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domingo, 2 de junio de 2013

Los escritores tienen un compromiso de vida con la literatura y el periodismo: Ramírez Bravo

Se presenta el autor de Las pausas concretas en programa de lectura en Tlapa

Los escritores tienen un compromiso de vida con la literatura y el periodismo: Ramírez Bravo

SALVADOR CISNEROS SILVA (Corresponsal)
Tlapa, 31 de mayo. El escritor Roberto Ramírez Bravo se presentó en la ciudad como parte de la actividad Literatura en voz de sus autores, que promueve el paralibros de Tlapa en coordinación con sala de lectura, programa del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).
En el acto, el escritor y coordinador de Edición de La Jornada Guerrero leyó para el público presente algunos fragmentos recolectados de sus libros que a lo largo de su carrera ha publicado. Sólo es real la nieblaHace tanto tiempo que salí de casa y Las pausas concretas fueron algunos de los textos que pudo leer.
En cada corte de cada libro los presentes pudieron realizar algunas preguntas y observaciones sobre lo que el autor narraba de sus textos y explicó que “en los libros se narran misterios de los pueblos de México, cuentos sobre el acercamiento de la historia de la legendaria Llorona, pero contado en tiempos modernos”.
En su participación una asistente le agradeció su actividad y participación en la cual pudo compartir los relatos de las novelas y cuentos sobre las leyendas, mitos y movimientos sociales. “Es un placer que usted se encuentre en el corazón de La Montaña, epicentro de las luchas sociales guerrerenses”, le dijeron.
Se le preguntó a Ramírez Bravo cuál es el compromiso social que tienen los escritores, y respondió que “hay un compromiso de vida con la literatura y el periodismo, pues refleja la época y el mundo que me tocó vivir, con eso poder contribuir para que ese mundo sea mejor; la literatura no es un panfleto para apoyar a las luchas sociales, aunque con altos niveles de calidad se puede trasformar a la ciudad”.
Para finalizar mencionó que en sus libros se hace referencia a las luchas sociales y se trata de reivindicar los derechos humanos, la equidad, la justicia, condicionando a los que los tengan en las manos del mensaje literario.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Sobre carne y fantasmas: Las pausas concretas


