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sábado, 18 de junio de 2011

Con ovaciones, adopta ONU resolución en pro de homosexuales

Con ovaciones, adopta ONU resolución en pro de homosexuales

El organismo determinó que no haya más discriminación en seres humanos según orientación sexual
Notimex
Publicado: 17/06/2011 10:05
Con ovaciones, adopta ONU resolución en pro de homosexuales
Marcha del Orgullo Gay en Roma. Reuters
Ginebra. El Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas adoptó en medio de una sonada ovación la resolución que aboga por poner alto a la discriminación de los seres humanos por su orientación sexual o identidad de género.
La resolución pide a la Alta Comisionada de la ONU para Derechos Humanos (ACNUDH), Navi Pillay, un estudio "a fin de documentar las leyes y prácticas discriminatorias y los actos de violencia cometidos contra personas por su orientación sexual y su identidad de género".
Sometida por Sudáfrica, la resolución logró 23 votos a favor de países como Estados Unidos, los miembros de la Unión Europea (UE), Argentina, Chile, Cuba, Ecuador, Guatemala y México, así como tres abstenciones, entre ellos China, y 19 votos en contra principalmente del bloque árabe y africano.
Se trata de la primera vez que las voces de la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales y transgénero (LGTB) fueron escuchadas en el foro de la ONU para derechos humanos.
Antes de proceder al voto, Pakistán inició un acalorado debate que fue secundado por Nigeria, Mauritania, Qatar, Arabia Saudita y Bangladesh, cuyo discurso principalmente se basaba en señalar la orientación sexual como un tema fuera del mandato del Consejo.
"Se trata de algo fuera de los derechos humanos", dijo el representante de Nigeria y aseguró que 90 por ciento de los africanos no apoyaban esta resolución".
El representante de Arabia Saudita afirmó a su vez que "no es aceptable traer cuestiones que no forman parte de las discusiones internacionales", mientras Qatar aludió que es necesario respetar la identidad cultural y la resolución refleja una postura contra el islam.
En respuesta a los argumentos, el representante permanente de México ante organismos internacionales y embajador, Juan José Gómez Camacho, dijo al plenario que lo que se estaba debatiendo no se refería a una imposición de valores ni a alterar prácticas culturales o conductas individuales.
"Lo que discutimos hoy tiene que ver con la no discriminación y éste no es un nuevo concepto en el Consejo", afirmó Gómez Camacho.
Recordó que en el Consejo se habla de no discriminar a la mujer, a los indígenas, a los discapacitados, por su religión o por su raza, y argumentó que esta resolución no es diferente, ya que de lo que habla es de la no discriminación a ningún ser humano por su orientación sexual.
"La no discriminación es un valor absoluto", concluyó Gómez Camacho, cuyo discurso provocó una oleada de aplausos que hicieron resonar hasta el último rincón de la sala, una reacción poco usual en el augusto foro.
"La resolución reconoce que nadie debe ser blanco de ataques por lo que es o por lo que ama”, dijo la embajadora de Estados Unidos, Eileen Ch. Donahoe, en declaraciones a la prensa.
Reconoció que el gobierno del presidente estadunidense Barack Obama ha apoyado este tema, ya que "los derechos de los homosexuales son derechos humanos".
"El cambio vendrá", estimó Donahoe esperanzada porque al fin la comunidad LGBT ha sido escuchada dentro del sistema de Naciones Unidas. “Es histórico, ya no están solos", apuntó.

http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2011/06/17/1051776-adopta-onu-resolucion-historica-a-favor-de-homosexuales

lunes, 28 de febrero de 2011

Mi closet y yo

Mi closet y yo

Patear una puerta y salir del closet, ¿así de fácil era la historia? Haber logrado ser a esta altura del siglo XXI una opción sexual minoritaria tolerada y hasta a veces bienvenida en el mercado de las identidades no es lo mismo que ser tan “nada que llame la atención” como lo es la heterosexualidad. Más allá de la frontera barrida gracias a los derechos adquiridos, perdura la injuria que nos precede y que sigue resonando en muchos ámbitos, por eso las formas que va adoptando el closet son difíciles de percibir y de derribar.
 
