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sábado, 18 de agosto de 2012

Un hombre mata a sus 4 hijos al no poder asumir los gastos de fin de Ramadán


Nuakchot, 17 ago (EFE).- Un hombre degolló anoche a sus cuatro hijos (dos niños y dos niñas) en la capital mauritana porque, según confesó, solo así podía evitar los gastos de la fiesta del fin de Ramadán, prevista este fin de semana.
Según dijeron hoy a Efe fuentes policiales en Nuakchot, el drama ocurrió anoche en Arafat, un humilde barrio del sur de la ciudad, donde vive la familia.
El asesino, un enfermero con agudos problemas psíquicos, aprovechó la breve ausencia de su esposa para matar a sus hijos, y al regreso de esta última, le dijo: "Te he librado de los gastos de ropa para los niños", en referencia a la tradición musulmana de comprar prendas nuevas a los menores en esta festividad.
Los cadáveres de los cuatro niños (de edades comprendidas entre 1 y 6 años) han sido trasladados esta mañana a un hospital de Nuakchot para una posible autopsia, mientras que el padre ha sido detenido.
Los vecinos del barrio, estupefactos por un crimen sin precedentes, han "tomado" la casa donde sucedieron los hechos para expresar su cólera, y durante toda la mañana del viernes el movimiento es incesante.
El mes de Ramadán es un periodo indicado para la piedad y la generosidad con el prójimo, por lo que el suceso ha sido especialmente chocante para la población mauritana. EFE

jueves, 11 de marzo de 2010

ABLACION.

ABLACION.

Unos ciento treinta millones de niñas y mujeres han sido sometidas a la ablación del clítoris. Con frecuencia se le denomina "circuncisión femenina". Esta designación es errónea ya que sugiere que el procedi¬miento será similar a la circuncisión masculina cuando, en caso de las mujeres, el procedimiento invade mucho mas el cuerpo, disminuye o anula la capacidad de sentir placer sexual, el corte es mucho más peli¬groso, entre otras variantes. Dos millones de niñas más la padecen cada año. No es una costumbre de origen islámico ni necesa¬riamente un rito de iniciación,ni siempre persigue controlar la virginidad de la mujer, aunque si su sexualidad, se practica en una treintena de países.

En cada zona se hace de una manera y se le da una explicación dife¬rente. Como por ejemplo garan¬tizar la castidad de las mujeres, asegurar el estado de casaderas de las mujeres, hacerlas desea¬bles para sus maridos, preservar la tradición, hacer dóciles y sumisas a las niñas, preservar el buen juicio de la mujer, diferen¬ciar la femineidad de la mascu¬linidad, marcar el rito de paso, evitar que el clítoris crezca a un tamaño anormal, hacerlas férti¬les, etc. Entre otras.

Suele practicarse en niñas de entre cuatro y diez años, pero en algunas tribus africanas se mutila a niñas de pecho y en otras a mujeres jóvenes. En algunos luga¬res, la edad de la ablación esta descen¬diendo para evitar que las niñas mayores y ligeramente mas informadas se nieguen a someterse a ella. Habitualmente la realiza una partera tradicional o una anciana de la aldea con experiencia, pero sin forma¬ción medica alguna, que opera en condi¬ciones higiénicas deficientes y utiliza un cuchillo sin esterilizar, un cristal roto o una piedra afilada, sin anestesia. Resulta frecuente que se utilice cuchillo, sin esterilizar, para intervenir a varias niñas.

La escisión más leve o(si es que alguna puede considerarse así) es la llamada circunci¬sión de la sunna o tra¬dición musulmana. en la que cortan el borde del clitoris. El tipo de esci¬sión mas extendido en la mayoría de los países de Africa negra consisteen cortar el clítoris y los labios menores. Se asocia con el concepto de limpieza. La niña se inte¬gra así a la tribu y se con¬vierte en una mujer apta para e] matrimonio. Una mujer no mutilada puede ser rechazada incluso por sus amigas. Y sobre todo por su futuro marido.