YURI HERRERA

Sobre carne y fantasmas: Las pausas concretas

A veces da la impresión de que las atrocidades que todos los días cometen los narcotraficantes han sido como un fuego purificador para nuestra memoria. Pareciera que la violencia empezó hace quince minutos, que antes no había sino paz social y ciudadanía. Sin embargo, desde antes de la explosión de esta “guerra contra las drogas” amplias zonas del país ya sufrían otras violencias. De la manera en que una de ellas ha marcado la vida de gente que no aparece en los periódicos es de lo que habla Roberto Ramírez Bravo en Las pausas concretas, de una violencia más vieja y menos espectacular pero que sigue ahí, normalizada, nunca discutida abiertamente: la violencia de Estado contra las comunidades que acusaba de ser parte de la guerrilla, y de la violencia contra la guerrilla que esa misma represión ha creado.
Cada día, activa o pasivamente, rendimos honores a ciertos hombres en armas cuyo legado ya ha sido procesado, sus nombres puestos en letras de tinta o de oro, sus historias fijadas con limpieza. Pero otros individuos que combatieron para conseguir los derechos democráticos de que hoy gozamos no merecen, ya no digamos nuestros honores, ni siquiera nuestra reflexión, porque lo hicieron a través de una lucha armada que no se ha querido reivindicar. El estado de Guerrero, como el de Chiapas, Hidalgo, Oaxaca, Michoacán, entre otros, ha sido escenario de un ejercicio despiadado del poder; pero no como un resabio de premodernidad, sino que ha sido una opresión plenamente moderna, tecnificada, administrada desde los aparatos del Estado y sepultada en el olvido por virtud de la propaganda y la conveniencia.
Aunque hubo quienes optaron voluntariamente por la lucha armada, y hubo quienes, como en toda guerra, se convirtieron en criminales (es el ejemplo del grupo de “Los enfermos”, en los años setenta en Sinaloa), los movimientos guerrilleros no pertenecen a la historia de la delincuencia organizada, sino a la de la resistencia ante la barbarie. En Las pausas concretas, un libro que asume su responsabilidad de prestar testimonio de una etapa de la historia del estado de Guerrero, vemos la disyuntiva recurrente de individuos y comunidades que, ante el hambre y el abuso, debían optar por emigrar o incorporarse a la lucha armada. Nos enteramos, casi como al paso de tan normal que se había vuelto, de las violaciones constantes que sufrían las mujeres de los pueblos indígenas, de cómo apenas cumplían doce años los niños ya se volvían sospechosos para el ejército, de ejecuciones públicas en las canchas de algunos poblados. Son tan terribles, que aún señalándolos con el dedo es casi imposible poner los hechos bajo la luz: en su descripción exacta, se vuelven inverosímiles. Ya había dicho José Revueltas, en su introducción a Los muros de agua que “lo terrible no es lo que imaginamos como tal: está siempre en lo más sencillo, en lo que tenemos más al alcance de la mano y en lo que vivimos con mayor angustia y que viene a ser incomunicable por dos razones: una, cierto pudor del sufrimiento para expresarse; otra, la inverosimilitud: que no sabremos demostrar que aquello sea espantosamente cierto”.
¿Cómo, pues, es posible hablar del horror? ¿Cómo lidiar con el vacío que deja tras de sí?
En Las pausas concretas, Roberto Ramírez Bravo ha optado por contar la historia de una pareja que se construye en medio de la vorágine violenta, sin restarle importancia a ésta pero colocando en el centro de la trama la capacidad de sus personajes para no renunciar a su dignidad a pesar del miedo. Atalo es un hombre derrotado por la vida, que a los 52 años, como los ciclos temporales prehispánicos, consigue rehacerse a sí mismo cuando se topa con María Soledad, la hija de un guerrillero legendario, que a su vez llega con su propio hijo. Juntos se convierten en un símbolo de resistencia, más que por lo que hagan, pues, como insisten una y otra vez, ellos no han hecho nada, por su voluntad de buscar su felicidad aun siendo perseguidos por el ejército.
María Soledad es una mujer extraña, que cuenta historias que aparentemente se hacen realidad. Éste es un elemento desconcertante en el libro, que junto a otras imágenes y escenas parecería un regreso al realismo mágico: una niebla transfiguradora, un ovni que aparece en La Montaña. Pero lo que en el realismo mágico eran fenómenos que no alteraban la vida sino que eran parte de la vida cotidiana, estas escenas son en Las pausas concretas una estrategia para lidiar con el horror. En este mundo, lo atemorizante no son las historias de aparecidos, sino las de los desaparecidos, y lo ominoso es articulado por medio de una fantasía que mueve a los personajes, los hace rebelarse y resistir.
Escribir de esta manera, en efecto, es una forma de resistencia: es no aceptar el horror como una historia sobre la que no se tiene poder alguno. Porque escribir, siempre, implica tomar decisiones éticas y estéticas. La realidad no se presenta ya desde siempre escrita de una forma que sólo espera ser trasladada al papel, sino que debe ser reconstruida y acentuada para poner de relieve aquello que se pierde en el realismo, esa palabra vieja y cómoda que a veces nos libera del trabajo que supone representar al mundo intencionadamente. Hacer literatura implica intervenir a la realidad desde una propuesta lingüística personal, no como un mero ejercicio de estilo, sino para hallarle nuevos sentidos a los acontecimientos; aún más, para construir otros acontecimientos, los que han sido desterrados de lo humano, los que no caben dentro de lo recordable.
Además de cumplir con la obligación de ser una historia bien contada, Las pausas concretas hace una afirmación que exige ser escuchada en una época en la que no parecemos entender cómo se nos jodió el país: la memoria no es un asunto del pasado, sino algo que nos constituye, una historia inscrita en nuestro cuerpo inclusive cuando intentemos olvidarnos de ella.
El autor tiene maestría en Creación Literaria por la Universidad de Texas en El Paso y es postulante a doctorado en Lengua y Literatura Hispana en la Universidad de California en Berkeley, y autor de las novelas Trabajos del reino, y Señales que precederán al fin del mundo.

http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2009/11/14/index.php?section=opinion&article=002a1pol

viernes, 11 de diciembre de 2009

GatosPardos

Programa Gatos Pardos dedicado al libro Las Pausas Concretas del periodista y escritor Guerrerense Roberto Ramírez Bravo...
Claro, GatosPardos aquí y en Radio La Nva República http://radio.larnr.org

sábado, 5 de diciembre de 2009

Villoro: Las pausas concretas equiparable a Pedro Páramo

En el marco  de la FIL, realizada en Guadalajara y comparada como la mas grande en América, Roberto Ramírez Bravo  escritor guerrerense, presentó  su libro Las pausas concretas, una obra   la cual en palabras de  Juan Villoro es comparable a Pedro Páramo.

La situación de guerra sucia que ha enfrentado  Guerrero desde los 70´s   se hace poesía en esta obra literaria que reivindica la palabra, tal y cómo sentencia  Juan Villoro.