 
 Por Alejandro Modarelli
En los días previos a irse de casa, como evidencia de un martirio privado que su pareja apenas intuía y el afecto no había podido compensar, dejó escritos en una libreta personal ocultada con desidia unas frases que servían para explicar su decisión. Huellas de su vida introspectiva, el treintañero que dice amar a otro varón confesaba ahí la repugnancia que le provoca una existencia que siente no haber elegido (escribe más o menos esto: “Ser homosexual es una maldición. Soy horrible para el mundo, y un extraño para mí mismo. ¿Todavía puedo escapar a esta forma de vivir? Porque yo no fui así al principio, ni cuando era un adolescente. La vida de adulto me exige claridad y, sin embargo, sigo fijo en la pregunta pendeja: ¿quién soy?”. A empujones hacia una identidad sexual que no desea, hubiera querido reservar a una mujer su futuro. Pero qué cosa será el futuro, se dice. Perdido en todos lados, este desterrado no sabe ya en qué lengua hacerse entender que no sea la de la huida. Estas anotaciones suyas son también un mensaje para la pareja abandonada. Y un testimonio involuntario para toda una colectividad que debió atravesar demasiados desiertos antes de reconocerse: en las palabras de Alexis, muchos gays, muchas lesbianas ya libres de la vergüenza de sí regresarán por un instante y contra la paz del olvido a su propia y dolorosa época del armario y la enajenación. Incluso sirve de punzada para aquellos bien jóvenes, a los que la vergüenza les suena a bolero viejo, la aceptación social es producto de la aceptación individual, y no al revés, y no precisan salirse del closet porque sienten que jamás entraron. Porque en estos asuntos, amigos y amigas, no hay herida homofóbica infligida contra uno mismo que no sea a la vez contra todos.
“El relato de este muchacho Alexis, que ya es grande, me produce enojo y dolor. Sé que el enojo es injusto; termina siendo bronca contra el débil que se queda fijo, por impotencia, en aquello de lo que nosotros suponemos haber podido escapar por completo. Y en algún punto uno lo condena como si se tratara de una capitulación. ¿Cómo no tiene valor, cómo no tiene fuerza? Me parece oír que a través de él hablan los fantasmas que nos atacaban a nosotros cuando éramos chicos. Y él se abraza a los fantasmas, como el que traiciona. De pronto se me viene una imagen de mis veinte años. Yo estaba en el vagón de un tren sentado junto a un tipo que tenía los ojos cerrados. Había quedado poca gente. Me excitaban las piernas y le acaricié un muslo. El tipo abre los ojos, se levanta y camina hacia adelante, hacia otro vagón. Unos minutos después lo veo venir hacia mí. En ese momento estábamos ya solos. Cuando el tren para en la estación, me agarra del brazo y me empuja hacia el andén. Era de noche, no había nadie. Ahí, en total silencio, me golpea en la cara (quedé por unos días desfigurado. Me robaron, inventé). Yo quise detenerlo con súplicas, y le gritaba: ¿No ves que soy un enfermo? Era una argucia, un arma de defensa, pero también una convicción. En esa apelación desesperada, si querés en esa trampa, se colaba la mala conciencia de la sociedad, se coló su voz, como para parar la violencia que ella misma venía produciendo.”
A los cuarenta y tantos años, Omar, que de él son estas palabras, cree ver en este recuerdo de la primera juventud la huella más fresca del antiguo closet. En los golpes en el andén ferroviario, en la respuesta a esos golpes, se jugaba en aquella época una batalla alrededor del silencio impuesto, que jamás no obstante puede asumirse del todo. El miedo a que los otros sepan, aun si saben (“¿no te habrá agarrado un loquito moralista a vos?”, le dijo medio en broma, medio en serio, un compañero de oficina que adivinaba sus gustos). Porque donde hay batallas, hay fugas. Closet y contracloset. “El closet, además de un sufrimiento psíquico, es esa presencia afilada que corta todos los escenarios. La verdulería, el hospital, el examen de idioma donde la profesora propone hablar de la vida privada. Es el desliz de una paciente mía tapada, que en una reunión de colegas donde todos hablaban de los proyectos matrimoniales, ella, supuesta soltera, dijo: nosotras nos compramos un perro... A ella le ha llevado mucho tiempo darse cuenta de que el dolor no es enfermedad.” El psiquiatra y psicoanalista Pablo Gagliesi, director de Fundación Foro y un teórico que se ha concentrado en los procesos del coming out, toma a su paciente C. como ejemplo de esa saga en las biografías de gays y lesbianas que es su vida en el armario. El coming out sería un camino de marchas y contramarchas sucesivas, deconstrucción de valoraciones, un recorrido desde la toma de conciencia de un deseo, la inclusión en una comunidad y una cultura, hasta una percepción de la propia identidad como algo positivo y deseable.
Dolor como síntoma de enfermedad, entonces, en la paciente de Gagliesi. Deseo como síntoma de una enfermedad, en el Omar de los viejos tiempos. ¿Cómo pegarle a un enfermo, aun si con el manoseo ha hecho alarde de la enfermedad? A través del ardid que usó Omar con el homófobo, en el enredo de la mentira a los padres y los amigos, en la adivinación del compañero de oficina, el silencio se transforma en acontecimiento, donde todos creen tener algo que decir.

Hacerse gay, hacerse lesbiana

¿Es posible que, tantos años después de vivir entre gays como si fuera gay, el Alexis de la despedida no se haya hecho, realmente, “un gay”? Didier Eribon, en Reflexiones sobre la cuestión gay, inspira esa pregunta. Recuerdo haber leído que, en la salida del armario, no se tratará sólo de sentirse un homosexual sino de elegir serlo encarnizadamente, al modo que proponía Michel Foucault y recuerda Gagliesi, porque sólo así podrá uno creerse verdaderamente con derecho. Bien gestionado por la rebeldía, el estigma califica también como herramienta de libertad. Además, después de décadas de lucha, el trabajo emancipatorio ya no cuesta tanto, aun si estará siempre a medio hacer. Al fin y al cabo, las primeras relaciones homosexuales ya han sido en muchos casos suficiente épica del sufrimiento (en aquel baño del colegio o la estación de tren, donde una bragueta abierta puede tener espinas, en aquel dormitorio de adulto que se nos volvía de golpe tan extraño, en el sabor amargo de un chongo en el descampado oeste, y siempre bajo el peso traumático del silencio). Cuando muchos heterosexuales nos reprochan, un poco en broma, mucho en serio, nuestra recurrente conversación sobre temas sexuales, como si nuestro lenguaje fuese un dialecto conformado antes que nada por los vocablos que designan genitales, debieran tomar en cuenta lo que significó nuestro despertar ermitaño a la conciencia de ser diferentes, cuando supimos con tanta angustia que debíamos callarnos, ay, creyendo que éramos los únicos, mientras que los otros podían hablar. Charlar tanto de “eso” forma parte de la epopeya, la búsqueda de una revancha contra el silencio.
“La homofobia social, si se junta con la homofobia internalizada, resulta fatal. Ahora, cuando de la cárcel del silencio pasamos a estar con salidas transitorias, es difícil que el paciente que se cree asumido detecte su propia homofobia.” Quien habla, el licenciado en Psicología Jorge Horacio Raíces Montero, es el coordinador del Departamento Académico y de investigación de la CHA. Sigue: “La homofobia internalizada se manifiesta de manera mucho más sutil que antes. Ya no se trata apenas de traer a la sesión el relato de una enfermedad, o peor, de un pecado. Ahora uno oye cosas tales como: cada vez hay más pasivos en el ambiente, y es una tragedia. O que le gustaría tener hijos, pero que lo mejor para ellos es un papá y una mamá. Está el papá gay que siente vergüenza frente a los otros padres, y que tiene miedo de no poder nunca hacer realmente feliz (heterosexual) a su hijo. Aquel al que le resulta lógico que los hermanos le pidan hacerse cargo de la madre porque ‘vos no tenés problemas’, lo que significa volverse representante tardío de ese mito que hacía de la última de las hijas mujeres la soltera que pasaba a cumplir la función de geriátrico. En el consultorio se oye hasta el absurdo de pensar que no se tiene pareja porque los putos son todos promiscuos, o que no puedo porque la tengo chica para el promedio. Esto es como hacer un gueto de sí mismo, vivir en estado de duelo. Como verás, en la era de los derechos civiles, los fantasmas de la homofobia encuentran resquicios por donde seguir dando sus órdenes. El aparato psíquico no sabe de anécdotas, como la promulgación del matrimonio igualitario; sólo sabe de órdenes y de ahí se derivan los síntomas”.
Lo de “hacerse gay o lesbiana” es, por así decirlo, una de las labores del devenir. Transformarse y asumirse, digamos, al modo del existencialista. Llegar a ser lo que uno es, como quería Nietzsche. Y a una fisonomía, un estilillo, que se anuncia propia y singular también se llega mediante la mímesis, porque los gestos, las ocurrencias y el tumulto de la moda se van conformando en compañía de las otras locas, las otras tortas. Hoy será la revuelta colectiva de un peinado, pero mañana su traición. Entonces se nos vuelven felices aquellas formas nuevas de amistad —tan intensas porque se licua ahí el estigma— y sobre todo el amor en pareja, que al principio mirábamos desde afuera un poco con desconfianza. Descubrimos que a partir del propio deseo vivido hay un punto de llegada a una comunidad de intereses y de pensamientos, una identidad compartida sobre la que afirmarse frente al mundo.
Y ese ambiente de pertenencia, afectivo y territorial, que a veces con tanta liviandad se denuesta bajo el calificativo de gueto (como si el Castro de San Francisco evocara el barrio judío de Varsovia y la tilinga Chueca la Rocinha carioca militarizada) funciona como primera plaza de la liberación. Que sobrevenga después, si se quiere, la discusión sobre la trampa de las identidades o el imperialismo de la cultura gay lésbica globalizada —ay, sí, medio soporífera— contra el modelo originario loca/chongo, bien sexy para tantos. Puto o torta peronista de la periferia versus gay o lesbiana del centro. Asimilación social versus revulsión contracultural. Alianza con otros movimientos sociales versus retraimiento en la propia agenda de reivindicaciones. Para el chico o la chica que se asoma a los primeros destellos del deseo, la comunidad gay lésbica será necesariamente el punto de partida, y no de llegada, para sus futuros acuerdos o desacuerdos respecto de muchas de estas cuestiones.

