conversación. Y comienzan a
besarse. Entonces, Miguel aparece y saluda. El tercer sujeto suele
preguntar: "¿Has venido con un amigo?". Y Clara responde: "No. Es mi
marido". Si no hay un rechazo explícito, Clara vuelve a besar al
sujeto, al que no le importa la compañía, mientras Miguel le acaricia
la espalda a su mujer y roza
sin querer la mano del otro. Y así
siguen escalando peldaños en busca del trío. "Es como un
calentamiento", dice Miguel. En torno a la una, suelen recoger sus
abrigos y cruzar Madrid hacia una zona residencial cerca del Retiro.
Segunda parte del ritual. El plato fuerte. En busca del intercambio (o
lo que surja) en un club
de ambiente liberal.
Clara y Miguel se conocieron
en el trabajo. Ella es matemática, él estudió Empresariales. Cada uno
había tenido experiencias por separado. Ella entró en un local de
intercambio con una pareja anterior. Se tumbaron en una mazmorra y
comenzaron a practicar sexo. "Cuando abrí los ojos, me vi rodeada de
gente". Le gustó. Miguel frecuentaba solo locales del estilo. Cuando se
conocieron, comenzaron a acudir juntos. Primero como amigos, luego
empezaron a salir. Y se casaron. Son deportistas, hablan varios
idiomas. Les gusta mirarse cuando están con otros. Conocen locales
swingers de
media Europa. Frecuentan Cap d'Agde (Francia), la meca del ambiente. Y
ahorran para una fiesta en un castillo en Núremberg (Alemania) en el
que las mujeres se visten con una capa negra, como en la película
Eyes wide shut, de
Stanley Kubrick. Tienen un perfil abierto en una de las redes sociales
más conocidas (se registran 7.000 usuarios nuevos cada semana) en el
que se definen como "pareja bisexual" a la que le gusta "casi de todo,
hacer sexo a tres y cuatro... Todos mezclados". Viajan a menudo y
siempre buscan algún contacto
swinger. Dicen que existe cierta
hermandad entre ellos a lo ancho del globo. Quizá porque la mayoría lo
mantiene en secreto. Se trata de una tendencia que surgió en EE UU en
los años cincuenta del siglo pasado vinculada a locales privados y
anuncios de contactos. En España aterrizó a finales de los setenta y
hoy existen 54 clubes como este:
El local no tiene rótulo ni
ventanas. Solo una placa en la entrada que dice: "Club privado" y un
timbre. Un hombre abre la puerta. Lo saludan y cruzan un par de frases
banales. Dejan el abrigo en el ropero, pagan 30 euros a una joven
embutida en un vestido negro, cruzan unas cortinas rojas y tupidas que
parecen indicar que a partir de ahí lo que uno vea y haga se mueve
entre la realidad y la ficción. Charlan un minuto con la relaciones
públicas del local, de cuyo escote asoma una pequeña linterna. Luego se
desplazan lentamente a lo largo de la barra hasta encontrar un hueco.
Los clientes, la mayoría hombres, los fulminan con la mirada. Cuando
les sirven la primera copa, Clara desaparece y al poco vuelve sin
medias. Se sienta en el taburete, y el vestido, muy corto, deja al
descubierto sus muslos.
La temperatura es agradable. El
local se encuentra dividido en dos partes por una reja que le confiere
un aire de mazmorra medieval. La barra del bar forma la antesala, un
filtro en el que uno mira y es mirado, donde se coquetea y se charla
mientras un televisor de plasma muestra imágenes de porno duro. Los
hombres solos no pueden pasar más allá sin ser invitados por una
pareja, y en ese caso han de abonar un suplemento de 50 euros. Es parte
del negocio. La mayoría de locales funcionan de forma similar: las
parejas abren las puertas del sexo, las mujeres solas (pocas) entran
gratis y los hombres sin compañía (muchos) pagan un sobreprecio. "Los
tíos solos vienen a ser utilizados por las parejas. Eso hay que tenerlo
muy claro", comentaba un hombre de unos 50 años, solitario, en otro
local sin nombre de Madrid. Esto suele ser así de domingo a jueves. Los
viernes y sábados reservan el acceso exclusivamente a parejas,
convirtiéndose en locales "de intercambio" en sentido estricto.
