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jueves, 13 de junio de 2013

Zihuatanejo, la lucha

ROBERTO RAMÍREZ BRAVO

Zihuatanejo, la lucha

Hace unos días se conoció en el municipio de Zihuatanejo de Azueta, mejor conocido sólo como Zihuatanejo por ser el nombre de su cabecera, una noticia importante: la empresa Fonatur Operadora Portuaria SA de CV, dejaría de operar en el puerto.
Aunque utiliza el nombre del Fondo Nacional de Turismo (Fonatur) y en su página web coloca el logotipo de la Secretaría de Turismo y el Escudo Nacional mexicano, para dar la apariencia de que se trata de un órgano de gobierno, en realidad es una empresa privada.
Según su propia información, “la empresa fue constituida en el año de 1969 con el nombre de Terrenos Recreo SA de CV. En el año de 2004 cambió su denominación por la de Singlar SA de CV y modificó su objeto social para constituirse en operadora de servicios náuticos, comercializadora y administradora, teniendo a su cargo la operación de las escalas náuticas de Fonatur”.
En su página explica que el 30 de abril de 2008, Singlar SA de CV cambió su denominación social por Fonatur Operadora Portuaria SA de CV “para incorporar en sus actividades la operación de las administraciones portuarias integrales que le han sido concesionadas por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT)”.
El caso es que esta empresa constituida con capital privado y una mínima participación accionaria del gobierno federal fue beneficiaria de una jugosa concesión en la bahía de Zihuatanejo para controlar el recinto portuario, pero además con otros proyectos manejados con exceso de celo por los ayuntamientos de Azueta y de Petatlán, en áreas como Barra de Potosí y la laguna de Las Salinas.
El 3 de junio pasado se dio a conocer que Fonatur Operadora Portuaria se retiraría de Zihuatanejo, supuestamente por decisión propia mediante el recurso de una “terminación anticipada del título de concesión”.
La de esta empresa fue una actividad expoliadora, como suelen ser las de estas compañías, que con el señuelo de un supuesto progreso e inversiones que sólo a ellas benefician, no tienen empacho en destruir el medio ambiente y, por supuesto, apropiarse de espacios que pertenecen a la nación.
Los azuetenses nunca quitaron el dedo del renglón desde la llegada de la operadora turística: denunciaron en los medios, salieron a la calle, exigieron a las autoridades la revocación de una concesión a todas luces irregular, pero encontraron poco eco. Tanto el municipio, como el gobierno del estado, así como legisladores federales, se comprometieron a intervenir, pero no lo hicieron.
Fueron las movilizaciones de los propios ciudadanos las que lograron echar abajo ese proyecto. El incidente más reciente ocurrió poco antes de la partida de la empresa, cuando sus trabajadores colocaron vallas para impedir el acceso al muelle, y los cooperativistas las retiraron.
Pero en Zihuatanejo las luchas no son nuevas, ni desconocidas. En 1988 empezaron los problemas cuando la empresa Punta del Mar construyó (en 1990) el complejo Puerto Mío, una gasolinera y un espigón, e intentó construir un muelle para cruceros en la bahía. Entre sus socios, los azuetenses identifican al ex titular de Fonatur, John McCarthy, al panista Fernando Gómez Mont y a Alfonso Chirinos
La lucha de quienes se agruparon en la Red de Organizaciones y Grupos Ambientalistas de Zihuatanejo (Rogaz) logró impedir la construcción del muelle, pero después, los alcaldes Amador Campos y Silvano Blanco Deaquino impulsaron la creación de ese mismo muelle, ahora por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, con recursos federales. Parecía imposible, pero los ambientalistas lograron impedir este propósito.
Con la operadora portuaria la situación fue similar: luchando contra viento y marea, cooperativistas, hoteleros, restauranteros y ciudadanos en general interesados en rescatar la bahía de la virtual privatización a que ha estado sometida, lograron su expulsión.
Habría que ver qué otros intereses intervinieron para que los empresarios hayan decidido simplemente retirarse, pero es claro que la lucha de los azuetenses no acabará aquí, porque hay otros proyectos, igualmente privatizadores, devastadores del ambiente e inequitativos, que están en puerta. El tema del muelle de cruceros no ha sido dejado de lado, pues hay empresarios locales que todavía insisten en que se construya uno en la bahía, a pesar de que los cruceros prácticamente se han retirado de la ruta del Pacífico, y a pesar de que nunca han dejado ni siquiera una derrama económica en el municipio, como para intentar justificar el deterioro ambiental que causan.
En resumidas cuentas, pues, Zihuatanejo conserva su bahía, mientras no ocurra otra cosa, y no haya que emprender una nueva lucha en su defensa. 

lunes, 10 de junio de 2013

Ramírez Bravo: “veo un capitalismo avasallante en todos los sentidos”

El escritor leyó algunas partes de sus libros en Azueta

Ramírez Bravo: “veo un capitalismo avasallante en todos los sentidos”

HERCILIA CASTRO (Corresponsal)
Zihuatanejo, 9 de junio. El escritor y periodista Roberto Ramírez Bravo expresó en su lectura de obras en Azueta que “veo en general para la humanidad un futuro muy difícil y vemos que hay un capitalismo avasallante en todos los sentidos, que cada vez limita más los derechos de las personas en general, en todo el mundo”, y a la vez consideró una oxigenación las luchas sociales que se dan en todos lados.
Cuestionado sobre si no ve en la humanidad un futuro desesperanzador, señaló que los movimientos sociales se ven en mucha desventaja ante “el avasallamiento imperial” pero que los movimientos también surgen como los honguitos debajo de las piedras, “pero ahí van haciendo su lucha”.
“Yo pienso que ahí va la esperanza, cada quien individualmente hace su lucha, entonces yo creo que mientras haya una persona que haga algo, por ejemplo escribir, contar algo, yo pienso que es una forma, un granito porque a lo mejor alguien que ve un futuro desesperanzador, le puede eso revalorar su futuro; entonces, qué puedo hacer, mientras estamos con vida tenemos esperanza”, dijo.
Ramírez Bravo, quien leyó capítulos de sus libros Sólo es real la niebla, Las pausas concretas y Hace tiempo que salimos de casa, causó el interés del público presente, y fue comparado por varios presentes sobre su lenguaje crudo y a la vez fantasioso no sólo con escritores como Juan Rulfo, sino también con Paco Ignacio Taibo II y José Emilio Pacheco.
El público presente se interesó en los temas como la guerra sucia, plasmada en su libro de Las pausas concretas y su empatía con los movimientos históricos en Guerrero.
En la lectura que hizo estuvo también presente la Red de Organizaciones y Grupos Ambientalistas de Zihuatanejo, cuyos representantes agradecieron a Ramírez Bravo su trabajo no sólo periodístico, sino su comunión en las denuncias populares y el apoyo a las problemáticas del puerto que ha llevado en varios reportajes en La Jornada Guerrero, de la que funge como coordinador de Edición.
Una lectora le preguntó si no tenía miedo a ejercer su oficio como periodista y denunciar en sus libros las problemáticas de la entidad, a lo que contestó: “No. Hace mucho tiempo dejé de sentir miedo, porque uno asume los riesgos de este oficio”.
Con el fondo musical de la alta marejada y de pájaros en el Jardín del Arte, agregó que cuando uno escribe desde el corazón puede provocar una emoción y empatía con algún lector que se identifique con la realidad del literato.

domingo, 2 de junio de 2013

Los escritores tienen un compromiso de vida con la literatura y el periodismo: Ramírez Bravo

Se presenta el autor de Las pausas concretas en programa de lectura en Tlapa

Los escritores tienen un compromiso de vida con la literatura y el periodismo: Ramírez Bravo

SALVADOR CISNEROS SILVA (Corresponsal)
Tlapa, 31 de mayo. El escritor Roberto Ramírez Bravo se presentó en la ciudad como parte de la actividad Literatura en voz de sus autores, que promueve el paralibros de Tlapa en coordinación con sala de lectura, programa del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).
En el acto, el escritor y coordinador de Edición de La Jornada Guerrero leyó para el público presente algunos fragmentos recolectados de sus libros que a lo largo de su carrera ha publicado. Sólo es real la niebla, Hace tanto tiempo que salí de casa y Las pausas concretas fueron algunos de los textos que pudo leer.
En cada corte de cada libro los presentes pudieron realizar algunas preguntas y observaciones sobre lo que el autor narraba de sus textos y explicó que “en los libros se narran misterios de los pueblos de México, cuentos sobre el acercamiento de la historia de la legendaria Llorona, pero contado en tiempos modernos”.
En su participación una asistente le agradeció su actividad y participación en la cual pudo compartir los relatos de las novelas y cuentos sobre las leyendas, mitos y movimientos sociales. “Es un placer que usted se encuentre en el corazón de La Montaña, epicentro de las luchas sociales guerrerenses”, le dijeron.
Se le preguntó a Ramírez Bravo cuál es el compromiso social que tienen los escritores, y respondió que “hay un compromiso de vida con la literatura y el periodismo, pues refleja la época y el mundo que me tocó vivir, con eso poder contribuir para que ese mundo sea mejor; la literatura no es un panfleto para apoyar a las luchas sociales, aunque con altos niveles de calidad se puede trasformar a la ciudad”.
Para finalizar mencionó que en sus libros se hace referencia a las luchas sociales y se trata de reivindicar los derechos humanos, la equidad, la justicia, condicionando a los que los tengan en las manos del mensaje literario.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Sobre carne y fantasmas: Las pausas concretas