Devenir marica, devenir butch

Para Alexis, la vida entre gays (y apenas unos pocos acceden a su confianza y su alcázar de macho) se le ha querido imponer como se impone el destino en los melodramas, y se ahoga de espanto de sólo verse reflejado en el espejo de la sociedad rosa. ¿Y si la mariconería fuera el precio y el síntoma necesarios por adherir a la causa? Pequeño Aquiles difuminado entre pseudo mujeres, él no quiere quebrar la piernita como una gacela ni suavizar la voz; eso sería elegir para sí una pose infame, y resignar en cambio la pose de los fuertes, en medio de los cuales creció y aprendió a jugarse. Le encanta ser penetrado, pero lo aterrorizan las supuestas consecuencias. El vive de modo dramático bajo el antiguo régimen de la loca y el chongo, donde los roles sexuales son destinos. Pasivo es mujer, activo es varón. No puedo recibir por atrás y ser varón a la vez. Por alguna razón, en estas cuestiones piensa todavía como piensan los amigos de la adolescencia del barrio conurbano (puto es quien recibe), con los que salía a buscar travestis de tarifas bajas y visitar punteros, y que ahora ya no son sus pares en el alto reino de la heterosexualidad. Aun cuando hoy pueda mirarlos, sí, un poco desde la altura de su cierto ascenso social.
En el cuestionamiento a la identidad denegada, señala Gagliesi, los temores de un tipo como Alexis a volverse una loca, pasiva y femenina acorralan al individuo “que no puede distinguir entre preferencia sexual y género... En otros la fijación de ciertos roles de género otorga tranquilidad y sosiego a aspectos de ansiedad turbulentos”.
No obstante, de la misma paranoia emerge en ocasiones el deseo frustrado de devenir mujer, aunque más no fuese en los juegos de alcoba. Raíces Montero tuvo un paciente gay cuyo verdadero closet consistía en no poder dar rienda suelta a sus ganas de coger con ropa íntima femenina. Hasta que se atrevió: “Su discurso en el consultorio era defensivo, avergonzado, trataba de encontrar explicaciones, y hasta soluciones. Yo lo paré en seco y le dije: Perfecto todo este melodrama, pero a mí me interesa saber sobre todo si lo pasaste bien”.
En la laberíntica salida del closet, pues, muchos pasan por el terror a feminizarse, y ni hablar de que en los primeros contactos con otros, un chico o una chica se encuentra a menudo con que el chat es una tetera cruel donde uno de los mayores logros que se promociona, además de los oropeles del gimnasio, es el “cero pluma, cero ambiente” en el caso de los varones, y el de ser “femme” en el de las mujeres. Mónica, que abominaba de la noción de orgullo glttbi, un sinsentido, me dijo una vez que por suerte ella “no parecía”. Que era innecesario sacar del closet su vida sexual. “Si a mí puede gustarme también un hombre.”
El secreto que la unía a un grupo de amigas también en el closet era a veces pura diversión en los entretelones que sobrevienen en el escondite. ¿Te vio o no te vio? Pero esa vida que se cree vivida en la celebrada intimidad, cuando en realidad fue bajada a la fuerza al sótano del anonimato, sufrió una conmoción durante las jornadas del debate por el matrimonio igualitario. Junto con su pareja, en la Plaza Congreso, Mónica se rebeló contra la sociedad heterosexual homogénea en la que ambicionaba asimilarse, y también contra el individualismo, sólo atento a las propias emociones y sentimientos. Así, ingresaba contra su pasado a un colectivo político, más allá de la cofradía. Como quería Hannah Arendt respecto de los judíos de su época, ella había dado ese salto entre el paria sin conciencia, el famoso parvenu, y el rebelde que se dispone a narrar su propia historia personal en el mundo, y de ese modo transforma el mundo. Que es lo que para un yo politizado estará siempre en juego. “Al principio, abrir este último closet me hizo sentir en un país extranjero, pero después me di cuenta de que había sido siempre mi propio territorio.” Ahora Mónica sabe (quizá sin saberlo del todo) que, interpelada por las Sociedades del Odio, ella puede responder como una lesbiana.