Déjamos el audio de las Pausas Concretas en voz de Juan Villoro





viernes, 4 de diciembre de 2009

Las pausas concretas, equiparable con Pedro Páramo: Juan Villoro

Ramírez Bravo nos da una lección de la fuerza política de la literatura, asegura

Las pausas concretas, equiparable con Pedro Páramo: Juan Villoro

En la presentación en la FIL, el pasado martes, destaca los distintos niveles de lectura de la obra

REDACCIÓN ( )

Guadalajara, 3 de diciembre. El escritor Juan Villoro ponderó la novela del guerrerense Roberto Ramírez Bravo, Las pausas concretas, como una obra equiparable a Pedro Páramo, del jalisciencie Juan Rulfo, y en un cierto sentido, con El Quijote de La Mancha, de Cervantes Saavedra.

Al presentar la obra en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), Villoro estableció ciertos paralelismos entre Pedro Páramo y Las pausas concretas pues, dijo, la primera es una novela de “desaparecidos y aparecidos” donde el protagonista, que la estaba contando en primera persona, muere “ahí por la página 70” pero la novela continúa pero ahora hablan las voces de todos, las ánimas.

En tanto, en Las pausas concretas el protagonista es alguien que “parece estar viviendo en un limbo, muerto en vida” pero al adentrarse en la lectura “uno tiene una sensación de extrañeza por decir ¿todas estas historias prodigiosas que se están mezclando, de dónde vienen, quién las está contando, cómo se produjeron?”.

Las pausas concretas se presentó el 1° de diciembre en el salón B del área internacional de la Expo Guadalajara en la Feria Internacional del Libro.

En su presentación, el autor de Llamadas de Amsterdan mencionó como un asunto destacado que la novela comienza narrando una realidad muy concreta con la vida de su personaje, Atalo Francisco, y la relación de éste con la protagonista, María Soledad, sin embargo, en la página 52 el lector descubre con asombro que todo lo que ha leído hasta ese momento no es sino una historia narrada por un grupo de escritores que en un taller literario en Acapulco construyen una novela colectiva.

“Ahí estamos en una incertidumbre que es muy interesante, porque es como la segunda parte del Quijote, donde los protagonistas comentan la primera parte”, señaló.

También hizo énfasis en el hecho de que la historia se mueva en dos tonos narrativos: por una parte, una “clave realista” al narrar con detalle la brutal represión política en Guerrero, desde el combate contrainsurgente de los setenta hasta la época actual, y por otro lado, un tono “desaforadamente imaginario” que trasciende esa realidad.

Agregó: “entonces esos dos elementos o dos tonos narrativos que combina Roberto, me parece que nos dan una lección de cuál debe ser la fuerza política de la literatura, y no lo digo en un sentido de ideologizar la literatura, sino en un sentido del valor como metáfora de la realidad que tiene la literatura”.

“Es –prosiguió Villoro– una novela riquísima, de muchos niveles de lectura que me ha dado mucho gusto leer y que yo creo que viene a situar en el mapa de la literatura mexicana a un novelista de alta ejecutoria, de enorme complejidad temática y que logra demostrar que la narrativa puede ser una forma de la poesía”.

Entre los asistentes se encontraba el coordinador de opinión de La Jornada, Luis Hernández Navarro. Al responder a los comentarios, Ramírez Bravo expresó que éstos “me estimulan y me comprometen” a proseguir en el trabajo literario. Con esta presentación concluyó una serie de presentaciones del libro que antes se presentó en la Feria Internacional del Libro del Zócalo de la Ciudad de México, en el Palacio de Bellas Artes y que comenzó en Acapulco en el Segundo Encuentro de Escritores del Pacífico.

http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2009/12/04/index.php?section=cultura&article=011n1cul

martes, 17 de noviembre de 2009

Sobre carne y fantasmas: Las pausas concretas

YURI HERRERA

Sobre carne y fantasmas: Las pausas concretas

A veces da la impresión de que las atrocidades que todos los días cometen los narcotraficantes han sido como un fuego purificador para nuestra memoria. Pareciera que la violencia empezó hace quince minutos, que antes no había sino paz social y ciudadanía. Sin embargo, desde antes de la explosión de esta “guerra contra las drogas” amplias zonas del país ya sufrían otras violencias. De la manera en que una de ellas ha marcado la vida de gente que no aparece en los periódicos es de lo que habla Roberto Ramírez Bravo en Las pausas concretas, de una violencia más vieja y menos espectacular pero que sigue ahí, normalizada, nunca discutida abiertamente: la violencia de Estado contra las comunidades que acusaba de ser parte de la guerrilla, y de la violencia contra la guerrilla que esa misma represión ha creado.