YURI HERRERA

Sobre carne y fantasmas: Las pausas concretas

A veces da la impresión de que las atrocidades que todos los días cometen los narcotraficantes han sido como un fuego purificador para nuestra memoria. Pareciera que la violencia empezó hace quince minutos, que antes no había sino paz social y ciudadanía. Sin embargo, desde antes de la explosión de esta “guerra contra las drogas” amplias zonas del país ya sufrían otras violencias. De la manera en que una de ellas ha marcado la vida de gente que no aparece en los periódicos es de lo que habla Roberto Ramírez Bravo en Las pausas concretas, de una violencia más vieja y menos espectacular pero que sigue ahí, normalizada, nunca discutida abiertamente: la violencia de Estado contra las comunidades que acusaba de ser parte de la guerrilla, y de la violencia contra la guerrilla que esa misma represión ha creado.
Cada día, activa o pasivamente, rendimos honores a ciertos hombres en armas cuyo legado ya ha sido procesado, sus nombres puestos en letras de tinta o de oro, sus historias fijadas con limpieza. Pero otros individuos que combatieron para conseguir los derechos democráticos de que hoy gozamos no merecen, ya no digamos nuestros honores, ni siquiera nuestra reflexión, porque lo hicieron a través de una lucha armada que no se ha querido reivindicar. El estado de Guerrero, como el de Chiapas, Hidalgo, Oaxaca, Michoacán, entre otros, ha sido escenario de un ejercicio despiadado del poder; pero no como un resabio de premodernidad, sino que ha sido una opresión plenamente moderna, tecnificada, administrada desde los aparatos del Estado y sepultada en el olvido por virtud de la propaganda y la conveniencia.
Aunque hubo quienes optaron voluntariamente por la lucha armada, y hubo quienes, como en toda guerra, se convirtieron en criminales (es el ejemplo del grupo de “Los enfermos”, en los años setenta en Sinaloa), los movimientos guerrilleros no pertenecen a la historia de la delincuencia organizada, sino a la de la resistencia ante la barbarie. En Las pausas concretas, un libro que asume su responsabilidad de prestar testimonio de una etapa de la historia del estado de Guerrero, vemos la disyuntiva recurrente de individuos y comunidades que, ante el hambre y el abuso, debían optar por emigrar o incorporarse a la lucha armada. Nos enteramos, casi como al paso de tan normal que se había vuelto, de las violaciones constantes que sufrían las mujeres de los pueblos indígenas, de cómo apenas cumplían doce años los niños ya se volvían sospechosos para el ejército, de ejecuciones públicas en las canchas de algunos poblados. Son tan terribles, que aún señalándolos con el dedo es casi imposible poner los hechos bajo la luz: en su descripción exacta, se vuelven inverosímiles. Ya había dicho José Revueltas, en su introducción a Los muros de agua que “lo terrible no es lo que imaginamos como tal: está siempre en lo más sencillo, en lo que tenemos más al alcance de la mano y en lo que vivimos con mayor angustia y que viene a ser incomunicable por dos razones: una, cierto pudor del sufrimiento para expresarse; otra, la inverosimilitud: que no sabremos demostrar que aquello sea espantosamente cierto”.
¿Cómo, pues, es posible hablar del horror? ¿Cómo lidiar con el vacío que deja tras de sí?
En Las pausas concretas, Roberto Ramírez Bravo ha optado por contar la historia de una pareja que se construye en medio de la vorágine violenta, sin restarle importancia a ésta pero colocando en el centro de la trama la capacidad de sus personajes para no renunciar a su dignidad a pesar del miedo. Atalo es un hombre derrotado por la vida, que a los 52 años, como los ciclos temporales prehispánicos, consigue rehacerse a sí mismo cuando se topa con María Soledad, la hija de un guerrillero legendario, que a su vez llega con su propio hijo. Juntos se convierten en un símbolo de resistencia, más que por lo que hagan, pues, como insisten una y otra vez, ellos no han hecho nada, por su voluntad de buscar su felicidad aun siendo perseguidos por el ejército.
María Soledad es una mujer extraña, que cuenta historias que aparentemente se hacen realidad. Éste es un elemento desconcertante en el libro, que junto a otras imágenes y escenas parecería un regreso al realismo mágico: una niebla transfiguradora, un ovni que aparece en La Montaña. Pero lo que en el realismo mágico eran fenómenos que no alteraban la vida sino que eran parte de la vida cotidiana, estas escenas son en Las pausas concretas una estrategia para lidiar con el horror. En este mundo, lo atemorizante no son las historias de aparecidos, sino las de los desaparecidos, y lo ominoso es articulado por medio de una fantasía que mueve a los personajes, los hace rebelarse y resistir.
Escribir de esta manera, en efecto, es una forma de resistencia: es no aceptar el horror como una historia sobre la que no se tiene poder alguno. Porque escribir, siempre, implica tomar decisiones éticas y estéticas. La realidad no se presenta ya desde siempre escrita de una forma que sólo espera ser trasladada al papel, sino que debe ser reconstruida y acentuada para poner de relieve aquello que se pierde en el realismo, esa palabra vieja y cómoda que a veces nos libera del trabajo que supone representar al mundo intencionadamente. Hacer literatura implica intervenir a la realidad desde una propuesta lingüística personal, no como un mero ejercicio de estilo, sino para hallarle nuevos sentidos a los acontecimientos; aún más, para construir otros acontecimientos, los que han sido desterrados de lo humano, los que no caben dentro de lo recordable.
Además de cumplir con la obligación de ser una historia bien contada, Las pausas concretas hace una afirmación que exige ser escuchada en una época en la que no parecemos entender cómo se nos jodió el país: la memoria no es un asunto del pasado, sino algo que nos constituye, una historia inscrita en nuestro cuerpo inclusive cuando intentemos olvidarnos de ella.
El autor tiene maestría en Creación Literaria por la Universidad de Texas en El Paso y es postulante a doctorado en Lengua y Literatura Hispana en la Universidad de California en Berkeley, y autor de las novelas Trabajos del reino, y Señales que precederán al fin del mundo.

http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2009/11/14/index.php?section=opinion&article=002a1pol

martes, 12 de junio de 2012

Roberto Ramírez: trayectoria periodística y literaria

RAÚL SENDIC GARCÍA

Roberto Ramírez: trayectoria periodística y literaria

Este año, la Universidad Autónoma de Guerrero decidió otorgar el premio Mérito a la Trayectoria Periodística Juan R. Escudero al comunicador Roberto Ramírez Bravo, coordinador de Edición de La Jornada Guerrero.
Con base en los lineamientos establecidos en la Convocatoria de la XV Edición del Premio Mérito a la Trayectoria Periodística Juan R. Escudero, publicada el 2 de mayo, se informa que “por decisión del H. Jurado Calificador, el premio es para el C. Roberto Ramírez Bravo”.
La propuesta del periodista Roberto Ramírez Bravo fue presentada por la Sección 25 del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa, cuyo secretario general, José Domingo Gómez Gallardo, avalando la trayectoria de más de dos décadas del comunicador, propuso que fuera éste quien recibiera tan alto honor.
Roberto Juvencio Ramírez Bravo nació en Ometepec, Guerrero, el 13 de mayo de 1964; emigró a Acapulco cuando tenía un año, junto con toda su familia, la que se estableció en la colonia Jardín, en la zona poniente del puerto, donde cursó su educación primaria. La secundaria la estudió en la Técnica 1, y el bachillerato, en el CBTIS 14.
Después se trasladó a la ciudad de México para cursar estudios en Humanidades en la Universidad Autónoma Metropolitana, tiempo durante el cual colaboró en El Sol de México como reportero y corrector de estilo.
En 1990 regresa al puerto para desarrollar una productiva labor periodística, académica y literaria, combinando el periodismo, la docencia y la creación. Roberto ha impartido cátedra en la Escuela Superior de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Guerrero, en el Área de Sociología de la Comunicación y en el Área de Periodismo de la Universidad Loyola del Pacífico.
También ha sido reportero en varios medios y jefe de Información de El Sol de Acapulco, Milenio Guerrero, y desde 2008 en La Jornada Guerrero.
La obra periodística de Roberto es muy vasta; se destaca por haber sido el primer periodista en publicar una entrevista con el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI) a seis meses de que se conociera su existencia.
Otros temas que ha abordado son los movimientos campesinos y conflictos agrarios, como el de Lomas de Chapultepec entre 1991 y 1993, ha dado seguimiento puntual al conflicto de la hidroeléctrica La Parota, ha hecho un trabajo profundo en la recuperación de testimonios de víctimas de la guerra sucia que el Estado mexicano desató contra las guerrillas de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez.
Al igual que lo hizo Gabriel García Márquez, ha sabido manejar la dualidad entre el periodismo y la literatura, poniendo las letras al servicio de la justicia y de la resistencia. El trabajo periodístico que ha desarrollado le ha llevado a adquirir una disciplina férrea en el quehacer comunicativo, lo cual le ha servido en su trabajo literario: En su faceta de escritor ha publicado los libros El Viaje (Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa 1987), como resultado de haber obtenido el primer lugar en el concurso de cuento Correo Menor; Sólo es real la niebla (Editorial Sagitario 1999); Hace tanto tiempo que salimos de casa (Editorial Praxis 2005), y Las pausas concretas (Editorial Praxis 2009). Ha compartido espacios con autores como Juan Villoro y Carmen Leñero en algunas colecciones. Parte de su obra ha aparecido en las revistas Conversa, Hojas de amate y El mundo del cuento.
La escritura de Roberto Ramírez es extraordinariamente compleja, con una narrativa impecable basada en la observación y lo sensorial. Construye y teje historias y se identifica con la resistencia frente al poder con un estilo propio y una propuesta lingüística personal en la que se percibe la denuncia y la organización del pueblo. Es un escritor de la resistencia que tiene mucho que dar al periodismo y las letras.
En su obra periodística y literaria están siempre presentes los problemas del estado, los movimientos guerrilleros, la militarización, los abusos militares, la violación a los derechos humanos, los crímenes políticos y las matanzas cometidas por el Estado.

http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2012/06/11/index.php?section=opinion&article=002a1soc

martes, 30 de marzo de 2010

La Kaikema y otros relatos*



ROBERTO RAMÍREZ BRAVO
La Kaikema y otros relatos*

Cuando supe que iba a leer un libro que no tenía signos de puntuación pensé que sería una tarea difícil, pues como sabemos los signos –el punto, la coma– son elementos de un código que nos permite enlazar nuestro mensaje con el receptor.

Sin embargo, al leer La Kaikema y otros relatos, de Isaías Alanís (editorial Sigla, 2009), me llevé la grata sorpresa de que la presencia de estos caracteres no sólo no era necesaria en la particularidad del texto, sino que su ausencia se agregaba como un elemento novedoso y enriquecedor del mismo. ¿Cómo pudo hacerse la magia de convertir una ausencia notoria en una notable presencia? Eso es algo que tal vez el propio autor en su momento podría explicar.