Sobrevivir así es sepultarse

A diferencia de los juegos de amigas de Mónica, al Alexis solitario la simulación lo estresa, lo desespera. Es una lucha por la supervivencia donde sobrevivir es sepultarse. Una variante de la violencia contra sí, una sangría lenta. Y los compañeros del pool podrían darse cuenta de la treta. Aunque guarde el secreto, él es ya siempre sujeto de todo rechazo y de toda violencia, porque vive en la intimidad como viven los gays. Cuando la primera y única novia “lo entendió”, creyó leer en esa misericordia los rastros de un insulto (“y fue peor para mí. Me dijo ‘es tu vida’, pero si yo no tengo ‘una’ vida”). Piensa sobre todo en los hijos que no van a nacerle de una mujer en regla. Como el paciente desclosetado de Raíces Montero, cree en la familia tradicional como remedio de los desvíos. La reciente aceptación de su vida en pareja homosexual por parte de sus padres también la siente como un malentendido. Justo cuando sus padres, tan pueblerinos en tantas cuestiones, se revelan en ésta como cosmopolitas, él se hace más macho que nunca y quiere meter falo donde sea, y si se trata de coger pendejas, mejor (“cuanto más permiso me dan, menos permiso siento. Ya no hay pretextos para quedarme escondido. Se supone que tengo una pareja y que la amo, pero no puedo mirarme así desde afuera, visitando a mis padres los domingos. Estos pensamientos son fantasmas, pero a veces me parece que no tengo otra compañía. Si tuviera que lastimar a alguien, que sea yo el que salga más herido. Quiero decirte que amo como puedo, y que no me duelen estos años que pasamos juntos, y fui sincero cuando hablamos de un futuro en común y en la unión civil. Lo que me duele es no poder ser yo porque no sé quién soy yo. Escribo esto con lágrimas, literalmente”).
Quien así ven sufrir, quien esto escribe, se llama Alexis. Sí. No me reprochen lo que seguramente suene como obviedad. Mal que pese a la necesidad de ser un cronista creativo, ese nombre es el verdadero. Se me impone con ironía y no lo voy a esquivar. Porque muchos sabrán, claro, que el nombre Alexis nos remite sin ningún esfuerzo al tan remanido homosexual en el closet de la novela de Marguerite Yourcenar, cuya elegante confesión a la esposa imposible de convertir en objeto de su deseo fue en la época de nuestra adolescencia una voz que corría entre tantos como yo, que ya hoy gayas gordas y maduras creemos ver ahí sentimientos o miedos demodé, sin percatarnos de la actualidad que tantas veces conserva el relato. Y sobre todo en ciudades chicas de provincias. Si el Alexis europeo de entreguerras de la Yourcenar escribe a la esposa que ignora o pretende ignorar los avatares de su deseo, como modo de asumir una existencia verdadera y plena, el Alexis invertido de la Argentina de los Kirchner escribe a su pareja gay después de varios años de convivencia, sólo para la angustiosa tarea de negarse.
Este closet narrado en la era del matrimonio igualitario, que puede parecer tan extraño o anacrónico por haber estado su habitante en pareja durante mucho tiempo, sorprende sobre todo por lo incontaminado. En ese encierro, nada parece haberse colado del mundo exterior. No lo tocan los tiempos políticos, los cambios sociales (ay, tantos menos de lo que a veces suponemos), ahora que nos dieron, como a un adolescente premiado, la llave de la ciudad democrática. Nos fue dada a regañadientes, es cierto, porque más allá de la frontera de los derechos adquiridos perdura la injuria que nos precede y en la que crecimos. Digámoslo: ser gay o lesbiana consiguió ser una opción sexual minoritaria tolerada y hasta a veces bienvenida en el mercado de las identidades, pero nunca podrá ser apenas “nada” al modo en que lo es la heterosexual, como sueñan algunos optimistas que se olvidan qué terrores sexuales transhistóricos nos acompañan desde niños en Occidente. Y ni qué decir de las travestis, para quienes no hay closet posible donde esconderse, y no han podido todavía conseguir turno en el comité de bienvenida a la aceptación social.
Absolutos a fuerza de no confrontar con nada exterior a sus propios fantasmas, sin interferencias de otros, los pensamientos de Alexis rebotan siempre contra sí. En ese interior, él dota a todo lo subjetivo de un aire de objetividad. Se abraza sin saberlo a unas valoraciones que para el gay de su entorno es ya puro pasado, propiedad de una época en la que el más ambicionado logro social de una loca era poder pasar inadvertida o casarse y hasta reproducirse. Sin embargo, haber escrito esos párrafos dirigidos a nadie y a todos es ya un primer paso para la emancipación de Alexis. Aunque después se haya ido de casa por un tiempo detrás de una madre casi adolescente que conoció a través de un levante por Internet. Ese dolor suyo vuelto finalmente lenguaje escrito o relato de circulación oral ha conseguido rebelarse contra su propia cárcel de silencio y volverse así un testimonio que se encarna en las biografías de tantos de nosotros y nosotras. Inserta, por fin, su yo en el mundo. De algún modo, este Alexis que vive en una determinada encrucijada histórica y personal —derechos sociales reconocidos, aceptación de la familia pero represión y rechazo de sí mismo— interpela nuestras propias homofobias presentes, sutiles e inadvertidas, desde su aire de pasado tenaz.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Traducciones temblorosas: Foucault y La ley del pudor

Por Laura Contrera. www.pidoperdonzine. blogspot. com

En la obra de Foucault la esencia de toda verdad y de toda institución se devela prepotente y artera y la única salida que le resta a las víctimas es la contra-estrategia, la fuga o la mutación. Por eso mismo, leemos una obra que ha sido escamada con paciencia de escéptico y con singulares móviles libertarios.

Christian Ferrer

La loi de la pudeur (La ley del pudor) es el título con el que se conoce una entrevista radial en la que intervino Foucault junto a Jean Danet y Guy Hocquenghem en 1978, publicada en la revista Recherches #37, de abril de 1979, Fous d’enfance, pp. 69-82 y más tarde en Dits et écrits 1976-1979. Tomo III. París: Gallimard, pp. 766-776 (1994). Casi imposible de conseguir en castellano, no aparece tampoco en la web en su idioma original sino en la traducción al inglés[1]. Opera una llamativa censura sobre esta entrevista. Pero el ocultamiento tiene una razón: aun pasados treinta años, la defensa de la abolición de las leyes francesas de edad de consentimiento resulta urticante incluso para especialistas que se autodenominan foucaultianos[2]. Foucault, la infancia y el pudor: una relación peligrosa, inconveniente, que, al parecer, implica también un acercamiento pudoroso.

Esta traducción quiere ser solamente un aporte para la discusión de un tema delicado, susceptible de infinitas (mal) interpretaciones. Quizá sería necesario y deseable añadir a la breve introducción que se hizo en Francia para contextualizar históricamente la discusión algunas nociones más recientes sobre relaciones intergeneracionales , pedofilia y abuso infantil, entre otras cuestiones. Evitaríamos de esta forma sumar confusión. Pero excede al espacio y a mi capacidad de síntesis tal añadido. Por eso, simplemente voy a remarcar el hecho de que estas intervenciones en la entrevista no son siquiera la última palabra de Foucault sobre el tema. Especialistas como Eric Fassin[3] han realizado interesantes críticas a muchos de los conceptos vertidos por Foucault en esta emisión radial. Más allá de estas consideraciones, me parece que el silencio nunca es un buen comienzo para la acción. Menos aún el silenciamiento de pensamientos y experiencias pasadas. Porque el padecimiento individual importa y no puede ser un mudo residuo de políticas generales. Y también porque este padecimiento siempre está inscripto en un horizonte más amplio: el de los dispositivos de poder que así nos producen, perpetradores de violencias o padecientes de ella, pero que también permiten la posibilidad de establecer relaciones éticas entre las personas, un tema al que Foucault le dedicó gran parte de las investigaciones de sus últimos años. Tener en cuenta este horizonte implica incluir esta entrevista silenciada, de la que intentaré recuperar algunos párrafos, útiles para iniciar una reflexión sobre nuestras sexualidades infantiles avasalladas.