Cada día, activa o pasivamente, rendimos honores a ciertos hombres en armas cuyo legado ya ha sido procesado, sus nombres puestos en letras de tinta o de oro, sus historias fijadas con limpieza. Pero otros individuos que combatieron para conseguir los derechos democráticos de que hoy gozamos no merecen, ya no digamos nuestros honores, ni siquiera nuestra reflexión, porque lo hicieron a través de una lucha armada que no se ha querido reivindicar. El estado de Guerrero, como el de Chiapas, Hidalgo, Oaxaca, Michoacán, entre otros, ha sido escenario de un ejercicio despiadado del poder; pero no como un resabio de premodernidad, sino que ha sido una opresión plenamente moderna, tecnificada, administrada desde los aparatos del Estado y sepultada en el olvido por virtud de la propaganda y la conveniencia.

Aunque hubo quienes optaron voluntariamente por la lucha armada, y hubo quienes, como en toda guerra, se convirtieron en criminales (es el ejemplo del grupo de “Los enfermos”, en los años setenta en Sinaloa), los movimientos guerrilleros no pertenecen a la historia de la delincuencia organizada, sino a la de la resistencia ante la barbarie. En Las pausas concretas, un libro que asume su responsabilidad de prestar testimonio de una etapa de la historia del estado de Guerrero, vemos la disyuntiva recurrente de individuos y comunidades que, ante el hambre y el abuso, debían optar por emigrar o incorporarse a la lucha armada. Nos enteramos, casi como al paso de tan normal que se había vuelto, de las violaciones constantes que sufrían las mujeres de los pueblos indígenas, de cómo apenas cumplían doce años los niños ya se volvían sospechosos para el ejército, de ejecuciones públicas en las canchas de algunos poblados. Son tan terribles, que aún señalándolos con el dedo es casi imposible poner los hechos bajo la luz: en su descripción exacta, se vuelven inverosímiles. Ya había dicho José Revueltas, en su introducción a Los muros de agua que “lo terrible no es lo que imaginamos como tal: está siempre en lo más sencillo, en lo que tenemos más al alcance de la mano y en lo que vivimos con mayor angustia y que viene a ser incomunicable por dos razones: una, cierto pudor del sufrimiento para expresarse; otra, la inverosimilitud: que no sabremos demostrar que aquello sea espantosamente cierto”.

¿Cómo, pues, es posible hablar del horror? ¿Cómo lidiar con el vacío que deja tras de sí?

En Las pausas concretas, Roberto Ramírez Bravo ha optado por contar la historia de una pareja que se construye en medio de la vorágine violenta, sin restarle importancia a ésta pero colocando en el centro de la trama la capacidad de sus personajes para no renunciar a su dignidad a pesar del miedo. Atalo es un hombre derrotado por la vida, que a los 52 años, como los ciclos temporales prehispánicos, consigue rehacerse a sí mismo cuando se topa con María Soledad, la hija de un guerrillero legendario, que a su vez llega con su propio hijo. Juntos se convierten en un símbolo de resistencia, más que por lo que hagan, pues, como insisten una y otra vez, ellos no han hecho nada, por su voluntad de buscar su felicidad aun siendo perseguidos por el ejército.

María Soledad es una mujer extraña, que cuenta historias que aparentemente se hacen realidad. Éste es un elemento desconcertante en el libro, que junto a otras imágenes y escenas parecería un regreso al realismo mágico: una niebla transfiguradora, un ovni que aparece en La Montaña. Pero lo que en el realismo mágico eran fenómenos que no alteraban la vida sino que eran parte de la vida cotidiana, estas escenas son en Las pausas concretas una estrategia para lidiar con el horror. En este mundo, lo atemorizante no son las historias de aparecidos, sino las de los desaparecidos, y lo ominoso es articulado por medio de una fantasía que mueve a los personajes, los hace rebelarse y resistir.

Escribir de esta manera, en efecto, es una forma de resistencia: es no aceptar el horror como una historia sobre la que no se tiene poder alguno. Porque escribir, siempre, implica tomar decisiones éticas y estéticas. La realidad no se presenta ya desde siempre escrita de una forma que sólo espera ser trasladada al papel, sino que debe ser reconstruida y acentuada para poner de relieve aquello que se pierde en el realismo, esa palabra vieja y cómoda que a veces nos libera del trabajo que supone representar al mundo intencionadamente. Hacer literatura implica intervenir a la realidad desde una propuesta lingüística personal, no como un mero ejercicio de estilo, sino para hallarle nuevos sentidos a los acontecimientos; aún más, para construir otros acontecimientos, los que han sido desterrados de lo humano, los que no caben dentro de lo recordable.

Además de cumplir con la obligación de ser una historia bien contada, Las pausas concretas hace una afirmación que exige ser escuchada en una época en la que no parecemos entender cómo se nos jodió el país: la memoria no es un asunto del pasado, sino algo que nos constituye, una historia inscrita en nuestro cuerpo inclusive cuando intentemos olvidarnos de ella.