Clara
pide unas toallas al camarero. Es hora de cruzar las rejas y deambular
por el laberinto oscuro al otro lado. Se abre la puerta de la jaula y
se cierra a su espalda. La luz se atenúa. A la izquierda surge una
estancia con sofás y mesitas, donde un par de parejas charlan vestidos
con una toalla (hay taquillas y vestuario). Si se sientan cerca de la
reja que da a la antesala, significa que les gusta que un desconocido
les acaricie desde el otro lado. Un poco más allá se despliega otra
gran sala. A la izquierda hay unos sofás amplios, casi camas. Enfrente
se erige una estructura con forma de cápsula submarina. Sobre ella, un
jacuzzi burbujea
iluminado. Debajo, en un pequeño camarote, transcurre una escena de
sexo en grupo. Ocho personas desnudas se mueven en desorden y gimotean.
Cuerpos como el suyo o el mío, con su barriga, sus pelos en la espalda,
sus calvas, sus tintes, sus varices, sus pechos caídos. Un intenso olor
acre emana del agujero. Marea. Se clava como un aguijón en algún lugar
del cerebro. La escena se puede observar como lo haría un etnólogo: uno
se acerca lentamente, toma nota, y ellos siguen a lo suyo.
A la
izquierda de la cápsula hay un par de sofás cama dispuestos frente a
una pared a la que llaman "Glory hole": un tabique de madera con
pequeñas aberturas de las que surgen penes y manos sin nombre ni
rostro. Pertenecen a los varones que se han quedado en la antesala.
Algunos pueden permanecer horas allí de pie, esperando a que alguien se
acerque. "Son como zombies", anuncian Miguel y Clara. La pareja se
detiene junto a la pared y ella palpa los agujeros. Es parte de su
ritual. Mientras Clara hace bailar su mano, se acercan más parejas a
este rincón. Van casi desnudas. Se sientan y se acarician. El
intercambio suele comenzar así: una pareja abre el camino; otras se
aproximan y tantean, buscan un roce, un intercambio, quizá una orgía
(hay sábanas desechables, y nadie da un paso sin preservativo).
Tampoco es ninguna novedad. Los
swingers no
han inventado nada. Pero le han dado nombre a ciertas prácticas y se
han aglutinado bajo una bandera. Muchos hablan de un estilo de vida. Y
se refieren a sí mismos como parte del "lado oscuro". Pepe Cera,
presidente de la Asociación Nacional de Empresarios del Ambiente
Liberal, remonta los orígenes a la Francia del siglo XIV, "a cierta
gente de alto rango y a fiestas en palacios". Su popularización en
España tuvo mucho que ver con el propio Cera, que a finales de los
setenta trabajaba en
Lib, una revista de culto que comenzó editándose con las imágenes más subidas de tono de
Interviú (Tita
Cervera, la baronesa Thyssen, fue portada). Su sección de contactos
rompió moldes. En uno de sus primeros cuadernillos de "enlaces" se lee:
"Matrim. 45-40 a. culto, atractivo, desea amistad intercambio, solo
matrimonios navarros". Eran los años ochenta y en Madrid se abría el
local Acuarela, uno de los pioneros en España. Las parejas comenzaban a
llenar de contenido la palabra "morbo", una de las más repetidas en el
ambiente.