No soy traductora, apenas leo el francés de corrido y ha sido un esfuerzo tratar de acercarles estas palabras de Foucault. Seguramente buenxs traductorxs del francés o del inglés tendrán algún día la deferencia de hacer circular la traducción completa de la entrevista radial, con todas las intervenciones de los presentes incluidas. Hasta ese entonces, espero que esta aproximación sirva al menos para incitar la curiosidad, alentar el pensamiento y mover a la acción. Aquí van entonces estas traducciones temblorosas para discutir, disentir y pensar con Foucault, una de las mentes más lúcidas del pasado siglo.

La ley del pudor

El Parlamento trabajaba en la revisión de las disposiciones del Código Penal concernientes a la sexualidad y a la infancia. La comisión de reforma del Código Penal había consultado a Foucault, tan atento a las conflictivas tesis sostenidas por los diferentes movimientos de liberación: las mujeres querían la criminalizació n de la violación; los homosexuales, la descriminalizació n de la homosexualidad; lesbianas y pedófilos se enfrentaban entre sí como se enfrentaban a los psicoanalistas en torno a la noción de peligro asociada a la sexualidad. M. Foucault defendió ante la Comisión algunos de los argumentos de la Carta Abierta sobre la revisión de la ley de delitos sexuales en lo concerniente a los menores. Finalmente, en junio de 1978, el Senado votaba la supresión de la discriminació n entre actos homosexuales y heterosexuales. El atentado al pudor sin violencia hacia un menor de quince años, cualquiera sea su sexo, que estaba correccionalizado, ahora era pasible de audiencias en lo criminal. Guy Hocquenghem, escritor, fundador del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (F.H.A.R.), había tomado en el otoño de 1977 con René Scherer, profesor en el Departamento de Filosofía de Vincennes, la iniciativa de una carta abierta sobre la revisión de la ley de delitos sexuales en lo concerniente a los menores, firmada notablemente por Françoise Dolto, psicoanalista de niños y cristiana. Esta carta demandaba una revisión radical del derecho en materia sexual y de legislación sobre la infancia.

Intervenciones de Foucault en la emisión radial:

Si nosotros tres aceptamos participar en esta emisión (que fue arreglada muchos meses atrás), es por la siguiente razón. Una evolución tan larga, tan masiva, y que, a primera vista, parecía irreversible, podía hacer esperar que el régimen legal impuesto a las prácticas sexuales de nuestros contemporáneos fuera por fin a detenerse y dislocarse. Un régimen que no es tan antiguo, ya que el Código Penal de 1810 (1) no decía gran cosa sobre la sexualidad, como si la sexualidad no debiera concernirle a la ley; es solamente a lo largo del siglo XIX, y sobre todo en el XX, en la época de Pétain y al momento de la enmienda Mirguet (1960) (2), que la legislación de la sexualidad ha devenido cada vez más opresiva. Después de una decena de años, podemos constatar en las costumbres y en la opinión un movimiento para hacer evolucionar ese régimen legal. Asimismo, se ha reunido una comisión de reforma del derecho penal existente que tiene por tarea redactar a nuevo un número de artículos fundamentales del Código Penal. Y esta comisión ha efectivamente admitido, debo decirlo, con mucha seriedad, no solamente la posibilidad sino la necesidad de cambiar la mayor parte de artículos que rigen, en la legislación actual, el comportamiento sexual. Esta comisión, que se reúne todavía desde hace ya varios meses, ha proyectado esta reforma sobre la legislación sexual en el curso del mes de mayo y junio pasados. Y creo que las propuestas que ella contaba con hacer eran de esas que podemos llamar liberales. Ahora bien, parece que, después de un cierto número de meses, un movimiento en sentido inverso está en tren de perfilarse, un movimiento que es inquietante. En principio, porque no se produce solamente en Francia. Miren lo que pasa, por ejemplo, en los Estados Unidos, con la campaña que Anita Bryant[4] ha lanzado contra los homosexuales, que está a punto de rozar el llamado al asesinato. Es un fenómeno que se puede ver en Francia. Pero en Francia se lo constata a través de ciertos hechos particulares, puntuales, de los cuales hablaremos en su momento (Jean Danet y Guy Hocquenghem darán sin duda ejemplos), pero que parecen indicar que, tanto en la práctica policial como en la jurisprudencia, se ha vuelto más bien a posiciones duras, posiciones estrictas. Y ese movimiento que se constata en la práctica policial y judicial está lamentablemente apoyado muy seguido por campañas de prensa, o por un sistema de información manejado desde la prensa. Es entonces en esta situación -movimiento global que tiende al liberalismo, seguido por un fenómeno de reacción, contragolpe, freno -tal vez el mismo inicio del proceso inverso- que nosotros debemos discutir esta noche.