La Kaikema y otros relatos es en esos términos una propuesta innovadora, pues se plantea una nueva forma de concebir y de expresar el lenguaje, que si bien puede tener algún referente en El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, en Todos los nombres, de José Saramago, o en la obra de Lezama Lima, no es ni uno ni otro, sino una nueva propuesta.

En alrededor de 300 páginas, Isaías Alanís cuenta 18 historias sobre la vida en algún lugar de la costa, con sus personajes, sus leyendas y sus fantasías, donde, sin embargo, los únicos nombres de lugares que se mencionan son aquéllos que no forman parte directa de la historia, como Cuernavaca, el Distrito Federal, África y otras ciudades de Europa y Canadá, pero no se indica con claridad en qué pueblo de la costa se desarrollan las historias.

Al leerlo, uno se encuentra con un libro difícil de clasificar, pues raya los linderos entre los géneros. ¿Es una novela, son cuentos, son relatos, es poesía, es un documental? Yo diría que es, a la vez, todo eso junto. El libro narra la historia de un profesor universitario, escritor, que hace su vida entre el DF y Cuernavaca, y que visita la costa cada año –siempre alrededor de los mismos personajes pero siempre llevando a diferente mujer como acompañante–, y con la guía básica de Tiburcio Sabucán, el hombre que fuma tabaco, los habitantes del pueblo le van narrando sus historias. En ese sentido es una novela, donde las narraciones, separadas, tienen un hilo conductor en la búsqueda que hace el escritor-narrador y, en conjunto, cuentan la historia fundacional de aquel pueblo, que puede leerse de corrido, a saltos o de atrás para adelante. Al fin de cuentas, los personajes se mueven de un relato a otro y van apareciendo en el contexto que ya tenían en el anterior, o que van a tener en el siguiente, según sea el orden de la lectura.

También es un libro de relatos, porque cada una de las 18 historias es completa e independiente en sí misma. Y, como se sabe, entre relato y cuento hay una mínima pero significativa diferencia, y al trascender el mero hecho de contar anécdotas, nos encontramos que es también un precioso libro de cuentos, donde los hechos cotidianos aparecen reinventados, con un universo propio y redondo como sólo el cuento es capaz de proporcionar.

Si bien no es un libro de poemas, en el sentido tradicional, su narración tiene un alto registro poético donde, por ejemplo, un árbol no sólo es un árbol, sino una parte revalorada, reinterpretada, de la visión del cosmos que tienen los propios personajes.

La Kaikema y otros relatos es, en ese sentido, hasta cierto punto, un libro inesperado. Es un libro que retoma el mundo regional, el submundo de las leyendas, pero que está muy lejos de ser un texto pueblerino escrito sólo para recoger aquello que cuentan los mayores. Es la reinvención de ese género, su modernización y una novedosa puesta en escena. Es contar las leyendas de otra manera y de otra perspectiva, con un lenguaje inusual.

En sus páginas desfilan personajes como La Kaikema, que representa a la mujer que se aparece en lo oscuro del bosque –en este caso, en el manglar, en el estero– para seducir a los hombres y llevarlos, como sugiere la leyenda, a la perdición. Pero esta Kaikema ofrece una perdición llena de erotismo, de placer, de sensualidad desbordada, una especie de infierno que en realidad es una forma sublime de la noción del paraíso.

Los alagartos, misteriosos saurios con alas, un poco humanos, un poco monstruos, que según la leyenda habitan el pantano; y los ángeles –el homosexual, el que en forma de niño prodiga sexualidad a sus feligreses, los arcángeles– son otros de los seres mágicos que pueblan el libro.

Sin embargo, más allá de las historias de pueblo, Isaías Alanís nos asoma a otras realidades menos fantásticas: la del narcotráfico, la de la guerra sucia –donde “la aparecida” no es sino una desaparecida política a la que el Ejército se llevó 15 años atrás, durante los tiempos de la represión, y que ha vuelto–, la de los curas “putos y pederastas”, y la de los asesinatos políticos.

En conjunto, Isaías Alanís nos muestra un mundo no sólo integrado a través del lenguaje y una reinterpretación de su uso, sino una nueva mirada a las tradiciones y al mismo tiempo un registro del tiempo real, actual, histórico, que no tiene de fantástico sino la forma en que se narra.

Lo más gratificante es que el libro no es sino sólo la primera parte de una trilogía que, como él mismo dice, amenaza con publicar en breve.

* Texto leído en la presentación de La Kaikema y otros relatos, el viernes pasado en La Casona de Juárez. n

http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2010/03/29/index.php?section=opinion&article=011a1cul

sábado, 2 de enero de 2010

Año nuevo desde lo subterráneo del mundo

Año nuevo desde lo subterráneo del mundo

ROBERTO RAMÍREZ BRAVO

Abajo del paso a desnivel, en la Vía Rápida, El Abuelo, Bruce Lee, El Negro, El Chucky y El Chalán no pudieron bajar las cortinas ni cerrar las puertas, pero sí suspendieron actividades temprano y se fueron, juntos, a la fonda de Doña Mari, ubicada a un costado, a celebrar la llegada del año nuevo.

Antes visitaron en grupo la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, en el zócalo, y terminaron la noche en la playa, después de ver los fuegos artificiales. “Bien o mal –explica El Liga, quien organizó todo– a lo mejor es la única vez que se lo pasan así”.

Desde que en la administración pasada se construyó el paso elevado, los jóvenes, que habitaban en el cauce encerrado del río Aguas Blancas salieron a la parte superior, específicamente donde comienza a levantarse el paso elevado que cruza la avenida Cuauhtémoc y establecieron en ese lugar su vivienda permanente.

Ahí mantienen, en la intemperie, cinco colchones viejos, una hamaca raída, ropa que se expone en el barandal construido por el ayuntamiento, algunas cajas de refresco con botellas vacías, un balón de basquetbol que utilizan como si fuera de balompié y algunos enseres mínimos.

Dice El Liga: “no se puede negar: aquí los chavos a veces salen mal entre ellos mismos por la droga, pero son chamacos bien tranquilos”. Enfrente de donde se encuentran está La plaza del mariachi, una cantina tradicional, y ahí a veces hay conflictos. “Cuando ven que están golpeando a alguien, salen a defenderlo y se arma la bronca, pero a veces los golpeados dicen que los del puente bajan a atacarlos”, cuenta. Otras ocasiones, narra a su vez El Abuelo, ellos mismos han detenido a quienes asaltan en el área, pues “cuidamos nuestro territorio”.

El Liga tiene dos años de haberse rehabilitado y ahora trabaja en la fonda de Doña Mari. Consumía piedra y otras drogas, y muchas veces intentó por su cuenta “anexarse”, pero fue inútil. Al final, dice, consiguió por sus propios medios superar el problema y ahora ayuda a quienes viven bajo el puente.

Los cinco se dedican a limpiar parabrisas de vehículos en distintos puntos de la ciudad, pero el jueves 31 suspendieron su labor a las 6 de la tarde. En la iglesia del zócalo “Iban como chiveados, pero todos fueron”, recordó El Liga.

Luego, en la fonda de Doña Mari cenaron pollo, ensalada rusa, bebieron refrescos y whisky Johnny Walker etiqueta roja –“cuando hay posibilidad hay que tomar lo bueno, cuando no, puro chinicuil”, dice El Liga–, algunos inclusive bailaron.

El Abuelo, que se ufana de tener 28 años y haber viajado por varias ciudades de la República, cuenta que entre ellos no sólo el año nuevo, sino la Navidad, han procurado festejarla. “Yo en la Navidad me fui con mi novia, y ahora con mi familia”, dice.

En la fonda de Doña Mari el festejo del fin de año comenzó alrededor de las 8 de la noche, y un poco antes de las 12 cada uno de los muchachos tomó su silla de plástico blanco, los restos de comida y de bebida, y caminaron con rumbo a la playa, en el área conocida como Copacabana, casi en la desembocadura del canal de la Vía Rápida; ahí se establecieron, vieron los fuegos pirotécnicos y continuaron la fiesta, que no paró sino hasta las 4 o 5 de la madrugada, cuando volvieron a los colchones en el piso bajo puente, según cuentan.

El viernes su primera actividad fue ir a almorzar a la cocina de Doña Mari. Comenzaba no sólo un un nuevo día, sino un año nuevo y una década, nueva también, donde el único escenario que se perfila sigue siendo la calle.

Sin embargo, cuenta El Abuelo, los que viven bajo la Vía Rápida son, más que la regla, una excepción de lo que es vivir en la calle. “Nos la pasamos bien”, sintetiza, casi al mismo tiempo en que con su teléfono celular hace contacto con otra persona distante y le pregunta: “¿Y tú, qué tal te la pasaste”?.

http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2010/01/01/index.php?section=sociedad&article=008n1soc

viernes, 11 de diciembre de 2009

GatosPardos

Programa Gatos Pardos dedicado al libro Las Pausas Concretas del periodista y escritor Guerrerense Roberto Ramírez Bravo...
Claro, GatosPardos aquí y en Radio La Nva República http://radio.larnr.org

sábado, 5 de diciembre de 2009

Villoro: Las pausas concretas equiparable a Pedro Páramo

En el marco  de la FIL, realizada en Guadalajara y comparada como la mas grande en América, Roberto Ramírez Bravo  escritor guerrerense, presentó  su libro Las pausas concretas, una obra   la cual en palabras de  Juan Villoro es comparable a Pedro Páramo.

La situación de guerra sucia que ha enfrentado  Guerrero desde los 70´s   se hace poesía en esta obra literaria que reivindica la palabra, tal y cómo sentencia  Juan Villoro.