El autor tiene maestría en Creación Literaria por la Universidad de Texas en El Paso y es postulante a doctorado en Lengua y Literatura Hispana en la Universidad de California en Berkeley, y autor de las novelas Trabajos del reino, y Señales que precederán al fin del mundo।


http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2009/11/14/index.php?section=opinion&article=002a1pol


martes, 3 de noviembre de 2009

Comentarán "Las pausas concretas" de Roberto Ramírez Bravo

Comentarán "Las pausas concretas" de Roberto Ramírez Bravo
Cultura - Lunes 2 de noviembre (15:00 hrs.)


  • El libro aborda temas como la guerra contrainsurgente de los años 70
  • La presentación será el próximo miércoles en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes

El Financiero en línea

México, 2 de noviembre.- Una historia narrada a varias voces, desde diferentes perspectivas y tiempos, es la que presenta el escritor mexicano Roberto Ramírez Bravo, en su libro "Las pausas concretas", en el que aborda entre otros temas la guerra contrainsurgente de los años 70.

A presentarse el próximo miércoles en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes, la obra será comentada por Yuri Herrera, José Dimayuga y el propio autor, en un acto moderado por Gabriela Conde.

"Las pausas concretas" es un libro escrito con una prosa fluida y clara, que por momentos hace reflexiones filosóficas sobre lo que significa la muerte, el amor y la vida en general.

La primera parte del relato se cuenta en tercera persona y expresa cada detalle del ambiente en que se desenvuelven las peripecias de los protagonistas y sus allegados. Luego, los personajes cobran voz y se convierten en los narradores de sus propias aventuras.

Una característica importante de la obra, señala un comunicado, es el manejo de los tiempos: ocupa el pasado para contar la vida de cada actor del relato; narra el futuro de algunos de ellos para resolver varios enigmas que existen dentro del escrito, y utiliza el presente como base de toda la novela.

El quehacer del autor como periodista y escritor se observa al presentar "Las pausas concretas" como un juego de espejos entre grupos de escritores que crean una novela colectiva sobre uno de los personajes claves en este relato.

La obra cuenta la historia de Atalo Francisco, un acapulqueño maduro que no encuentra sentido a la vida: su esposa murió años atrás y sus hijos que residen en la ciudad nunca lo visitan.

En medio de este panorama y de una tarde lluviosa, María Soledad -la ahijada de la que apenas recuerda haber bautizado hace mucho tiempo-, llega a verlo con su hijo. La muchacha busca alojamiento y apoyo ya que su familia ha sido atacada por apoyar a los insurgentes de la región.

El protagonista encuentra un motivo para existir y tiene una nueva familia a quien cuidar. Al principio, sus vidas están llenas de bonanzas.

No obstante, María Soledad comienza a tener problemas con el pueblo y las autoridades de éste, pues relata cuentos fantásticos que, con el paso del tiempo, se hacen realidad: la existencia de una niebla que impide el trabajo en la región, el inicio de una serie de represiones y la caída de un ovni.

De una manera acertada, Ramírez combina la fantasía y la realidad, pasando por reflexiones de la vida, que hacen que el lector desee seguir la lectura de cada renglón del texto। (Con información de Notimex/TPC)





martes, 8 de septiembre de 2009

De pausas y de guerras

JUDITH SOLÍS TÉLLEZ*

De pausas y de guerras

Una temática recurrente que se asoma en los libros de estos lares es la guerra sucia. Recordemos que en Guerrero unos 600 desaparecidos a raíz de la violencia ejercida por el Estado en la década 1960-1970. En la literatura guerrerense comienza expresarse el duelo de la memoria colectiva, la amargura por desconocer lo ocurrido con los seres amados desaparecidos, la violencia de un tiempo que truncó numerosas familias, diversas posibilidades de vida.

Los ecos de la guerra sucia se expanden en la literatura guerrerense. Desde la referencia obligada a Guerra en el paraíso (1991), en donde Carlos Montemayor novela magistralmente las guerrillas rurales de Genaro Vázquez y de Lucio Cabañas. El trauma colectivo –consecuencia de la guerra sucia transcurrida– ha empezado a expresarse en los diversos géneros y desde variados puntos de vista.

En el género dramático Felipe Galván escribió la obra de teatro El amigo Miguel. En la narrativa Baloy Mayo trata esta temática en algunos relatos de Insolación en el trópico (2000); Enrique González Ruiz relata la “biografía no autorizada de Acosta Chaparro” en Dos cuentos de la guerra sucia (2004). En el libro de relatos Tempestades (UAG, 2005), Enrique Galeana Laurel recrea diversos aspectos de lo ocurrido en Atoyac: desde el inicio de los conflictos escolares que desembocaron en el mitin del 18 de mayo de 1967, cuando el profesor Lucio Cabañas se ve obligado a escapar a la sierra e iniciar su movimiento armado. Incluye, asimismo, una lista de los desaparecidos.