Me parece en efecto que se llega acá a un punto importante. Si es verdad que se está en una mutación, sin duda no es cierto que esa mutación favorecerá un aligeramiento real de la legislación sobre sexualidad. Jean Danet lo ha indicado: durante todo el siglo XIX se ha acumulado poco a poco, no sin un montón de dificultades, una legislación muy pesada. Ahora bien, esta legislación de todos modos se caracterizaba por no poder jamás ser capaz de decir exactamente que era eso que castigaba. Los atentados se castigan, pero el atentado jamás fue definido. Se castigan los ultrajes, jamás se ha sabido que era un ultraje. La ley estaba destinada a defender el pudor, jamás se ha sabido que era el pudor. Prácticamente, cada vez que había que justificar una intervención legislativa sobre la sexualidad, se invocaba el derecho al pudor. Y se puede decir que toda la legislación sobre la sexualidad, tal como ha sido planteada desde el siglo XIX en Francia, es un ensamble de leyes sobre el pudor. Es cierto que este aparato legislativo, que apunta a un objeto no definido, no ha sido utilizado sino en los casos considerados tácticamente útiles. En efecto, estuvo toda la campaña contra los profesores de primaria. Hubo en un momento dado una utilización contra el clero. Hubo una utilización de esta legislación para regular los fenómenos de prostitución de niños, que han sido tan importantes durante todo el siglo XIX, entre 1830 y 1880. Ahora nos damos cuenta que ese instrumento, que tiene por ventaja la flexibilidad, ya que su objeto no está definido, no puede por lo tanto subsistir ya que esas nociones de pudor, ultraje, atentado, pertenecen a un sistema de valores, de cultura, de discurso; en la explosión pornográfica y los beneficios que comporta, en toda esa nueva atmósfera, no es más posible emplear esas palabras y hacer funcionar la ley sobre esas bases. Pero eso que se delinea, el motivo por lo cual yo creo que es importante, en efecto, hablar del problema de los niños, eso que se delinea es un nuevo sistema penal, un nuevo sistema legislativo que se dará por función no tanto castigar lo que sería una infracción a esas leyes generales del pudor sino proteger las poblaciones o esas partes de la población consideradas como particularmente frágiles. Es decir que el legislador no justificará las medidas que proponga diciendo: ‘Hace falta defender el pudor universal de la humanidad’, sino que dirá: ‘Hay personas para las cuales la sexualidad de otros puede devenir un peligro permanente’. De esta manera, los niños pueden encontrarse a merced de una sexualidad adulta que les será extraña, y con un gran riesgo de resultarles nociva. De ahí una legislación que apela a esta noción de población frágil, poblaciones de alto riesgo como se dice, y a todo un saber psiquiátrico o psicológico empapado de un psicoanálisis de buena o mala calidad, poco importa en el fondo; y eso dará a los psiquiatras el derecho a intervenir dos veces. Primeramente, en términos generales, por decir: si, muy cierto, la sexualidad infantil existe, no volvamos más a esas viejas quimeras que nos hacían creer que el niño era puro y no sabía que era la sexualidad. Pero nosotros psicólogos, o psicoanalistas, o psiquiatras, pedagogos, sabemos perfectamente que la sexualidad del niño es una sexualidad específica, que tiene sus formas propias, sus tiempos de maduración, sus momentos fuertes, sus pulsiones específicas, igualmente sus latencias. Esta sexualidad del niño es un territorio que tiene su geografía propia donde el adulto no debe penetrar. Tierra virgen, territorio sexual ciertamente, pero una tierra que debe guardar su virginidad. Él intervendrá entonces como aval, como garante de esta especificidad de la sexualidad infantil, para protegerla. Y por otra parte, en cada caso particular, dirá: he aquí que un adulto ha venido a mezclar su sexualidad con la sexualidad de un niño. Tal vez el niño con su sexualidad propia ha podido desear a ese adulto, tal vez incluso ha consentido, tal vez él mismo ha dado los primeros pasos. Se admitirá que es él quien ha seducido a un adulto; pero nosotros, con nuestro saber psicológico, sabemos perfectamente que incluso el niño seductor peligra y en todos los casos va a sufrir un cierto daño y un traumatismo a partir del hecho de tener una relación con un adulto. En consecuencia, es necesario proteger al niño de sus propios deseos, desde el momento en que sus deseos lo orientarían hacia un adulto. Es el psiquiatra quien podrá decir: ‘Puedo predecir que un trauma de tal o tal importancia se va a producir a continuación de tal o tal tipo de relaciones’. Consecuentemente, al interior del nuevo cuadro legislativo destinado esencialmente a proteger ciertas fracciones frágiles de la población, la instauración de un poder médico, que será fundado sobre una concepción de la sexualidad, y sobre todo de las relaciones entre sexualidad infantil y adulta, que es enteramente discutible

No voy ciertamente a resumir todo lo que se ha dicho. Creo que Hocquenghem ha mostrado bien eso que estaba en tren de nacer actualmente con respecto a estas clases de población que se debe proteger. Por un lado, hay una infancia que por su naturaleza misma está en peligro, y que se debe proteger contra todo peligro posible y en consecuencia, de todo acto o todo ataque eventual. Y enfrente, vamos a tener individuos peligrosos, el individuo peligroso va a ser el adulto en general, de suerte que en el nuevo dispositivo que está por ponerse en marcha la sexualidad va a tomar una apariencia totalmente distinta a la que tenía en otro tiempo. Antes, las leyes prohibían un cierto número de actos, actos por lo demás tan numerosos que no se llegaba saber bien lo que eran, pero finalmente era a esos actos que la ley se dirigía. Se condenaban formas de conducta. Ahora, lo que estamos en tren de definir, y lo que, por consecuencia, va a encontrarse fundado por la intervención de la ley, del juez, de la medicina, son los individuos peligrosos. Vamos a tener una sociedad de peligros, con aquellos que están en peligro en una parte, y los que son peligrosos en la otra. Y la sexualidad no será más una conducta con algunas interdicciones precisas, sino una especie de peligro errante, una suerte de fantasma omnipresente, un fantasma que va jugando entre hombres y mujeres, niños y adultos, y eventualmente, entre los mismos adultos, etc. La sexualidad se volverá una amenaza en todas las relaciones sociales, en toda relación entre miembros de diferentes grupos de edad, en toda relación entre individuos. Y es sobre esa sombra, sobre ese fantasma, sobre ese miedo que el poder intentará tomar presa a través de una legislación aparentemente generosa y en todo caso general y gracias a una serie de intervenciones puntuales que serán probablemente las instituciones judiciales apoyadas sobre las instituciones médicas. Y tendremos allí un nuevo régimen de control de la sexualidad; aunque en la segunda mitad del siglo XX esté en efecto descriminalizada, pero sólo para aparecer bajo la forma de un peligro, y un peligro universal, he aquí un cambio considerable. Yo diría que es El peligro.

Intervenciones de Foucault en el debate final:

Sí, es difícil fijar barreras. Una cosa es el consentimiento, otra cosa es la posibilidad que tiene un niño de ser creído cuando, hablando de sus relaciones sexuales o de su afecto, de su ternura, o de sus contactos (el adjetivo sexual es a menudo molesto en estos casos, porque no corresponde a la realidad), otra cosa pues es la capacidad que se le reconozca al niño de explicar cuales son sus sentimientos, qué es lo que le ha pasado, y la credibilidad que se le acuerde. Ahora bien, en cuanto a los niños, les suponemos una sexualidad que no puede jamás dirigirse hacia un adulto y eso es todo. En segundo lugar, se supone que no son capaces de hablar sobre ellos mismos en un modo suficientemente lúcido. Que tienen una insuficiente capacidad de expresión para explicar lo que hay en ellos. Entonces no se les cree. No se los cree susceptibles de sexualidad y no se les cree susceptibles de hablar acerca de ella. Pero, después de todo, escuchar al niño, oírle hablar, oírle explicar cómo han sido efectivamente sus relaciones con alguien, adulto o no; siempre y cuando se escuche con la suficiente empatía, debe poder permitir establecer aproximadamente cuál fue el régimen de violencia o de consentimiento al que ha sido sometido. Asumir que un niño es incapaz de explicar lo que pasó y que, a partir del hecho de que es un niño, fue incapaz de dar su consentimiento, son dos abusos intolerables, francamente inaceptables.