Déjamos el audio de las Pausas Concretas en voz de Juan Villoro





viernes, 4 de diciembre de 2009

Las pausas concretas, equiparable con Pedro Páramo: Juan Villoro

Ramírez Bravo nos da una lección de la fuerza política de la literatura, asegura

Las pausas concretas, equiparable con Pedro Páramo: Juan Villoro

En la presentación en la FIL, el pasado martes, destaca los distintos niveles de lectura de la obra

REDACCIÓN ( )

Guadalajara, 3 de diciembre. El escritor Juan Villoro ponderó la novela del guerrerense Roberto Ramírez Bravo, Las pausas concretas, como una obra equiparable a Pedro Páramo, del jalisciencie Juan Rulfo, y en un cierto sentido, con El Quijote de La Mancha, de Cervantes Saavedra.

Al presentar la obra en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), Villoro estableció ciertos paralelismos entre Pedro Páramo y Las pausas concretas pues, dijo, la primera es una novela de “desaparecidos y aparecidos” donde el protagonista, que la estaba contando en primera persona, muere “ahí por la página 70” pero la novela continúa pero ahora hablan las voces de todos, las ánimas.

En tanto, en Las pausas concretas el protagonista es alguien que “parece estar viviendo en un limbo, muerto en vida” pero al adentrarse en la lectura “uno tiene una sensación de extrañeza por decir ¿todas estas historias prodigiosas que se están mezclando, de dónde vienen, quién las está contando, cómo se produjeron?”.

Las pausas concretas se presentó el 1° de diciembre en el salón B del área internacional de la Expo Guadalajara en la Feria Internacional del Libro.

En su presentación, el autor de Llamadas de Amsterdan mencionó como un asunto destacado que la novela comienza narrando una realidad muy concreta con la vida de su personaje, Atalo Francisco, y la relación de éste con la protagonista, María Soledad, sin embargo, en la página 52 el lector descubre con asombro que todo lo que ha leído hasta ese momento no es sino una historia narrada por un grupo de escritores que en un taller literario en Acapulco construyen una novela colectiva.

“Ahí estamos en una incertidumbre que es muy interesante, porque es como la segunda parte del Quijote, donde los protagonistas comentan la primera parte”, señaló.

También hizo énfasis en el hecho de que la historia se mueva en dos tonos narrativos: por una parte, una “clave realista” al narrar con detalle la brutal represión política en Guerrero, desde el combate contrainsurgente de los setenta hasta la época actual, y por otro lado, un tono “desaforadamente imaginario” que trasciende esa realidad.

Agregó: “entonces esos dos elementos o dos tonos narrativos que combina Roberto, me parece que nos dan una lección de cuál debe ser la fuerza política de la literatura, y no lo digo en un sentido de ideologizar la literatura, sino en un sentido del valor como metáfora de la realidad que tiene la literatura”.

“Es –prosiguió Villoro– una novela riquísima, de muchos niveles de lectura que me ha dado mucho gusto leer y que yo creo que viene a situar en el mapa de la literatura mexicana a un novelista de alta ejecutoria, de enorme complejidad temática y que logra demostrar que la narrativa puede ser una forma de la poesía”.

Entre los asistentes se encontraba el coordinador de opinión de La Jornada, Luis Hernández Navarro. Al responder a los comentarios, Ramírez Bravo expresó que éstos “me estimulan y me comprometen” a proseguir en el trabajo literario. Con esta presentación concluyó una serie de presentaciones del libro que antes se presentó en la Feria Internacional del Libro del Zócalo de la Ciudad de México, en el Palacio de Bellas Artes y que comenzó en Acapulco en el Segundo Encuentro de Escritores del Pacífico.

http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2009/12/04/index.php?section=cultura&article=011n1cul

martes, 17 de noviembre de 2009

Sobre carne y fantasmas: Las pausas concretas

YURI HERRERA

Sobre carne y fantasmas: Las pausas concretas

A veces da la impresión de que las atrocidades que todos los días cometen los narcotraficantes han sido como un fuego purificador para nuestra memoria. Pareciera que la violencia empezó hace quince minutos, que antes no había sino paz social y ciudadanía. Sin embargo, desde antes de la explosión de esta “guerra contra las drogas” amplias zonas del país ya sufrían otras violencias. De la manera en que una de ellas ha marcado la vida de gente que no aparece en los periódicos es de lo que habla Roberto Ramírez Bravo en Las pausas concretas, de una violencia más vieja y menos espectacular pero que sigue ahí, normalizada, nunca discutida abiertamente: la violencia de Estado contra las comunidades que acusaba de ser parte de la guerrilla, y de la violencia contra la guerrilla que esa misma represión ha creado.

Cada día, activa o pasivamente, rendimos honores a ciertos hombres en armas cuyo legado ya ha sido procesado, sus nombres puestos en letras de tinta o de oro, sus historias fijadas con limpieza. Pero otros individuos que combatieron para conseguir los derechos democráticos de que hoy gozamos no merecen, ya no digamos nuestros honores, ni siquiera nuestra reflexión, porque lo hicieron a través de una lucha armada que no se ha querido reivindicar. El estado de Guerrero, como el de Chiapas, Hidalgo, Oaxaca, Michoacán, entre otros, ha sido escenario de un ejercicio despiadado del poder; pero no como un resabio de premodernidad, sino que ha sido una opresión plenamente moderna, tecnificada, administrada desde los aparatos del Estado y sepultada en el olvido por virtud de la propaganda y la conveniencia.

Aunque hubo quienes optaron voluntariamente por la lucha armada, y hubo quienes, como en toda guerra, se convirtieron en criminales (es el ejemplo del grupo de “Los enfermos”, en los años setenta en Sinaloa), los movimientos guerrilleros no pertenecen a la historia de la delincuencia organizada, sino a la de la resistencia ante la barbarie. En Las pausas concretas, un libro que asume su responsabilidad de prestar testimonio de una etapa de la historia del estado de Guerrero, vemos la disyuntiva recurrente de individuos y comunidades que, ante el hambre y el abuso, debían optar por emigrar o incorporarse a la lucha armada. Nos enteramos, casi como al paso de tan normal que se había vuelto, de las violaciones constantes que sufrían las mujeres de los pueblos indígenas, de cómo apenas cumplían doce años los niños ya se volvían sospechosos para el ejército, de ejecuciones públicas en las canchas de algunos poblados. Son tan terribles, que aún señalándolos con el dedo es casi imposible poner los hechos bajo la luz: en su descripción exacta, se vuelven inverosímiles. Ya había dicho José Revueltas, en su introducción a Los muros de agua que “lo terrible no es lo que imaginamos como tal: está siempre en lo más sencillo, en lo que tenemos más al alcance de la mano y en lo que vivimos con mayor angustia y que viene a ser incomunicable por dos razones: una, cierto pudor del sufrimiento para expresarse; otra, la inverosimilitud: que no sabremos demostrar que aquello sea espantosamente cierto”.

¿Cómo, pues, es posible hablar del horror? ¿Cómo lidiar con el vacío que deja tras de sí?

En Las pausas concretas, Roberto Ramírez Bravo ha optado por contar la historia de una pareja que se construye en medio de la vorágine violenta, sin restarle importancia a ésta pero colocando en el centro de la trama la capacidad de sus personajes para no renunciar a su dignidad a pesar del miedo. Atalo es un hombre derrotado por la vida, que a los 52 años, como los ciclos temporales prehispánicos, consigue rehacerse a sí mismo cuando se topa con María Soledad, la hija de un guerrillero legendario, que a su vez llega con su propio hijo. Juntos se convierten en un símbolo de resistencia, más que por lo que hagan, pues, como insisten una y otra vez, ellos no han hecho nada, por su voluntad de buscar su felicidad aun siendo perseguidos por el ejército.

María Soledad es una mujer extraña, que cuenta historias que aparentemente se hacen realidad. Éste es un elemento desconcertante en el libro, que junto a otras imágenes y escenas parecería un regreso al realismo mágico: una niebla transfiguradora, un ovni que aparece en La Montaña. Pero lo que en el realismo mágico eran fenómenos que no alteraban la vida sino que eran parte de la vida cotidiana, estas escenas son en Las pausas concretas una estrategia para lidiar con el horror. En este mundo, lo atemorizante no son las historias de aparecidos, sino las de los desaparecidos, y lo ominoso es articulado por medio de una fantasía que mueve a los personajes, los hace rebelarse y resistir.

Escribir de esta manera, en efecto, es una forma de resistencia: es no aceptar el horror como una historia sobre la que no se tiene poder alguno. Porque escribir, siempre, implica tomar decisiones éticas y estéticas. La realidad no se presenta ya desde siempre escrita de una forma que sólo espera ser trasladada al papel, sino que debe ser reconstruida y acentuada para poner de relieve aquello que se pierde en el realismo, esa palabra vieja y cómoda que a veces nos libera del trabajo que supone representar al mundo intencionadamente. Hacer literatura implica intervenir a la realidad desde una propuesta lingüística personal, no como un mero ejercicio de estilo, sino para hallarle nuevos sentidos a los acontecimientos; aún más, para construir otros acontecimientos, los que han sido desterrados de lo humano, los que no caben dentro de lo recordable.

Además de cumplir con la obligación de ser una historia bien contada, Las pausas concretas hace una afirmación que exige ser escuchada en una época en la que no parecemos entender cómo se nos jodió el país: la memoria no es un asunto del pasado, sino algo que nos constituye, una historia inscrita en nuestro cuerpo inclusive cuando intentemos olvidarnos de ella.

El autor tiene maestría en Creación Literaria por la Universidad de Texas en El Paso y es postulante a doctorado en Lengua y Literatura Hispana en la Universidad de California en Berkeley, y autor de las novelas Trabajos del reino, y Señales que precederán al fin del mundo।


http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2009/11/14/index.php?section=opinion&article=002a1pol


martes, 3 de noviembre de 2009

Comentarán "Las pausas concretas" de Roberto Ramírez Bravo

Comentarán "Las pausas concretas" de Roberto Ramírez Bravo
Cultura - Lunes 2 de noviembre (15:00 hrs.)


  • El libro aborda temas como la guerra contrainsurgente de los años 70
  • La presentación será el próximo miércoles en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes

El Financiero en línea

México, 2 de noviembre.- Una historia narrada a varias voces, desde diferentes perspectivas y tiempos, es la que presenta el escritor mexicano Roberto Ramírez Bravo, en su libro "Las pausas concretas", en el que aborda entre otros temas la guerra contrainsurgente de los años 70.