Arturo Martínez Reyes escribe el poema Perdidos en la guerrilla: “Madres, con gotas del alma/ huelen la sonrisa,/ esperan de sus vástagos, la silueta o los huesos (La piel se retuerce en el tiempo, taller Alebrije, 2004 p.44). El dolor por la ausencia del padre desaparecido se manifiesta en dos textos: Voces acalladas, vidas truncadas. Perfil biográfico de Rosendo Radilla Pacheco, UAG, 2002, de Andrea Radilla; y el drama poético No es el viento que disfrazado viene (Ayuntamiento de Acapulco, 2004), de Jesús Bartolo.

También Roberto Ramírez Bravo trata esta temática en su libro Hace tanto tiempo que salimos de casa (Conaculta, IGC, 2005) en el cuento Soldado en donde da la versión desde un narrador-personaje, miembro del Ejército: “Yo lo maté, padre. No me había hecho nada. No violó a mi mujer ni asesinó a mis hermanos, ni tiró mi troje, ni incendió mi pueblo... Decirle que fueron órdenes no sería exacto. Sí nos mandaron a acabar con los guerrilleros”.

Ahora Roberto Ramírez Bravo continúa con esta temática en su primera novela Las pausas concretas (Editorial Praxis, 2009), en donde entreteje a través de diversas voces narrativas el pasado y el presente de la guerra sucia. Los diversos movimientos guerrilleros aparecen encadenados a través de personajes de diversas generaciones: el abuelo, la hija, el nieto. Predomina el narrador omnisciente en tercera persona que asume la conciencia de los diversos personajes: Atalo Francisco Pineda del Rosario y María Soledad, Martincito, Alicia, los participantes del taller literario de Acapulco, Martín Terrones y otros más. Hay asimismo uso de la primera persona por medio de los apuntes del cuaderno de María Soledad y en el monólogo interior de Martincito.

Otras voces se escuchan por medio de la novela en la que integrantes del taller literario van escribiendo de manera conjunta la historia de Atalo Francisco y María Soledad.

Atalo Francisco Pineda es una especie de Quijote moderno, cincuentón, pobre, viudo, lejos de sus hijos; aunque a diferencia de don Alfonso Quijano, no quiere emprender aventuras ni enderezar tuertos, lo único que quiere es morirse de una buena vez.

Lo onírico ocupa un lugar destacado, el sueño que se confunde con la realidad. A través de la niebla que invade su casa, su pueblo, el puerto, se simboliza esa pausa en donde se detiene la vida anterior de vivo-muerto del personaje solitario que añora con desesperación a su mujer muerta, a un vivo que teme vivir intensamente el amor entre la persecución y la huida con la magia de las historias de María Soledad que los conducirán hasta una nueva y última pausa, la de la muerte.

La magia de la vida cotidiana en donde se da la búsqueda del niño saurín nacido con la cabeza grande (p.72), los conejos que se multiplican con la llegada de María Soledad y las mariposas de mil colores que revolotean alrededor de la casa del protagonista. La magia de las historias que cuenta María Soledad con las que cautiva a la gente que asiste en multitud a escucharla y que posteriormente la hace sufrir de persecución, ya que esas reuniones son sospechosas para el ejército, sobre todo porque la que reúne a tanta gente es la hija de un luchador social.

La historia está enmarcada por el suceso extraordinario de un ovni que aterriza en San Marcos y al que sólo la música que toca un niño puede abrir.

Hay una mirada irónica respecto a los soldados que pareciera pueden tratar de la misma manera a los extraterrestres que a los guerrilleros, buscándolos, golpeando a la gente del pueblo para lograr información.

La novela está dividida en tres partes: la primera nos da la imagen de derrota de Atalo Francisco, sus ideas del suicidio. Personaje solo, viudo con sus hijos lejos. Empleado bibliotecario. Los días de lluvia parecen tener un significado especial: en un día de lluvia conoció a quien sería su esposa; en un día de lluvia había nacido su hija y en un día de lluvias otra de sus hijas se había escapado con el novio. La llegada de María Soledad al Pedregoso y el aterrizaje de un ovni en San Marcos. Llueve ese día, también, aparentemente sin sorpresas. La magia de la vida cotidiana, aún cuando la vida parezca una rutina sin sorpresas.