El siguiente párrafo fue tomado de la versión en inglés:

En todo caso, una barrera de edad fijada por la ley no tiene mucho sentido. De nuevo, se puede confiar en el niño cuando dice que ha sido sujeto, o no, a la violencia. Un magistrado, un liberal, me dijo una vez que estábamos discutiendo esta cuestión: después de todo, hay chicas de 18 años que son prácticamente forzadas a tener sexo con su padre o padrastro; ellas pueden tener 18, pero es un intolerable sistema de coacción. Y una vez más, que ellos sienten que es intolerable, si sólo la gente estuviera dispuesta a escucharlos y ponerlos en una posición en la que puedan decir lo que sienten.

Notas (tomadas de la traducción inglesa):
(1) Código de 1810: Parte del Código de Napoléon. Este grupo de 485 artículos define crímenes, ofensas y delitos menores, así como también los castigos correspondientes. Promulgado el 12 de Febrero de 1810.

(2) La enmienda Mirguet se promulgó el 18 de julio de 1960 como enmienda al artículo 38 de la Constitución francesa de 1958 (4 de octubre de 1958). Declaraba la necesidad de combatir toda amenaza a la higiene pública y específicamente nombra la tuberculosis, el cáncer, el alcoholismo, la prostitución y la homosexualidad como objetos de ataque.

[1] A finales de marzo de 2008 consigo en internet la entrevista (en francés), gracias a un blog que, al poco tiempo, la retiró de circulación. Por esa razón esta traducción se completó con las versiones disponibles en inglés.

[2] Esto lo ha trabajado Rodolfo Omar Serio en su ponencia ¿Qué diría Foucault? Relatos de efebofilia en el canal de chat #gayargentina. Señala Serio que “los años que comprenden desde el Mayo francés hasta principios de los ’80 constituyeron una verdadera vanguardia en materia de moral sexual: en una solicitada de 1977 publicada por Le Monde, pueden leerse las firmas de Barthes, Simone de Beauvoir, Copi, Deleuze, Guattari, Lyotard y Sartre, entre muchos otros intelectuales que exigían la liberación de tres hombres detenidos por mantener relaciones sexuales con menores. En el texto se calificaba la ley de anticuada (désuet)”.

http://www.iigg. fsoc.uba. ar/jovenes_ investigadores/ 4jornadasjovenes /EJES/Eje% 201%20Identidade s%20Alteridades/ Ponencias/ SERIO,%20Rodolfo .pdf

[3] Ver al respecto el texto de este autor Somnolencia de Foucault. Violencia sexual, consentimiento y poder, originalmente publicado en Prochoix, dossier “Harcèlement contre consentement”,

núm. 21, verano de 2002, pp. 106-119, disponible en http://revistas. colmex.mx/ revistas/ 8/art_8_1187_ 9097.pdf

Podemos leer allí que “Durante una entrevista radiofónica con Guy Hocquenghem y Jean Danet, en 1978, el filósofo abandona su habitual vigilancia para pensar según el espíritu de la época, al unísono con sus interlocutores. En efecto, ante el nuevo control de la sexualidad que se establece en ese entonces, Foucault recusa la idea misma de una edad legal para el consentimiento sexual: De cualquier manera, no tiene mucho sentido que la ley fije una barrera de edad. Una vez más, podemos confiar en que el niño diga si sufrió o no un maltrato (Foucault, 1978:776). El problema no consiste tanto en que, una generación después, nuestra sensibilidad moral y política, mejor informada sobre los peligros de la pedofilia, se vea ofendida por semejante falta de preocupación. Más bien, lo que nos sorprende es que, por una vez, el filósofo confíe en las evidencias de la sensatez, o más precisamente del sentido común, de los partidarios de la liberación sexual”.

[4] Se puede ver al respecto el film de Gus Van Sant Milk (2008).

lunes, 9 de noviembre de 2009

Reflexión en torno al Matrimonio Homosexual y el rol del Estado

por Proyectil Fetal www.proyectilfetal. blogspot. com

"El impulso que se le da al matrimonio gay es la respuesta avergonzada al Sida para repudiar nuestra promiscuidad y parecer saludables y normales"
Judith Butler