A presentarse el próximo miércoles en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes, la obra será comentada por Yuri Herrera, José Dimayuga y el propio autor, en un acto moderado por Gabriela Conde.

"Las pausas concretas" es un libro escrito con una prosa fluida y clara, que por momentos hace reflexiones filosóficas sobre lo que significa la muerte, el amor y la vida en general.

La primera parte del relato se cuenta en tercera persona y expresa cada detalle del ambiente en que se desenvuelven las peripecias de los protagonistas y sus allegados. Luego, los personajes cobran voz y se convierten en los narradores de sus propias aventuras.

Una característica importante de la obra, señala un comunicado, es el manejo de los tiempos: ocupa el pasado para contar la vida de cada actor del relato; narra el futuro de algunos de ellos para resolver varios enigmas que existen dentro del escrito, y utiliza el presente como base de toda la novela.

El quehacer del autor como periodista y escritor se observa al presentar "Las pausas concretas" como un juego de espejos entre grupos de escritores que crean una novela colectiva sobre uno de los personajes claves en este relato.

La obra cuenta la historia de Atalo Francisco, un acapulqueño maduro que no encuentra sentido a la vida: su esposa murió años atrás y sus hijos que residen en la ciudad nunca lo visitan.

En medio de este panorama y de una tarde lluviosa, María Soledad -la ahijada de la que apenas recuerda haber bautizado hace mucho tiempo-, llega a verlo con su hijo. La muchacha busca alojamiento y apoyo ya que su familia ha sido atacada por apoyar a los insurgentes de la región.

El protagonista encuentra un motivo para existir y tiene una nueva familia a quien cuidar. Al principio, sus vidas están llenas de bonanzas.

No obstante, María Soledad comienza a tener problemas con el pueblo y las autoridades de éste, pues relata cuentos fantásticos que, con el paso del tiempo, se hacen realidad: la existencia de una niebla que impide el trabajo en la región, el inicio de una serie de represiones y la caída de un ovni.

De una manera acertada, Ramírez combina la fantasía y la realidad, pasando por reflexiones de la vida, que hacen que el lector desee seguir la lectura de cada renglón del texto। (Con información de Notimex/TPC)





miércoles, 28 de octubre de 2009

Desvíos y robos en gestión de Marroquín en Semarnat, acusan

Entregan pruebas a oficinas centrales; aplicarán revisión a su periodo en oficina

Desvíos y robos en gestión de Marroquín en Semarnat, acusan

Compras indebidas, desaparición de equipo y asignación de muebles a particulares, las fallas

ROBERTO RAMÍREZ BRAVO ( )

Durante el año y medio que Alberto Marroquín Espinoza fungió como encargado de despacho en la delegación de Semarnat, hubo desvíos de recursos en la asignación de mobiliario de la dependencia a casas particulres, expedición de recetas médicas apócrifas, compras de muebles sin justificación, desaparición de equipo videográfico, topográfico y geoposicionador.

Los datos están contenidos en un paquete de documentos que el 8 de octubre fue entregado por empleados de la delegación a la coordinadora de delegaciones, Cecilia Laviada Hernández. A raíz de ello, la contraloría interna advirtió que aplicaría desde esta semana una auditoría al período que Marroquín estuvo al frente.

Los problemas comenzaron el mismo 18 de agosto en que se llevó a cabo la entrega-recepción de la oficina delegacional. En el oficio DFG/0D/41/2009, el 1 de septiembre pasado, el delegado Daniel Vega Villanueva solicitó por primera vez a Marroquín –quien tras el nombramiento del delegado se convirtió en subdelegado de Administración e Inovación– aclarar una serie de inconsistencias que aparecían en el acta levantada.

Entre otros puntos, el funcionario señaló la falta de documentación probatoria de los pasivos de proveedores, a gastos revolventes sin comprobación alguna, relación de vales de gasolina incompletos. Específicamente, estableció Vega Villanueva, el inventario “presenta irregularidades tales como de asignación, lugar físico y resguardo respectivo”.

Un ejemplo es que al 18 de agosto, la delegación todavía estaba esperando recibir mobiliario de oficina que había sido comprado el 12 de diciembre del año anterior, y los 34 vehículos de la delegación no fueron presentados para su inventario y verificación.

En este documento del 1 de septiembre, el delegado demandó una explicación a Marroquín Espinoza por que los estados financieros, muebles, inmuebles, recursos materiales y humanos, parque vehicular y las propias instalaciones de las oficinas de la delegación no están soportados documentalmente.

Fue hasta septiembre, ya en esta administración, cuando la delegación empezó a recibir los muebles adquiridos el año anterior. En un acta circunstanciada del 11 de ese mes, el jefe de la unidad de Restauración y Aprovechamiento de Recursos Naturales, Noel Cruz González, relató que dos días antes, a las 11 de la noche, Marroquín Espinoza le llamó por teléfono para decirle que llegaría una camioneta con dichos enseres, y que en efecto ésta llegó, pero la carga venía incompleta.

En otra acta, levantada el 8 de septiembre, en la búsqueda de dos equipo de aire acondicionados seminuevos que estaban desaparecidos, Lucas Nandi Castro, vigilante de la bodega de la Semarnat, declaró que éstos “aparecieron” en su lugar porque a principios de julio por Francisco Flores Tapia y Félix Cristino Avila, quienes son los responsables de dicha bodega.

Las recetas apócrifas

El 17 de diciembre de 2008, el director de la clínima médica familiar del ISSSTE en Acapulco, Jesús Anselmo Abarca Escobar, dirigió el oficio 306/17/12/08 a Marroquín Espinoza, cuando éste era encargado del despacho en la delegación, en el que le informó la existencia de 43 recetas médicas que algunos trabajadores habían hecho pasar como auténticas.

Dichas constancias –dejó asentado Abarca Escobar– “no coinciden con los formatos y los sellos que la clínica utiliza para el otorgamiento del mismo”. Los comprobantes habían sido presentados –según consta en el oficio 080688 de la Semarnat, elaborado por Marroquín Espinoza y dirigido al funcionario del Issste– por los trabajadores Elizabeth Bautista Hernández (quien presentó 14), Gerardo Ramírez Lucas (que presentó 15), Eliza Izazaga Cadena (con nueve), Javier Girón Martínez con cuatro, y María del Rosario Prieto Ascencio, Sandra Bustos Guerrero y Milka Correa Robles, de una cada uno. De todos, según el funcionario del ISSSTE, sólo Milka Correa presentó documentación auténtica.

Este caso generó una confrontación epistolar entre el subdelegado y el jefe de la unidad Jurídica, Sergio Hernández Martínez. El 3 de agosto –a unos días de entregar el cargo de encargado de despacho– Marroquín envió el oficio 090527 al entonces titular de esa unidad y le pidió proceder legalmente porque “son apróquifos (sic)”. Luego, ya en la nueva administración, ahora como subdelegado, el 3 de septiembre, envió el oficio 090608 a Hernández Martínez con el mismo asunto para pedir “me informe de las gestiones realizadas al respecto”.

Hernández Martínez le respondió con el oficio DFG/UJ/193/2009 donde le aclara que “su actuación en el referido tema puede llegar a presuponer un incumplimiento de sus obligaciones como funcionario público” ya que Marroquín supo que las recetas eran apócrifas desde el 17 de diciembre de 2008।



El tema de las recetas generó la intervención del sindicato en favor del subdelegado। En declaraciones a la prensa local, el dirigente sindical Rodolfo Covarrubias Escalante acusó a Hernández Martínez de adjudicarse funciones que no le corresponden, y dijo haber pedido al delegado la destitución del funcionario.http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2009/10/27/index.php?section=politica&article=003n1pol







martes, 8 de septiembre de 2009

De pausas y de guerras

JUDITH SOLÍS TÉLLEZ*

De pausas y de guerras

Una temática recurrente que se asoma en los libros de estos lares es la guerra sucia. Recordemos que en Guerrero unos 600 desaparecidos a raíz de la violencia ejercida por el Estado en la década 1960-1970. En la literatura guerrerense comienza expresarse el duelo de la memoria colectiva, la amargura por desconocer lo ocurrido con los seres amados desaparecidos, la violencia de un tiempo que truncó numerosas familias, diversas posibilidades de vida.

Los ecos de la guerra sucia se expanden en la literatura guerrerense. Desde la referencia obligada a Guerra en el paraíso (1991), en donde Carlos Montemayor novela magistralmente las guerrillas rurales de Genaro Vázquez y de Lucio Cabañas. El trauma colectivo –consecuencia de la guerra sucia transcurrida– ha empezado a expresarse en los diversos géneros y desde variados puntos de vista.

En el género dramático Felipe Galván escribió la obra de teatro El amigo Miguel. En la narrativa Baloy Mayo trata esta temática en algunos relatos de Insolación en el trópico (2000); Enrique González Ruiz relata la “biografía no autorizada de Acosta Chaparro” en Dos cuentos de la guerra sucia (2004). En el libro de relatos Tempestades (UAG, 2005), Enrique Galeana Laurel recrea diversos aspectos de lo ocurrido en Atoyac: desde el inicio de los conflictos escolares que desembocaron en el mitin del 18 de mayo de 1967, cuando el profesor Lucio Cabañas se ve obligado a escapar a la sierra e iniciar su movimiento armado. Incluye, asimismo, una lista de los desaparecidos.

Arturo Martínez Reyes escribe el poema Perdidos en la guerrilla: “Madres, con gotas del alma/ huelen la sonrisa,/ esperan de sus vástagos, la silueta o los huesos (La piel se retuerce en el tiempo, taller Alebrije, 2004 p.44). El dolor por la ausencia del padre desaparecido se manifiesta en dos textos: Voces acalladas, vidas truncadas. Perfil biográfico de Rosendo Radilla Pacheco, UAG, 2002, de Andrea Radilla; y el drama poético No es el viento que disfrazado viene (Ayuntamiento de Acapulco, 2004), de Jesús Bartolo.