En la infibulacion, la modalidad más trau¬mática se elimina incluso una parte o la totalidad de los labios mayores. Los dos extremos de la vulva se cosen y se deja solo un pequeño orificio para la salida de la orina y el flujo menstrual, es la llamada circuncisión faraónica, mas extendida en Egipto. Antes de mantener relaciones sexuales la mujer es a veces literalmente rajada para que el hombre pueda penetrarla.

La escisión se origino, al parecer, en la edad de piedra en el Africa central. Fue en Egipto donde tomo forma la creencia de que el prepucio era la parte femenina del hombre y el clítoris la masculina de la mujer, cortándolos se evitaba cualquier ambigüedad sexual.

"Kadi tiene cuatro años, fue arrebatada de los brazos de su madre hace algunos años atrás, ella vive con su padre y su hermana, en algún lugar de Africa, Kadi viajara varios kilómetros a cargo de un extraño para someterse a un rito, un rito ancestral, el rito de la ablación.

Kadi durante el largo viaje revive insistentemente una frase, dolor femenino, en su infante memoria recuerda haberla escuchado de su abuela, de su madre, y especialmente de Kumba su hermana, se acuerda de aquel día en que Kumba hizo un laro viaje, se la llevaron temprano, la subieron a un vehículo conducido por un hombre extraño, atrás una mujer con una guagua en sus brazos y otras dos niñas de tres y cuatro años. Kadi esperaba ansiosa el regreso de su hermana, estaba triste y no se explicaba él por que de ese viaje. ¿dónde estaba? ¿por qué se la habían llevado?, ni su padre ni nadie le explicaron nada, al igual que a Kumba tampoco le explicaron a donde iba y menos que le harían. Kadi extrañaba a su hermana, añoraba jugar con ella, reírse juntas, correr. etc.

Kumba tardo algunos días en regresar de ese misterioso viaje. Ese día Kadi corría de un lado a otro, sus pelos se agitaban, estaba feliz por la llegada de su hermana. Kadi, se acerco al mismo vehículo que se la había llevado, con curiosidad miro en su interior, observo que venían las mismas tres niñas mas su hermana, todas con el rostro ensombrecido, con los ojos vidriosos, envueltas en unas mantas sucias, con sus pequeñas manos en la vagina, todas con dolor. Ese día Kumba no pudo jugar con su hermana, le habían quitado parte de su vida, por lo tanto sentía dolor, Kumba había vivido su primer dolor femenino, a los cuatro años de edad, probablemente antes de los quince años le toque vivir el segundo, el de la noche de bodas y a los nueve meses siguientes el tercero.

La historia de Kadi y Kumba es caracteristica de toda niña que vive en una comunidad en la que ser querida, casarse y disfrutar de alta estima implica estar genitalmente mutilada. El no haber sido sometida a la operación conduce a la persecución, al ridículo, a los malos tratos, al trauma y al eventual ostracismo de la propia comunidad.

El hecho que la ablación, una vez realizada, sea permanente y convierta a la mujer en frígida, deprimida psicológicamente impotente y frustrada no importa a quienes perpetran este horrible acto, que creen firmemente que actúan en mayor beneficio de la niña. Muchas pequeñas mueren como resultado de esta practica, pero no les afecta en sus actitudes, a las niñas que mueren se les llama brujas malvadas de las que la comunidad se siente contenta de librarse.