No hay un perfil definido. Si acaso, se podría decir que los
swingers son
personas de 30 a 50 años, clase media-alta, matrimonios que han perdido
la chispa o buscan ampliar su abanico de encuentros de forma consentida
y sin contraprestación. Muchos lo proponen como una alternativa a la
infidelidad
. Es el hombre quien suele iniciar a la mujer. Nadie
acude allí a enamorarse. Y ninguna pareja, recomiendan varios
sexólogos, ha de introducirse con cuentas pendientes. "Hay que tener
una buena relación, hablarlo y establecer normas", dice una mujer con
experiencia. "En estos lugares se juega con la mente y los genitales.
El corazón se deja en casa", añade Pepe Cera. O, como dice Ana, la
dueña de uno de los locales de intercambio más exclusivos de Madrid,
"aquí se viene a hacer los deberes".
Es sábado y la entrada de
Fusión Vip parece una autopista. Ana va de un lado a otro presentando
parejas. Sentados en un sofá, tras una gruesa cortina roja, Nuria y
Pedro dicen: "Tenemos muy claro que una cosa es el sexo y otra el
amor". Llevan 20 años casados. Siete en el ambiente
swinger. Tienen
dos hijos adolescentes. "Para nosotros, la monogamia no existe. Hay un
enamoramiento inicial. Luego pasan los años y tienes que buscar
estímulos", añaden. "Aquí venimos a que el deseo no se nos muera". Todo
comenzó con la fantasía de mantener relaciones con una tercera persona.
Él fisgoneó en Google y descubrió las posibilidades. Se lo propuso a su
mujer, y Nuria, cuenta, se resistió "30 segundos". Solo puso una
condición: ella elegiría el local. El primer día no hicieron nada, pero
aquello fue "un revulsivo". Y aquí siguen. Viernes y sábados. Piden una
copa, miran, charlan y comienzan el flirteo respetando dos normas:
ambos tienen que estar de acuerdo en el intercambio, y, pase lo que
pase, no se separan nunca.
Los locales, en cualquier caso, son
solo la cara visible. Pero hay mucho más. Fiestas privadas. Cruceros.
Citas a ciegas. "En los locales solo se ve a las parejas a las que les
gusta hacerlo en público", explica Miguel Vagalume, creador del
movimiento
Golfos con principios, que propugna el disfrute del
sexo como forma de ocio (sin necesidad de pagar entrada). Vagalume
organiza fiestas de "poliamor" y charlas en Consentido, un espacio
social de sexo en Madrid. Abomina, según cuenta, de esa visión típica
de un local liberal, con una fila de hombres "esperando tras la verja a
ver si pueden comer".
Una verja o un tabique de madera con
aberturas. Cuestión de gustos. Después de entretenerse en el "Glory
hole", Clara y Miguel cruzan el local hasta una habitación sin luz
donde los cuerpos dejan de tener rostro y solo se distinguen siluetas y
jadeos. El olor vuelve a producir vértigo, como si el suelo se
hundiera. La sala es pequeña y en su interior se aprietan 12 personas.
Clara y Miguel recorren el espacio erguidos, con paso firme, mirando
aquí y allá. Se detienen junto a un cuarteto (tres hombres y una mujer)
en éxtasis. Miguel se hace un hueco entre las sacudidas. La mujer,
desnuda y bamboleante, lo mira, lo agarra, lo besa, desabotona su
camisa y su bragueta. Uno de los hombres pasa su mano por la tripa de
Clara. Pero ella la aparta. Por muy reducido que sea el espacio, un
no aquí es un
no. Aunque,
por supuesto, los códigos de respeto en un local de intercambio se
miden a un palmo de distancia. Rezuman. Salpican. Y el hombre sigue ahí
de pie, jadeante. Clara se apoya contra la pared y mira con naturalidad
cómo su chico agarra la melena de la mujer desconocida por detrás de la
nuca. A su izquierda, otra mujer se arrodilla frente a su pareja. Unos
gemidos rítmicos llenan la estancia. Son las dos de la madrugada.
Comienza el primer encuentro de la noche.
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