También Roberto Ramírez Bravo trata esta temática en su libro Hace tanto tiempo que salimos de casa (Conaculta, IGC, 2005) en el cuento Soldado en donde da la versión desde un narrador-personaje, miembro del Ejército: “Yo lo maté, padre. No me había hecho nada. No violó a mi mujer ni asesinó a mis hermanos, ni tiró mi troje, ni incendió mi pueblo... Decirle que fueron órdenes no sería exacto. Sí nos mandaron a acabar con los guerrilleros”.

Ahora Roberto Ramírez Bravo continúa con esta temática en su primera novela Las pausas concretas (Editorial Praxis, 2009), en donde entreteje a través de diversas voces narrativas el pasado y el presente de la guerra sucia. Los diversos movimientos guerrilleros aparecen encadenados a través de personajes de diversas generaciones: el abuelo, la hija, el nieto. Predomina el narrador omnisciente en tercera persona que asume la conciencia de los diversos personajes: Atalo Francisco Pineda del Rosario y María Soledad, Martincito, Alicia, los participantes del taller literario de Acapulco, Martín Terrones y otros más. Hay asimismo uso de la primera persona por medio de los apuntes del cuaderno de María Soledad y en el monólogo interior de Martincito.

Otras voces se escuchan por medio de la novela en la que integrantes del taller literario van escribiendo de manera conjunta la historia de Atalo Francisco y María Soledad.

Atalo Francisco Pineda es una especie de Quijote moderno, cincuentón, pobre, viudo, lejos de sus hijos; aunque a diferencia de don Alfonso Quijano, no quiere emprender aventuras ni enderezar tuertos, lo único que quiere es morirse de una buena vez.

Lo onírico ocupa un lugar destacado, el sueño que se confunde con la realidad. A través de la niebla que invade su casa, su pueblo, el puerto, se simboliza esa pausa en donde se detiene la vida anterior de vivo-muerto del personaje solitario que añora con desesperación a su mujer muerta, a un vivo que teme vivir intensamente el amor entre la persecución y la huida con la magia de las historias de María Soledad que los conducirán hasta una nueva y última pausa, la de la muerte.

La magia de la vida cotidiana en donde se da la búsqueda del niño saurín nacido con la cabeza grande (p.72), los conejos que se multiplican con la llegada de María Soledad y las mariposas de mil colores que revolotean alrededor de la casa del protagonista. La magia de las historias que cuenta María Soledad con las que cautiva a la gente que asiste en multitud a escucharla y que posteriormente la hace sufrir de persecución, ya que esas reuniones son sospechosas para el ejército, sobre todo porque la que reúne a tanta gente es la hija de un luchador social.

La historia está enmarcada por el suceso extraordinario de un ovni que aterriza en San Marcos y al que sólo la música que toca un niño puede abrir.

Hay una mirada irónica respecto a los soldados que pareciera pueden tratar de la misma manera a los extraterrestres que a los guerrilleros, buscándolos, golpeando a la gente del pueblo para lograr información.

La novela está dividida en tres partes: la primera nos da la imagen de derrota de Atalo Francisco, sus ideas del suicidio. Personaje solo, viudo con sus hijos lejos. Empleado bibliotecario. Los días de lluvia parecen tener un significado especial: en un día de lluvia conoció a quien sería su esposa; en un día de lluvia había nacido su hija y en un día de lluvias otra de sus hijas se había escapado con el novio. La llegada de María Soledad al Pedregoso y el aterrizaje de un ovni en San Marcos. Llueve ese día, también, aparentemente sin sorpresas. La magia de la vida cotidiana, aún cuando la vida parezca una rutina sin sorpresas.

En la segunda parte trata sobre Alicia, que estaba enamorada platónicamente de Atalo y cómo la magia de su risa-gemido-grito de placer cuando está por primera vez en los brazos de un hombre logra que el ovni pueda cerrar su puerta y emprender el vuelo. En la tercera parte presenciamos la huida hacia la montaña de Atalo, María Soledad ya como marido y mujer. María Soledad que pierde su capacidad de contar historias cuando se las cuenta a José Saramago, quien aparece aquí como un personaje que busca ayudarla a escapar de la persecución, pero es curada por los chaneques que le piden que cuente su historia. Martincito, con la ayuda del doctor Bertoldo, logrará huir a Francia.

Esta novela se desarrolla en Acapulco, en algunos lugares ubicables en el zócalo: la biblioteca en donde trabaja el personaje principal; el café donde se reúnen los escritores acapulqueños quienes aparentemente escriben la novela, pero que a su vez son imaginados por María Soledad; el malecón, el mar, los pueblos El Pedregoso y San Marcos.

El caminar, la búsqueda son los motivos de sus varias narraciones. El buscarse a sí mismo y no encontrarse y perderse en el alcohol o en la locura (El, Soledad, Sólo cantaba el mar, cuento de Hace tanto tiempo que salimos de casa). También la época del rey Lopitos y la política represiva contra los periodistas en Sólo cantaba el mar. Los cuentos nos cuentan otras épocas y como reflejo nos sitúan en ésta.

Roberto Ramírez Bravo nos introduce así en su mundo narrativo: con ironía y malicia, y contemplamos nuestro país con sus políticas y corruptelas, lejos del tremendismo y de la búsqueda de un mensaje, con la mirada incisiva que lo mismo descubre el valemadrismo en el que concluyen las investigaciones policiales, como las diversas perspectivas de la guerra sucia. n

* Profesora-investigadora de la Unidad de Filosofía y Letras de la UAG, doctora en Literatura por la UAM।


*Roberto Ramírez Bravo presentará Las Pausas Concretas en la Cd de México éste jueves 10 de Septiembre en la Casa Guerrero ubicada en la delegación Coyoacán


http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2009/09/06/index.php?section=opinion&article=002a1soc

sábado, 22 de agosto de 2009

La protección del Cielo por Roberto Ramírez Bravo, relato de su libro Sólo es real la niebla