AUN PIENSAS QUE EN MEXICO LOS DERECHOS DE LAS MUJERES SON UN ASCO???

lunes, 18 de enero de 2010

Haití, el (otro) error

January 18, 2010

— 12:00 am
Hace un cuarto de siglo, la selección mexicana participó en un hexagonal en Haití para clasificarse a la Copa del Mundo de Alemania en 1974. Los juegos se llevaron a cabo en el Estadio Nacional de Puerto Príncipe, donde arrancó México arrollando 8-0 a  Curazao y, sin explicación alguna, se desplomó. Perdió 1-4 ante Trinidad y Tobago, y apenas superó 1-0 al país anfitrión. Los cronistas de la época narraban cómo se habían paralizado los jugadores, como si estuvieran muertos de miedo. Fue una noche para no olvidarse que muchos no comprendieron. El terror sí fue inyectado en la escuadra nacional, pero no por enfrentar a sus rivales, sino –recordaron algunos años después-, porque parecía como si fuerzas extrañas que nunca antes habían sentido, intangibles e invisibles, los habían sometido. Lo que los apabulló fue una cultura para la cual no estaban preparados.
Para empezar a comprender lo que pudo haber sucedido a los seleccionados aquellas noches de Puerto Príncipe de 1973, un visitante tuvo que pasar la experiencia de estar en Haití y entrar en un choque sicológico con una realidad prácticamente desde que aterrizó en el aeropuerto. No era la pobreza y sus legiones de miserables, ni la sanguinaria policía política de los Tonton Macoutes, sino la propia gente que sin ser necesariamente agresiva inundaban el entorno con una violencia que volaba en el ambiente, con un acoso permanente de jóvenes que gritaban, manoteaban, mostraban sus gallos y hacían señales para que uno los siguiera. La persuasión para sumergirse en el mundo del vudú era hostil, acosadora y sobretodo intimidante.
Hoy, cuando en Haití hay una tragedia y el mundo se ha volcado para asistir en la emergencia, hay códigos que se manejan por fuera de las estructuras convencionales que están buscando explicar lo que sucedió en aquella parte de la isla de La Española. Las explicaciones no son lógicas. Sí hubo un terremoto, fuerte y devastador. Pero hay algo más. Es el conjunto de creencias que rigen la vida en Haití, construido a partir del sincretismo de la religión que llevaron a esa isla los esclavos que los franceses llevaron de África Occidental ya mezclada con el catolicismo, y que se cruzó con las religiones nativas.
Habrá quien descalifique esta variable, pero es indispensable en medir el alcance para la reconstrucción y organización de lo que será el nuevo Haití. El vudú –que se exportó idéntico a Nueva Orléans y Miami, como santería a Cuba, República Dominicana y México, o como umbanda a Brasil-, ha sido el eje del control político y social en esa nación. No hubo líder alguno, dictador, autoritario o incipiente demócrata que no lo usara para gobernar. Para muchos ha pasado desapercibido, pero al abandonar sus propiedades los haitianos tras el terremoto, lo único que no dejaron atrás fueron sus gallos, el animal que es protagonista central en las ceremonias de vudú que tienen el sacrificio del animal como momento climático.