El discurso dominante entre las personas GLTTTBI y el progresismo culpógeno sostiene que es intolerable que no haya igualdad de derechos en nuestra sociedad (incluso en aquellos países económicamente desarrollados) . Es por eso que, ya sea de manera conciente o inconciente, basándose en el mito del derecho a la igualdad por encima de todo, reclaman para si la posibilidad de elegir contraer matrimonio (con todas las prerrogativas materiales y simbólicas que conlleva- solo por mencionar una o dos: la obligación a tener sexo, y el débito conyugal) como lo hacen las demás personas, despertando desde las más furibundas reacciones homofóbicas dentro de las instituciones clásicas que ya todxs conocemos, o hasta incluso manteniendo ciertos límites en lo que respecta a las mentes menos conservadoras (por ejemplo, sería correcto que puedan casarse, pero no que dos varones críen un hijo o una hija, ni que las personas GLTB tengan derecho a la adopción).
En este contexto, donde maniqueamente hay que ponerse a favor o en contra, y donde cualquier intento de hilar más fino es entendido como rizar el rizo o convertirse en un fachista, nuestra labor, como anarquistas queer, es tomar posturas a contrapelo de lo que parece "lo conveniente" y optar por el lugar "incómodo".
Para empezar, y siguiendo a Judith Butler en Deshacer el Género, la primera apreciación que deberíamos hacer es la diferencia entre matrimonio y parentalidad, y entre parentalidad y parentesco. En la noción popular que el difuso activismo GLTB en general también ayuda a respaldar, las tres nociones se confunden y se homologan en una sola, todos productos de la primera- matrimonio - encargada, como efecto colateral, de organizar la sexualidad al servicio de la producción y reproducción. Así como la anarquista Emma Goldman, a principio del siglo XX, no exenta de un romanticismo baladí, cuestionaba al matrimonio como algo opuesto diametralmente al amor, como un mero contrato económico donde la mujer quedaba subsumida a un rol peor que el de una trabajadora sexual, puesto que ésta vende su cuerpo por hora, y la esposa lo vende por un único pago de por vida, nosotrxs también creemos que el matrimonio (de cualquier índole) no solo es una calamidad, sino que no existe posibilidad alguna en el horizonte de inteligibilidad anarquista de que ningún tipo de matrimonio sea algo deseable ni que deba ser el canal por el cual se legitiman nuestros deseos y prácticas. Más aun, muchas relaciones de parentesco hoy por hoy, a la vuelta de casa, delante de nuestras narices, no se ajustan al modelo de la familia nuclear y exceden las concepciones jurídicas vigentes y funcionan, de hecho, según pautas no formalizables. El parentesco existe, asuma o no una forma familiar reconocible por el Estado y sus instituciones. La tradición anarquista conoce, bajo el concepto de afinidad, el cuidado, agrupamiento, o vínculos humanos que no se ajustan, ni desean ajustarse, a las reglamentaciones sociales, y que no tienen al matrimonio (ni a la pareja) como el horizonte de inteligibilidad o matriz para pensar las maneras en las que vehiculizamos nuestros afectos[1].
Pero si la parentalidad y el parentesco son solo legibles en términos de contratos matrimoniales y/o uniones civiles, nunca podrán ser ya separados de las cuestiones de propiedad privada, concibiendo a las personas como propiedad de sus progenitores y sus parejas. Asimismo, se volverá a repetir la ficción mítica de los lazos de sangre como lo más sagrado y de los intereses nacionales y raciales que sustentan tales lazos, porque el matrimonio, gay o no gay, tiene como principal objetivo establecer el racionamiento simbólico de las relaciones de pareja y de sus frutos por parte del Estado.
Reclamar el derecho al matrimonio tiene, como presupuesto básico, que el Estado es el encargado de distribuir de manera indiscriminada, independientemente de todo, derechos y responsabilidades que son inmanentes, inherentes y privativos del ser humano por ser lo que es. Esto deriva en la subsiguiente intensificació n de la normalización, fortalece al Estado y lo convierte en el gestor único e indiscutible de entregar la divisa que se debería obtener porque sí, al nacer.
Y la pregunta emerge por si sola: ¿Qué pasó con el proyecto radical de articular e impulsar la proliferación de prácticas sexuales fuera del matrimonio y de las obligaciones de parentesco?
Además, así como el anarquismo increpó al marxismo que creía que porque el Estado era obrero no iba a reproducir las relaciones autoritarias y jerárquicas, ¿qué le hace creer a la comunidad GLTB que las formas tradicionales y conocidas de organización sexual y de reproducción, por el mero hecho de su conformación sexual o su orientación sexual, estarán eximidas de las relaciones de poder que redundan en la actualidad en abusos de todo tipo, violaciones, muerte, y todas las aberraciones que el feminismo históricamente nos ha señalado que emergen del matrimonio?
Para colmo de males, la delimitación de las formas de relación que el Estado legítima solo tendrá lugar por medio de algún tipo de exclusión, si bien no evidentemente dialéctica, y de una jerarquizació n entre lxs aspirantes a la normalidad, y aquellxs que, ya sea porque no pueden o porque no quieren, no son elegibles. La pareja gay o lesbiana, estable ,que se casaría si pudiera es considerada ilegítima pero elegible para una futura legitimidad, mientras que los agentes sexuales que funcionan fuera del ámbito del vínculo matrimonial y de sus formas alternativas ahora constituyen posibilidades sexuales que nunca serán elegibles para una traslación a la legitimidad, incluso con prácticas sexuales tradicionales, o sin ellas. Ya no hace falta sostener las otrara llamadas "prácticas contra natura" o "sodomía" para quedar fuera del patrón gay de elegibilidad potencial.
Estamos hablando justamente de un campo sexual cuyo punto de referencia, cuyo máximo deseo no es la legitimidad, y por qué no decirlo, la parentalidad. Las prácticas sexuales y las relaciones que quedan fuera del límite de la ley se vuelven ilegibles o insostenibles mientras que en el discurso público emergen nuevas jerarquías que refuerzan la distinción entre vidas legítimas e ilegítimas y producen distinciones que van limitando los términos de lo pensable. El matrimonio, dado su peso histórico, se convierte en una opción sólo como norma que excluye opciones y que se extiende a relaciones de propiedad y hace más conservadoras las formas sociales de la sexualidad.
Por eso es que afirmamos que los contratos legales y/o el matrimonio no deberían ser nunca la base sobre la que se asignan los beneficios sociales, civiles, reproductivos y de todo tipo, ni podemos utilizar la respuesta contra la homofobia,- a la cual hay que darle batalle sin cuartel, por el solo hecho de existir, y en todas partes y en todo momento-, como el parámetro para basar una acción política. ¿Acaso debemos defender el derecho al matrimonio GLTB porque los heterosexuales nos lo niegan? ¿Acaso no hay maneras más inteligentes de organizar nuestra autoprotecció n que no sea a través del la legitimación y reconocimiento del Estado? ¿No vemos que el matrimonio gay es una nueva oportunidad de establecer una jerarquía de organización sexual binaria legítima contra todxs aquellxs raritxs que no quieran o no puedan casarse, por el motivo que sea? ¿No podemos encontrar otras formas de sentirnos posibles, inteligibles, hasta reales además de
la esfera de racionamiento Estatal?
Pero no está todo perdido. Y aunque, como se ve claramente en este escrito, mucho nos queda por pensar, allí en el corazón mismo del no reconocimiento se encuentra la oportunidad de resistir, el reservorio de subversión que las pasiones ilegitimas detentan. Lo impensable, como lo más critico, lo más radical, lo más valioso y como lo sexualmente irrepresentable, tales posibilidades sexuales pueden ser lo sublime en el campo contemporáneo de la sexualidad, el lugar, como dijimos antes, que la normatividad no se apropió. Es menester entonces ocupar otro lugar atópico, no delimitado, de una libertad radical, no lugares en los que nos encontramos a pesar de nosotrxs mismxs. Ostentar prácticas socio-sexuales que no parecen revestir coherencia inmediata en el léxico disponible de la legitimación y que por ende, eluden, incluso sin proponérselo, la normativizació n. Y por sobre todas las cosas no olvidarnos de revisar la organización social de la
amistad, los contactos sexuales y la creación de comunidades propias y subterráneas bajo sus propias lógicas para crear formas de respaldo y de unión que piensen su deseo y su pasión hic et nunc por fuera del deseo del Estado.
No somos ingenuxs. La privación o la resistencia a la normalización suponen privaciones a los derechos que agravan los golpes de la vida cotidiana que ya sufren per se las individualidades que podríamos denominar queer. Pero sí abogamos por pensar conjuntamente formas críticas de esquivar el control estatal porque no estamos dispuestxs a perder nuestro poder inherentemente subversivo. Cuando nos negamos a permitir que el campo de la sexualidad se evalúe en relación con la forma matrimonial o cuando nos negamos a que la sexualidad se evalúe en relación con la forma matrimonial se desarrolla una transformació n más radical por fuera del estúpido romanticismo que tantas lagrimas nos hizo derramar y a favor de las pasiones fulminantes.

[1] Esta posición lamentablemente no solo no es retomando por la mayoría de las individualidades y organizaciones que reclaman para si el anarquismo, sino que para colmo de males, cuando es recordada solo lo es en el plano de la enunciación retórica. Históricamente, convivió con otras donde, por ejemplo, el núcleo de la pareja siguió considerándose fundamental con una exaltación del rol de la madre.

Comunicado del Movimiento Ecuménico Por Los Derechos Humanos- MEDH

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