Para los exiliados 
de la memoria 


Era cierto: si hubieran publicado un anuncio en los periódicos buscándose, nunca se hubieran encontrado.
El habría escrito: “Busco muchacha bonita, con estudios mínimos de preparatoria y con una fuerte decisión de llegar lejos en la vida. Que sea sincera, dispuesta a vivir en la ciudad de México, y que le guste la nieve de limón”.
Ella hubiera dicho: “Busco muchacho con buenas intenciones: si es chofer de autobús o albañil no importa, pero que sea atento y no golpee a su mujer. Que quiera compartir una vida llena de aventuras, aunque esté loco, y aunque no tenga nada que ofrecer para el futuro”.
Pero fuera el destino o la suerte o alguna otra cosa, llegaron juntos al lugar equivocado, en el momento menos previsto. Octavio Malacate no tenía nada que hacer ese rato en la calle Matamoros ni ninguna razón válida para detenerse frente a esa farmacia. Llevaba dos días viviendo, por así decirlo, en casa de sus primos, en Caleta, a donde había hecho una escala en su largo viaje de reconocimiento por el sur y el sudeste del país, iniciado dos meses atrás. Todo estuvo bien: fue con ellos a la disco la primer noche, y terminaron viendo el amanecer en la playa, acompañados de dos muchachas que conocieron en ese mismo lugar. Pero al segundo día, cuando iban de compras, se les ponchó una llanta y sin un plan los tres amigos caminaron hacia el mercado El Parazal en busca de un taller mecánico. Mientras Javier y Alfredo se encargaban del problema, él se encaminó a comprar unos cigarros y se topó cara a cara con los cabellos rizados y los dientes grandes de María del Mar, que sonreían. Ella vivía en Xaltianguis, una población ubicada al norte de Acapulco, y no tenía nada que ver con esa farmacia, pero como su prima Elizabeth Salinas, que sí trabajaba ahí, enfermó ese día, se ofreció para sustituirla por esa única ocasión.
Así que, sin proponérselo, el chilango y la campesina se pusieron a platicar, ajenos al hecho de que apenas un día antes el encuentro entre ambos era absolutamente improbable. Cuando 15 minutos después se despidieron, ya eran grandes amigos: ella sabía que él acababa de terminar sus estudios de Contaduría en el Politécnico y recorría el país para dedicarse después a construir su vida, casarse y formar su propia familia. Él se fue sabiendo que ella no había terminado la secundaria, que le gustaba ir los fines de semana a los bailes con sus primas y que a veces trabajaba cuidando niños o como vendedora en los locales de ropa del mercado, y que vivía con sus tres hermanas y su madre.
Ella notó que a través del cristal del mostrador, él le miraba las piernas, ajustadas por el uniforme ajeno que le quedaba corto, y supo que el único interés que le despertó fue de tipo sexual; él creyó ver en esa sonrisa y esa plática una intención de conquista. Se sabía -o al menos se creía- guapo, con futuro, y sintió seguro un triunfo ocasional. A dos metros de ellos, un vendedor de casetes tocaba cumbias y corridos en la grabadora, y en la banqueta los puestos de madera exhibían las manzanas amarillas y mangos sobre los que se arrastraban las moscas.
Por la noche, Octavio estaba arrepentido de haberle prometido que pasaría por ella para ir juntos a bailar. El quería ir a la zona de la Condesa, escuchar música rock, rock en español, oír a los grupos que lo apasionaban o bailar las canciones en inglés y emborracharse otra vez hasta el amanecer antes de partir hacia la región de La Montaña, donde le habían dicho que existían todavía comunidades indígenas en condiciones similares a los tiempos de la Conquista, pero no estaba dentro de sus planes perder el tiempo en una plática con alguien a quien no conocía y a quien quizás no volvería a ver. Sin embargo, por alguna razón que no advirtió con oportunidad, estuvo pensando en María del Mar más tiempo del que le había dedicado a todas sus conquistas anteriores, aunque ella también pensó en él y en la estupidez de haber concertado la cita. ¿A dónde ir, se preguntó ella, con alguien que sólo viene de paso? ¿Qué podría esperar de ese encuentro, tan fortuito como sin futuro? No acudiría, decidió. El también decidió lo mismo.
Pero a las ocho de la noche, estaban los dos mirándose en el espejo, recién bañados y perfumados, arreglando su peinado, vigilando el aliento de sus bocas, preparándose para correr al encuentro. Fue una decisión poco afortunada, porque no lograron ponerse de acuerdo. Él quería rock, y se puso a hablar de sus grupos consentidos, de la acústica de la guitarra eléctrica, de los sonidos frente al mar, de oír la música como quien contempla un paisaje; preguntaba por los lugares donde tocan los grupos en vivo, donde la gente viste ropa oscura y se pinta la cara. Ella pareció interesada en el tema, pero luego se puso a hablar de la otra música, de la que oía la gente común, de la que no sólo se escucha, dijo, sino también se baila, de la cueva a donde encontraría el mejor ritmo de la noche, porque ahí iban, y seguramente estarían ya, sus amigas.
Al final, terminaron por comprarse un paquete de cervezas de bote y caminar por la playa. Con los zapatos en la mano, dejaron que una lengua de mar mojara sus pies. Él quiso contarle su vida en el Distrito Federal, hablarle de los escribanos de la plaza de Santo Domingo y del paseo entre los mercaderes del Correo Mayor, o de la noche en que estaban construyendo la línea del metro, en Azcapotzalco, y al volver de la escuela se encontró con dos fantasmas que le ofrecieron remedios milagrosos para los males de amor, y que de repente se transformaron en seres mágicos y se fueron volando. Ella también le habló de los milagros que ocurrían en su pueblo, de la mujer que se le aparece por la noche a los taxistas y que se esfuma al llegar a la ciudad, o de los niños que surgen en los pozos de agua y espantan a los caminantes en la madrugada, y de la virgen, que aparece dibujada en las arrugas de los árboles o en los deslaves de los muros.
Del futuro hablaron después de atravesar la avenida para comprar el segundo paquete de cervezas. Él quería ser escritor, pero como sus padres lo amenazaron con dejarlo morir de hambre, se dedicó a estudiar contabilidad, y las clases de literatura que no tomó en la escuela, las bebió de los suplementos culturales de los periódicos y de las revistas literarias. Caminando sin proponérselo llegaron a la Condesa, y en un parpadeo estaban ya sentados en una barra oyendo música y bebiendo.
Ella le contó que había querido ser enfermera, pero no había ninguna posibilidad de asistir a la escuela pues tenía que trabajar. Su padre había muerto cuando su hermana más pequeña estaba recién nacida y la carga de la familia recayó en sus hombros, pues era la mayor.
—¿Crees en Dios? –preguntó él.
—A veces. Voy a misa cuando hay bodas, y me confieso. ¿Y tú?
—No sé. Antes yo era muy devoto, pero cuando crecí y vi que el mundo estaba tan lejos de la idea de Dios, tan como abandonado, tan como sin luz, caí en un pozo. Ahora no sé si todo lo que nos decían en el catecismo era verdad: ¿y si no hay nada después de esta vida? ¿Y si al morir nos damos cuenta de que nada tuvo sentido, ni el ahora ni el después, ni un mañana que jamás vendrá? ¿Y si tiene razón Octavio Paz y lo único real es la niebla? Ahora soy devoto de la literatura, que es mi único dios. O eso creo. Digo: creo, porque no hay nada más terrible que no creer en nada.
María del Mar guardó silencio, luego preguntó. “¿Pero eso exactamente qué es? ¿Lees o escribes, o qué quieres decir con literatura?”. Octavio se quedó perplejo. Vaya con la niña, qué pregunta tan estúpida, pensó, pero no supo responder. “Leo - dijo-, y a veces escribo”. Por lo menos, pensó, había leído completo el Compendio de Literatura Universal, de Francisco Montes de Oca, y fragmentos de las principales obras de William Shakespeare, y El Principito, de Antonie de Saint Exupéry, y libros más famosos como las novelas de Gabriel García Márquez y algunas de Mario Vargas Llosa. Le había apasionado La Guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín, y estaba por terminar de leer una novela que se llamaba El Cielo Protector, de Paul Bowles, en la que se había inspirado para realizar este viaje por la república antes de sentar cabeza, como dice su madre.
—Cuando yo era niña leía Miniaventuras, y Lágrimas y Risas.
—Yo también, pero además leía a Kalimán. Claro, yo era Solín, su compañero, y mi hermano mayor era Kalimán.
Después fueron al Navy´o, en la avenida Cuauhtémoc y bailaron cumbias. Ahora hablaron del amor y se besaron.
—El amor no existe -dijo él-. Son sólo reflejos hormonales: hoy puedes estar aquí, sentir que me quieres, pero de repente te darás cuenta de que el hombre que querías no era el que merecías, y me odiarás. Te habré defraudado por el solo hecho de no ser como creíste. ¿O tú por qué te imaginas que terminan los noviazgos o los matrimonios? Siempre hay una causa, pero la única causa verdadera es que se acabó el encanto. O bien puedes sentir dolor por el hombre que te abandona, creer que mueres, saber que vas a morir, pero después te acostumbras a tanto sufrimiento, y luego dejas de sentir, y al final te preguntas por qué te sentías tan mal cuando no había para ello ninguna razón.
—Estás loco.
—No, por desgracia todo pasa: los novios que tuviste, la escuela que dejaste, los amigos que te acompañaron el año pasado. Los muertos, ¿dónde están? ¿Tú y yo dónde estaremos mañana? Los que somos hoy, ahorita, en este instante, ya no seremos mañana. Los recuerdos no existen. ¿Dónde está la niña que fue a la primaria en tu pueblo y que se llamaba como tú, pero que tenía los pechos planos y los cabellos enmarañados? ¿Dónde estará la que hoy está conmigo cuando tengas tus hijos y te acuerdes de esta noche? No, María del Mar, no somos nada, y eso es lo más triste de todo. Hace unos días lloraba por mi hermano muerto, y hoy no siento nada. ¿Qué es peor, el llanto que nos derriba, o el olvido que nos borra?
En el K´Os, el ambiente estaba en su apogeo en la madrugada, pero ellos ya andaban dando tumbos por la vida. Un futuro lejano -“el futuro no existe”, había dicho Octavio- se le perfilaba entre las brumas de los autobuses del Distrito Federal, entre los edificios dañados por el terremoto, entre las aglomeraciones del metro. Un futuro entre nieblas, un matrimonio por necesidad, una suave estabilidad sin forma, unos hijos que crecerían y se irían, una mujer que despertaría a su lado, un trabajo al que habría que asistir siempre, para siempre, desde siempre, una vida larga, sin reparos, sin angustias, sin salida.
—Yo no me casaría contigo -dijo María del Mar.
—Yo tampoco me casaría conmigo. ¿Crees que estoy loco?
Ninguno de los dos pudo recordar con exactitud qué había pasado desde entonces, pero cuando despertaron estaban tirados con la ropa puesta, en la cama de un hotel, y la luz que entró por la ventana les lastimó los ojos. En el pequeño buró estaba deshojado un periódico del día anterior que alguna pareja había olvidado, y en sus páginas principales destacaba la noticia de que había estallado la crisis económica más fuerte del siglo por la cual los niños que nacieran durante los próximos cien años estaban condenados de antemano a pagar una deuda inconmensurable contratada por el gobierno de la república con países extranjeros. En otra parte se leían los daños causados por el huracán en la costa del Pacífico, y por la sequía en las provincias del norte, y más adelante los relatos cotidianos: el niño que asesinó a sus cuatro compañeros en la escuela en Estados Unidos, el secuestro y asesinato de un empresario de Monterrey, la matanza de campesinos en Chiapas y Guerrero, y la boda de lujo del hijo del presidente de la república.
María del mar lo miró entonces indefenso, sin su falsa erudición, sin ningún futuro, sin presente y sin nombre propio, desaliñado por la borrachera.
—¿Encontrarás en La Montaña lo que buscas? -le preguntó.
Él no supo qué responder. Desde la ventana vio un cielo inmenso y brillante que le revivió el miedo que llevaba encima desde que vislumbró su futuro ordinario, y sintió el pánico por el día que empieza al alba y se pierde con el crepúsculo sin ninguna novedad.
—Déjame ir contigo, me gustaría conocer esos pueblos -dijo María del Mar. Luego explicó: “si no es ahora, nunca los voy a visitar”.
A las diez de la mañana desayunaron en una fonda del mercado El Parazal, y ella cruzó la calle para pedirle a su prima que avisara a su familia. Luego, a pleno mediodía, en un autobús tomaron el largo camino que lleva a la Costa Chica, sin ropas ni provisiones de ningún tipo. A las cuatro de la tarde llegaron a Ometepec, de donde subirían hasta Xochistlahuaca, cruzarían por Metlatónoc, y en dos días estarían en Tlapa, y volverían por Chilapa a la capital del estado.
—¿Y después?
—El después no existe. Sólo tenemos este día.
Cuando llegaron a Xochis, Octavio se apoyó en ella al bajar de la camioneta de redilas en que hicieron el viaje, y se quedó deslumbrado por la vista del pueblo: en el poyo de la plaza, perfectamente cuadrada, numerosos indígenas amuzgos vestidos todos de blanco, con calzón y camisa de manga larga, esperaban ver caer la noche, sin ruidos, casi sin movimientos. Después de conseguir alojamiento en el edificio de la comisaría, se unieron a ese momento de expectación, pero no en el muro bajo, sino recargados en la parte frontal de la camioneta de pasajeros con una taza de café entre las manos, y desde ahí vieron caer la oscuridad y salir a las estrellas. El cielo era inmenso, y no parecía ser el mismo que él había visto en Acapulco, ni el espacio plomizo de la ciudad de México, ni el deslumbrante de Ciudad del Carmen. Aquí lo abarcaba todo, construía su propio ámbito infinito y milenario, con el aroma que arrancaba a las plantas, y con el frío del viento y el canto de los grillos. Quizás por eso todos le rendían culto en silencio.
—¿Ya sabes lo que haremos mañana? -preguntó María del Mar.
—El día de mañana no existe -dijo él-... pero sería hermoso verlo.
Encima de sus cabezas brillaban las estrellas, y a lo lejos, entre las montañas, algunas luces parpadeaban, tenues, frías, solitarias.