Para entender la lógica haitiana hay que deshacerse de todo referente. No hay forma de entender, con las categorías de análisis que tienen quienes no conozcan esa religión mágica que utiliza símbolos y santos cristianos, lo que está sucediendo hoy en día en las entrañas de esa nación. Para tratar de poner en su dimensión la magnitud de lo que se avecina en la reconstrucción de Haití, simplemente hay que asumir que no se va a comprender nada y que no se va a creer en lo que se ve, pero que definitivamente hay algo más allá de lo que la preparación, educación y marcos de referencia nos puedan permitir a la mayoría que existe, sin explicación racional, médica o científica alguna, pero que sí está.
La vida haitiana está empapada por sus ritos salvajes paganos, con tamborazos frenéticos y danzas convulsivas donde se sacrifican gallos cuya sangre baña a todos y se invocan a los dioses. Había muchas misas vudú para turistas –que se conocen coloquialmente como magia blanca, que es cuando el destinatario de ella acepta que se la hagan- y misas de magia negra –donde el receptor no sabe que será su víctima-, donde el turista no llegaba tan fácilmente. Hay comunidades fuera de Puerto Príncipe con centros ceremoniales importantes, como Jacmel, a dos horas de la capital, donde se encuentran las más reputadas mambos –sacerdotisas-, o Hinche, a lo largo de la carretera que conecta a República Dominicana con la devastada ciudad. En la primera se practican los ritos para embrujar; en la segunda abundan los zombis.
Nadie puede reírse. Se puede no creer, pero no burlarse. Quien ha visitado el Museo de la Santería en La Habana, siente cómo un hilo helado le recorre el cuerpo cuando observa el cuerpo de una persona que fue víctima del vudú reducido a un tamaño de escasos 10 centímetros. No es un proceso taxidérmico y químico como lo es la reducción de cabezas que hacen los jíbaros en el Amazonas, sino resultado de una pócima donde se mezclan polvos, con cabello con pedazos de hueso, que también es utilizado en el caso de los zombis, muertos vivientes que son uno de los grandes misterios científicos. Así como en instituciones tan reputadas como Harvard se han documentado casos de personas muertas que han aparecido vivas años después –sin tener explicación racional para ello-, hay quien, sin creer en esa magia, ha sido víctima de fenómenos en su cuerpo que lo llevan a la muerte hasta que lo enfrenta de la misma manera paranormal.
El vudú no es sólo la religión que cimenta y articula a la sociedad en Haití. Es el principal poder. Lo que se vive ahora en aquella nación no toca ese conjunto de valores y creencias. Están en el rescate, la emergencia sanitaria y humana, y en establecer el orden. Luego vendrá la reconstrucción. En algunas capitales se está hablando de encontrar la oportunidad a esta crisis e inventar una nación modelo. La viabilidad no va a depender del tipo de diseño y recursos que se necesitarán, sino de cómo hacer viable un futuro diferente en una sociedad tan mágica. Las metrópolis siempre han incurrido en el error de no voltear a ver el factor cultural, y los resultados han sido más devastadores que un terremoto. Si el futuro de Haití va a transitar por el mismo camino, incorporar esa variable deberá ser indispensable.
rrivapalacio@ejecentral.com.mx
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http://columnas.ejecentral.com.mx/estrictamentepersonal/2010/01/18/haiti-el-otro-error/comment-page-1/#comment-1903