En la segunda parte trata sobre Alicia, que estaba enamorada platónicamente de Atalo y cómo la magia de su risa-gemido-grito de placer cuando está por primera vez en los brazos de un hombre logra que el ovni pueda cerrar su puerta y emprender el vuelo. En la tercera parte presenciamos la huida hacia la montaña de Atalo, María Soledad ya como marido y mujer. María Soledad que pierde su capacidad de contar historias cuando se las cuenta a José Saramago, quien aparece aquí como un personaje que busca ayudarla a escapar de la persecución, pero es curada por los chaneques que le piden que cuente su historia. Martincito, con la ayuda del doctor Bertoldo, logrará huir a Francia.

Esta novela se desarrolla en Acapulco, en algunos lugares ubicables en el zócalo: la biblioteca en donde trabaja el personaje principal; el café donde se reúnen los escritores acapulqueños quienes aparentemente escriben la novela, pero que a su vez son imaginados por María Soledad; el malecón, el mar, los pueblos El Pedregoso y San Marcos.

El caminar, la búsqueda son los motivos de sus varias narraciones. El buscarse a sí mismo y no encontrarse y perderse en el alcohol o en la locura (El, Soledad, Sólo cantaba el mar, cuento de Hace tanto tiempo que salimos de casa). También la época del rey Lopitos y la política represiva contra los periodistas en Sólo cantaba el mar. Los cuentos nos cuentan otras épocas y como reflejo nos sitúan en ésta.

Roberto Ramírez Bravo nos introduce así en su mundo narrativo: con ironía y malicia, y contemplamos nuestro país con sus políticas y corruptelas, lejos del tremendismo y de la búsqueda de un mensaje, con la mirada incisiva que lo mismo descubre el valemadrismo en el que concluyen las investigaciones policiales, como las diversas perspectivas de la guerra sucia. n

* Profesora-investigadora de la Unidad de Filosofía y Letras de la UAG, doctora en Literatura por la UAM।


*Roberto Ramírez Bravo presentará Las Pausas Concretas en la Cd de México éste jueves 10 de Septiembre en la Casa Guerrero ubicada en la delegación Coyoacán


http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2009/09/06/index.php?section=opinion&article=002a1soc

sábado, 6 de junio de 2009

Las pausas concretas

Roberto Ramírez Bravo presenta en su libro más reciente, Las pausas concretas –a punto de salir a la circulación con el sello de editorial Praxis–, una novela de amor en medio del horror de una persecución política y militar, parte de la historia reciente del sur del país. Con autorización de la editorial y su autor, La Jornada Guerrero presenta un adelanto para sus lectores, donde se narra una versión libre de la matanza de El Charco
La pausas concretas

ROBERTO RAMIREZ BRAVO 

Narciso Santiago Mendoza despertó a las once de la noche con sobresalto. Los había oído: era claro el ruido de motor de varios vehículos potentes, y los pasos de más de cien botas militares al diseminarse por la montaña.

O no: más bien los había soñado. Después se sabría que los soldados habían dejado los vehículos en la comunidad de Tepuente, a varios kilómetros de distancia, y habían hecho el camino a pie hasta El Charco.

Pero Narciso Santiago sintió sus movimientos desde las once de la noche y no pudo volver a dormirse. No sabía qué hacer. ¿Debía ir a la escuela y avisarle a la gente dormida ahí de la existencia de un peligro grave? ¿Pero cómo les explicaría? ¿Qué razón podría dar él de qué tipo de vehículo y qué tipo de personas eran las que había detectado?

No hizo nada. Esperó. No supo a qué hora de la madrugada escuchó los gritos.

–¡Sálganse, perros muertos de hambre!

Y al poco rato:

–¡Sálganse, putos!

Apenas entendía lo que decían, porque su español era muy deficiente. Monolingüe, como la mayor parte de sus vecinos y su familia, sólo podía comunicarse en mixteco, aunque identificaba algunas palabras de español.

En la escuela primaria –apenas dos aulas y una cancha, ubicadas en la pendiente de la montaña- dormían indígenas de varios pueblos aledaños que al día siguiente pensaban participar en una asamblea general comunitaria. Los de El Charco dormían en sus casas, sólo los visitantes ocupaban la escuela, con todo y sus hijos.

Después de los gritos empezaron los balazos. Las ráfagas de metralla se impactaban con las paredes de los salones de clases, ubicados casi a la intemperie pues las ventanas eran sólo un hueco rectangular que recorría toda la construcción a lo largo.

Desde su lugar privilegiado, pues era vecino de la escuela, Narciso Santiago veía la escena con claridad cuando la luz de los disparos se lo permitía. Alcanzó a ver a los niños tirados en el piso, a los demás campesinos protegerlos y a los hombres de afuera disparar de modo intermitente.