El presente relato forma parte del libro Sólo es real la niebla, editado por Sagitario, en 1999

Roberto Ramírez  es escritor y periodista Guerrerense  y presentará éste  28 de  agosto  su nuevo libro  "Las  Pausas  Concretas"  en  la Casona de Juárez,  en  el  centro de Acapulco a las  7 pm, dentro del encuentro"Escritores del Pacifico".

sábado, 6 de junio de 2009

Las pausas concretas

Roberto Ramírez Bravo presenta en su libro más reciente, Las pausas concretas –a punto de salir a la circulación con el sello de editorial Praxis–, una novela de amor en medio del horror de una persecución política y militar, parte de la historia reciente del sur del país. Con autorización de la editorial y su autor, La Jornada Guerrero presenta un adelanto para sus lectores, donde se narra una versión libre de la matanza de El Charco
La pausas concretas

ROBERTO RAMIREZ BRAVO 

Narciso Santiago Mendoza despertó a las once de la noche con sobresalto. Los había oído: era claro el ruido de motor de varios vehículos potentes, y los pasos de más de cien botas militares al diseminarse por la montaña.

O no: más bien los había soñado. Después se sabría que los soldados habían dejado los vehículos en la comunidad de Tepuente, a varios kilómetros de distancia, y habían hecho el camino a pie hasta El Charco.

Pero Narciso Santiago sintió sus movimientos desde las once de la noche y no pudo volver a dormirse. No sabía qué hacer. ¿Debía ir a la escuela y avisarle a la gente dormida ahí de la existencia de un peligro grave? ¿Pero cómo les explicaría? ¿Qué razón podría dar él de qué tipo de vehículo y qué tipo de personas eran las que había detectado?

No hizo nada. Esperó. No supo a qué hora de la madrugada escuchó los gritos.

–¡Sálganse, perros muertos de hambre!

Y al poco rato:

–¡Sálganse, putos!

Apenas entendía lo que decían, porque su español era muy deficiente. Monolingüe, como la mayor parte de sus vecinos y su familia, sólo podía comunicarse en mixteco, aunque identificaba algunas palabras de español.

En la escuela primaria –apenas dos aulas y una cancha, ubicadas en la pendiente de la montaña- dormían indígenas de varios pueblos aledaños que al día siguiente pensaban participar en una asamblea general comunitaria. Los de El Charco dormían en sus casas, sólo los visitantes ocupaban la escuela, con todo y sus hijos.

Después de los gritos empezaron los balazos. Las ráfagas de metralla se impactaban con las paredes de los salones de clases, ubicados casi a la intemperie pues las ventanas eran sólo un hueco rectangular que recorría toda la construcción a lo largo.

Desde su lugar privilegiado, pues era vecino de la escuela, Narciso Santiago veía la escena con claridad cuando la luz de los disparos se lo permitía. Alcanzó a ver a los niños tirados en el piso, a los demás campesinos protegerlos y a los hombres de afuera disparar de modo intermitente.

Según el parte oficial, la balacera se mantuvo desde las cuatro de la madrugada hasta las once de la mañana, sin embargo, a él le pareció que duró una eternidad.

De los salones provenían gritos de vez en cuando: “¡No disparen, no estamos armados!”.

Narciso Santiago vio a su compadre Honorio García Lorenzo cuando, en la histeria total, abrió la puerta del salón de clases y salió al patio de la escuela y, corriendo, se fue a hincar con las manos extendidas. Dijo en lengua mepha'a: “perdónennos, nosotros no tenemos armas, no tiren”.

Pero nadie lo perdonó. Una ráfaga terminó su suplicio.

Adentro del salón otro campesino hizo un movimiento inútil apenas salió Honorio García, para cerrar la puerta que aquél había dejado abierta e impedir el acceso de los militares al salón. Una bala atravesó los tabiques de la pared. El rastro de su sangre quedó señalado a partir del orificio, y se deslizó lento por el muro, dejando una estela temblorosa hasta el suelo, donde la silueta de su cuerpo quedó marcada con un rojo brillante.

Narciso Santiago escuchó el llanto de los niños en la escuela y se apretó contra sus propios hijos, que estaban espantados y lloraban, también tirados en el piso. Luego se preguntó en mepha'a: “¿por qué no termina todo esto?”.

Cuando amaneció, el tiroteo era ya más espaciado. Sólo entonces los militares entraron a la escuela. Pero Narciso Santiago no pudo verlo, porque como culebra por el monte, con sus hijos pequeños y su mujer, se había escapado rumbo a la parte alta de la montaña. Por la barranca habían llegado los militares y habían sitiado la escuela, donde después dirían que había un cónclave guerrillero. Por eso él y su prole tomaron el rumbo de la montaña y en cuanto pudieron, junto con varias familias de aquel poblado, empezaron el desplazamiento de cinco horas hacia la ciudad de Ayutla.

En la cancha el general daba las órdenes desde uno de los vehículos tipo hummer estacionados en esa área. En la calle junto a la escuela se colocaron tanques de guerra, mientras el cielo se ennegreció con los helicópteros militares.

–¡Ahora sí, guerrilleros de mierda, van a ver lo que es bueno! –dijo el soldado que abrió de una patada la puerta del primer salón de clases.

Todo el pizarrón estaba lleno de agujeros, y en el suelo muchos cuerpos ensangrentados estaban tirados, unos para protegerse y otros porque estaban muertos. El soldado escogió a cuatro hombres: Mario Chávez García, Daniel Crisóforo Jiménez, Manuel Francisco Prisciliano y Fernando Félix Guadalupe, y les ordenó que se dirigieran a la cancha, donde ya había vehículos jeep y camionetas de redilas del ejército.

Ahí les ordenó que se hincaran, uno junto al otro. Luego, sin decir palabra, les disparó en la cabeza. Cuando apilaron todos los cadáveres en la cancha, once en total, el militar ordenó a unos de sus compañeros que los vistieran y éstos les colocaron paliacates en el rostro y les quitaron los guaraches para calzarles botas tipo militar, nuevecitas, sin rastros de haber pisado nunca el lodo de ninguna montaña.

Todos los muertos tuvieron el mismo tratamiento. A los que llevaban calzón de manta, la vestimenta indígena tradicional, les colocaron pantalones de mezclilla, pero los operadores no cuidaban de vestirlos bien y los dejaban con la bragueta abierta y el cinturón sin abrochar. No importaba: ya vestían el uniforme guerrillero.

Los heridos fueron llevados en helicópteros al hospital militar en Acapulco, y los que no estaban muertos ni heridos, fueron llevados al cuartel militar y luego a la cárcel. Hubo otros cadáveres que no fueron mostrados a los periodistas que empezaron a llegar al lugar después del mediodía: eran los niños. Uno de ellos, bebé de un año aproximadamente, dejó, como único testimonio de su presencia en ese lugar, un guarachito sin su par y un biberón manchado de sangre.

El resultado de esa noche fue de 22 personas detenidas, cinco niños entre ellos, y once muertos y cinco heridos. Ningún soldado recibió ni siquiera un rasguño. Según el parte oficial, en la escuela había guerrilleros que atacaron al ejército cuyos batallones por casualidad hacían un recorrido nocturno en las montañas de la región indígena.

Cuando los periodistas llegaron al lugar, pasado ya el mediodía, el general se dirigió a uno de ellos que era su amigo, lo llevó aparte y le narró en exclusiva lo que había sucedido.

–¡Qué heroísmo de los guerrilleros, qué valor –le dijo–: aunque ya estaban derrotados, no se rendían y seguían disparando! ¡Qué heroísmo, qué valor!.

http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2009/06/06/index.php?section=sociedad&article=012n1soc

sábado, 20 de diciembre de 2008

CORRILLOS

CORRILLOS

¿Desaparición forzada?

A pocos días de que concluya la actual administración de Petatlán, que encabeza el ¿perredista? Antonio Armenta Miralrío, dos motonetas destinada a hacer recorridos por la Barra de Potosí, propiedad de la comuna, desaparecieron de manera misteriosa. Nadie sabe de ellas y tampoco se conoce que hayan sido víctimas de un robo o de algún accidente que las haya sacado de la circulación. El comisario Juan Manuel Bello Benítez, responsable de la asignación de dichos vehículos, ha guardado un extraño silencio ante la desapareción de las motonetas y, cuando se le pregunta por ellas, contesta con una sonrisa: ¿cuánto (por la información)? Sin embargo, hay quienes dicen que los vehículos han sido vistos... en las casas del alcalde, tanto la que tiene en Farallón, como la que tiene en Playa Larga. Pero mientras, se desconoce el estatus que tiene su desaparición: ¿están en comodato, alquiladas, vendidas, robadas, prestadas?

IMSS, CARENCIAS Y REGALOS

A la misma hora en que ayer el delegado del IMSS, Marcos Efrén Parra Gómez, se reunía con reporteros de la fuente en un desayuno que pagó en un restaurante de la Costera y les obsequiaba grabadoras digitales, walkman digitales, entre otros regalos, en el hospital general Vicente Guerrero había una pequeña revuelta. Resulta que en el servicio de ultrasonido –donde la gente llega a las 6 de la mañana para recibir servicio a las 8– a las mujeres citadas se les informó que otra vez no las atenderían, porque el aparato se había descompuesto y no había dinero para repararlo. Hubo muchas quejas de quienes alegaron que era la tercera ocasión, desde noviembre, que les suspendían la toma, incluso una señora de Coyuca de Benítez no quiso que por tercera vez le cambiaran su cita y dijo que primero se iba a morir antes de que la atendieran; a las que aceptaron, les dieron fechas posteriores al 22 de enero próximo, es decir, dentro de más de un mes. Es que (¡gulp!) no hay dinero en la delegación del IMSS.

PÁJAROS EN LOS ALAMBRES

Ya nadie podrá contar secretos por teléfono celular, pues llamadas y mensajes de textos serán grabados automáticamente, pese a la invasión que significa para los ciudadanos comunes. Uno de los artífices de esta medida, el senador Angel Aguirre Rivero, estará hoy, se ha anunciado, en un evento de abogados en Acapulco donde hablará de su informe.

http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2008/12/19/index.php?section=politica&article=004a1pol

Comunicado del Movimiento Ecuménico Por Los Derechos Humanos- MEDH

  Comunicado del Movimiento Ecuménico Por Los Derechos Humanos- MEDH Los Organismos de DDHH de la República Argentina, abajo firmantes, repu...