lunes, 9 de marzo de 2009

Ateo, materialista y anticlerical

Ateo, materialista y anticlerical
Publicado el 1 Marzo, 2009 por Hernán Montecinos 
Por: Pedro L. Angosto
Fuente: www.kaosenlared.net (28.0209)
No tengo empacho alguno en declararme ateo, materialista y anticlerical. Soy ateo no por decepción, sino por convicción. Jamás esperé nada del mito, nunca creí en milagros, ni siquiera en algunos tan festivos y jocosos como ese que dicen obró Jesús de Galilea en una boda convirtiendo el agua en vino para regocijo de todos sin que el Espíritu Santo recibiese el preceptivo aviso: Ojalá él y sus seguidores se hubiesen dedicado exclusivamente a eso, a convertir el agua en vino, las balas en besos, la ambición en solidaridad, al menos en los cuentos, en los propósitos, en sus prédicas. No creo en Dios, ni creo que los hombres necesiten a Dios para nada, salvo los medrosos, los apocados, los que nada esperan de esta vida o los que sufren desgracia tras desgracia y en su desesperación se entregan al cielo con la esperanza del consuelo o de una vida mejor después de la muerte. A estos los respeto, los comprendo y los quiero. Nadie nace ciego por voluntad propia.
Sin embargo, estoy convencido de que Dios y sus amigos si necesitan a los hombres, desde el principio, desde que el Verbo se hizo carne, incluso desde antes, cuando el hombre desnudo veía salir el sol y llegar la noche, cuando contemplaba el furor de las tormentas y los vendavales, el desbordamiento de los ríos, el rugir de los volcanes, los deshielos y las sequías pertinaces, cuando el más fuerte, no el más evolucionado ni el mejor ni el más bueno, cambió el miedo humano a las leyes de la física, por el miedo a las fábulas imponiendo castigos y recompensas a capricho. No, no creo en Dios, me importa un bledo su existencia, inexistencia o evanescencia, su poder omnímodo, su maldad o su bondad, su infierno y su cielo, sus vírgenes y sus santos, sus iglesias, sus predicadores, su forma líquida, etérea, sólida, gaseosa, antropomorfa o mineral, lo que dicen que dijo a Moisés, a Abraham, a Mahoma o a Monseñor Escribá de Balaguer antes de subir a los altares o tener calle en Zaragoza: Si los hombres –unos pocos, quienes lo hicieron del barro- no lo hubiesen querido, Dios no habría nacido, ni las guerras, ni los cruzados, ni los alcabaleros, ni los diezmos, ni las tercias, ni las conquistas, ni los cristianos, ni los católicos, ni los presbiterianos, ni los taoístas, ni los budistas, ni los musulmanes, ni los judíos, ni la inquisición, ni los talibanes, ni la Santa Cruzada española, ni los adoradores del dinero, ni los gudaris sanguinarios, ni los torturadores de toda laya, ni los legionarios de Cristo, ni el Opus Dei, ni la madre que los parió.
Todo es obra del hombre, del hombre perverso, del hombre en estado de corrupción pura, que no es otro que aquel que promueve y otorga carácter inmutable a un sistema que se basa en la explotación del hombre por el hombre, que esparce la muerte por toda la faz del planeta con una sonrisa en los labios, que destruye la naturaleza a sabiendas de que no le pertenece, que inventa espejismos para dormir a los que han sido dormidos con tantos cuentos que ya no tienen resuello ni siquiera para bostezar y encuentran placer y consuelo en el sueño eterno de los espejismos inacabables, inabarcables, inaprensibles. 
¿Qué aporta la idea de Dios a los seres vivos, inteligentes o no, racionales o no? ¿Qué les ha aportado además del miedo, de la esclavitud, de la explotación, de la guerra, de la muerte, de la extinción, del odio, de la intransigencia, de la violencia, del fuego, de la mentira esencial, de la castración mental, del arriba y abajo, del capitalismo salvaje y destructor, de la ceguera y la resignación? Nada, absolutamente nada. Cuando el hombre inventó a Dios, no lo hizo pensando en el bien de sus semejantes, sino en dominarlos, en ponerlos a su servicio, en atemorizarlos hasta extremo tal que difícilmente osaran contestar, desobedecer, rebelarse. Los hombres esclavos, los hombres castrados por siglos de terror, cegados por el invento divino y dirigidos por quienes llevaban a Dios en una mano y en otra la espada, construyeron pirámides descomunales en vez de casas decentes; saquearon campos infinitos cultivados por seres resignados para levantar templos inmensos que acrecentaran aún más el miedo a lo sobrenatural, a lo desconocido, a lo incierto; invadieron países, crearon imperios, saquearon suelos y subsuelos, blandieron la espada y la maza, el cañón y el misil, para defender los privilegios de los que eran enterrados bajo los altares; se batieron contra el liberalismo, contra la democracia, contra el socialismo, contra la emancipación del hombre, contra la libertad, contra la justicia, contra la igualdad, contra la fraternidad, contra la Razón. 