Según el parte oficial, la balacera se mantuvo desde las cuatro de la madrugada hasta las once de la mañana, sin embargo, a él le pareció que duró una eternidad.

De los salones provenían gritos de vez en cuando: “¡No disparen, no estamos armados!”.

Narciso Santiago vio a su compadre Honorio García Lorenzo cuando, en la histeria total, abrió la puerta del salón de clases y salió al patio de la escuela y, corriendo, se fue a hincar con las manos extendidas. Dijo en lengua mepha'a: “perdónennos, nosotros no tenemos armas, no tiren”.

Pero nadie lo perdonó. Una ráfaga terminó su suplicio.

Adentro del salón otro campesino hizo un movimiento inútil apenas salió Honorio García, para cerrar la puerta que aquél había dejado abierta e impedir el acceso de los militares al salón. Una bala atravesó los tabiques de la pared. El rastro de su sangre quedó señalado a partir del orificio, y se deslizó lento por el muro, dejando una estela temblorosa hasta el suelo, donde la silueta de su cuerpo quedó marcada con un rojo brillante.

Narciso Santiago escuchó el llanto de los niños en la escuela y se apretó contra sus propios hijos, que estaban espantados y lloraban, también tirados en el piso. Luego se preguntó en mepha'a: “¿por qué no termina todo esto?”.

Cuando amaneció, el tiroteo era ya más espaciado. Sólo entonces los militares entraron a la escuela. Pero Narciso Santiago no pudo verlo, porque como culebra por el monte, con sus hijos pequeños y su mujer, se había escapado rumbo a la parte alta de la montaña. Por la barranca habían llegado los militares y habían sitiado la escuela, donde después dirían que había un cónclave guerrillero. Por eso él y su prole tomaron el rumbo de la montaña y en cuanto pudieron, junto con varias familias de aquel poblado, empezaron el desplazamiento de cinco horas hacia la ciudad de Ayutla.

En la cancha el general daba las órdenes desde uno de los vehículos tipo hummer estacionados en esa área. En la calle junto a la escuela se colocaron tanques de guerra, mientras el cielo se ennegreció con los helicópteros militares.

–¡Ahora sí, guerrilleros de mierda, van a ver lo que es bueno! –dijo el soldado que abrió de una patada la puerta del primer salón de clases.

Todo el pizarrón estaba lleno de agujeros, y en el suelo muchos cuerpos ensangrentados estaban tirados, unos para protegerse y otros porque estaban muertos. El soldado escogió a cuatro hombres: Mario Chávez García, Daniel Crisóforo Jiménez, Manuel Francisco Prisciliano y Fernando Félix Guadalupe, y les ordenó que se dirigieran a la cancha, donde ya había vehículos jeep y camionetas de redilas del ejército.

Ahí les ordenó que se hincaran, uno junto al otro. Luego, sin decir palabra, les disparó en la cabeza. Cuando apilaron todos los cadáveres en la cancha, once en total, el militar ordenó a unos de sus compañeros que los vistieran y éstos les colocaron paliacates en el rostro y les quitaron los guaraches para calzarles botas tipo militar, nuevecitas, sin rastros de haber pisado nunca el lodo de ninguna montaña.

Todos los muertos tuvieron el mismo tratamiento. A los que llevaban calzón de manta, la vestimenta indígena tradicional, les colocaron pantalones de mezclilla, pero los operadores no cuidaban de vestirlos bien y los dejaban con la bragueta abierta y el cinturón sin abrochar. No importaba: ya vestían el uniforme guerrillero.

Los heridos fueron llevados en helicópteros al hospital militar en Acapulco, y los que no estaban muertos ni heridos, fueron llevados al cuartel militar y luego a la cárcel. Hubo otros cadáveres que no fueron mostrados a los periodistas que empezaron a llegar al lugar después del mediodía: eran los niños. Uno de ellos, bebé de un año aproximadamente, dejó, como único testimonio de su presencia en ese lugar, un guarachito sin su par y un biberón manchado de sangre.

El resultado de esa noche fue de 22 personas detenidas, cinco niños entre ellos, y once muertos y cinco heridos. Ningún soldado recibió ni siquiera un rasguño. Según el parte oficial, en la escuela había guerrilleros que atacaron al ejército cuyos batallones por casualidad hacían un recorrido nocturno en las montañas de la región indígena.

Cuando los periodistas llegaron al lugar, pasado ya el mediodía, el general se dirigió a uno de ellos que era su amigo, lo llevó aparte y le narró en exclusiva lo que había sucedido.

–¡Qué heroísmo de los guerrilleros, qué valor –le dijo–: aunque ya estaban derrotados, no se rendían y seguían disparando! ¡Qué heroísmo, qué valor!.

http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2009/06/06/index.php?section=sociedad&article=012n1soc

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