No, Dios no existe, pero ha sido, es muy rentable para la “buena gente”, para los que no tuvieron ni tienen reparo alguno a la hora de clavar mil puñales en la espalda del prójimo, y del mundo entero, con tal de quedarse con la hacienda, con tal de que los otros aprendan como fueron, son y serán las cosas. Dios no existe, pero de su nombre y en su nombre viven miles de cuervos negros y de todos los colores, cuervos con tirabuzones, cuervos tonsurados, cuervos rapados, cuervos con turbante, elegantes cuervos con traje de Armani, cuervos que disponen la vida y la muerte, que juegan con la enfermedad, que reparten el pastel quedándose con la mayor parte de él. Y por eso, y por otras muchas cosas que contar no quiero, soy materialista, porque creo que ningún hombre debe ser menos que otro, que todo ser humano debe poder satisfacer sus necesidades fuera de la esclavitud, con un trabajo digno, limitado, seguro y adecuado a su personalidad que le permita vivir en libertad, cultivar su sustancia intelectual, sensorial y sentimental, educar a sus hijos en el saber humanista, en la solidaridad, en el amor a la naturaleza, en el desprecio hacia los explotadores, los estraperlistas y los carroñeros; porque creo que la vida no es una carrera de locos que corren hacia ninguna parte, que no estamos aquí para competir unos contra otros, a costa de otros, sino para disfrutar de la belleza y paliar el dolor, propio y ajeno, para mandar al carajo los escritos sagrados y sus amenazas insolentes y despiadadas; porque creo en la justicia terrenal, en una justa y obligada distribución de la riqueza que posibilite a todos, morenos o blancos, negros o amarillos, arios o gitanos, capacitados o discapacitados, tontos o listos, guapos o feos –ningún mérito tiene lo que viene con uno al nacer- ser felices sin aspirar a tener más de lo que la decencia y la buena educación aconsejan; porque pienso que las flores no se cortan, se miran, y si se cortan para hacer un bonito ramo de flores, no se entregan a los muertos, sino a los vivos; no se ofrecen a los santos a cambio de una parcela en la tierra o en el cielo, sino a un amigo o a un desconocido que pasa por nuestro lado. Soy materialista, en fin, porque estoy plenamente convencido, tanto como el más ciego de los creyentes, de que es aquí, debajo del sol, las estrellas y las nubes, junto al mar y las montañas, rodeado de árboles y animales, donde el hombre tiene su casa, su única casa, una casa de la que apenas ha construido los cimientos, una casa que no le pertenece y que ha de cuidar con todo el esmero del mundo para legarla más bella a quienes la habiten después. No hay oraciones que valgan, no sirven los sermones ni las parábolas mansas, la tierra nos llama, nos llaman los hombres que pasan hambre y necesidad, apelan a nuestra conciencia los desheredados, los desplazados, los marginados, los que nunca supieron del esplendor sobre la yerba ni la gloria de las flores. Es aquí, en el solar que piso, que pisamos, donde podemos construir el paraíso, sólo hace falta poner manos a la obra, prescindiendo para siempre del mito, de quienes lo inventaron y sustentan para que todo siga igual, como Dios manda.
Y por eso, y termino pacientes lectores, soy anticlerical, porque como decía el olvidado Atahualpa Yupanqui Dios es un capitalista al que gusta lo fastuoso y comer en la mesa de los ricos, al igual que a sus discípulos, predicadores y seguidores. Porque las iglesias, del tipo que sean, siempre estuvieron con los poderosos, siempre contra la libertad, siempre contra todo signo de progreso, siempre contra la voluntad del pueblo, contra su soberanía, contra su felicidad, amparando a explotadores, genocidas y tiranos; porque el clero dejó para ese Dios que inventó lo del más allá y decidió, sin ninguna duda, que su reino si era de este mundo, únicamente de este mundo y que este mundo era de su exclusiva competencia. 
Cada vez que oigo a un cura inmiscuirse en las cosas que incumben a las personas normales, meter su hocico en lo temporal, intentar obstruir las leyes que el pueblo se quiere dar para mejorar su existencia o ponerle un final digno, pienso que no estamos tan lejos del hombre de Atapuerca, que hemos evolucionado poco, muy poco. Si fuese de otro modo, hace ya tiempo que la casta clerical habría desaparecido por su propio peso, por el peso de su patética y cruel historia.

Comunicado del Movimiento Ecuménico Por Los Derechos Humanos- MEDH

  Comunicado del Movimiento Ecuménico Por Los Derechos Humanos- MEDH Los Organismos de DDHH de la República Argentina, abajo firmantes, repu...