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domingo, 20 de junio de 2010

In memoriam

In memoriam
Los días de nuestra edad
Carlos Monsiváis
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Carlos Monsiváis bailando con Elena Poniatowska en el salón Margo, en el cumpleaños 50 del escritorFoto Fabrizio León
L
os días de nuestra edad son setenta años
Salmo 90: 10
De las fechas que me han marcado guardo la memoria que corresponde, casi siempre legendaria. Debido a limitaciones de Natura, carezco de recuerdos de mi nacimiento o de mi muerte y –tal vez menos significativos o menos fuera de mi control que el nacer y el morir– los otros acontecimientos relevantes de mi vida han quedado a cargo de una combinación desigual de lo objetivo y lo subjetivo, es decir y por lo general, de la invención y del olvido. En lo íntimo, recuerdo la hora y las circunstancias del fallecimiento de mi madre, y en un nivel distinto, pero también de consecuencias interminables, la muerte de algunos parientes y de varios amigos. No suelo hablar de estos asuntos y no me refiero a ellos por escrito, al no sentirme capaz de narrar la agonía de un ser querido, los gestos y los sonidos de la vida que se extingue, o de referir mis reacciones al enterarme de los sucesos.
Al asimilarse como hechos de la vida personal, los grandes acontecimientos políticos y sociales se prestan siempre a la evocación mitológica. Así y por ejemplo, las preguntas que sitúan en un mapa anímico inexorable, tipo: ¿Cómo te enteraste del asesinato de John Kennedy?, o ¿Cuál fue tu reacción al oír de la muerte de Luis Donaldo Colosio?, que son al fin y al cabo retórica de las encuestas, porque implican la sacralización de un hecho, y por minimizar y agrandar a la vez al sujeto del interrogatorio. Todos nos ubicamos ante los grandes acontecimientos de la nación y del mundo, llamados llana o confianzudamente la Historia; todos inventamos un perfil cívico al expresar nuestra respuesta; todos memorizamos nuestras reacciones.
En mi caso, habitante de la ciudad de México, tengo muy presente el 2 de octubre de 1968, evidente parteaguas histórico. En mi repertorio de datos incluyo los telefonemas que hice en la mañana de ese día, y recuerdo mis comentarios sobre el desgaste del Movimiento y el cerco en su derredor (esto no es hazaña mnemotécnica alguna, no se hablaba de otra cosa). También, en la tarde, una conversación muy prolongada con un amigo que retrasó mi arribo a Tlatelolco, donde atestigüé, en el Paseo de la Reforma, el momento de la fuga colectiva, de las denuncias a gritos y el pavor que se impregnaba; el recorrido veloz por las calles, la búsqueda de transporte, el viaje aciago a la Ciudad Universitaria casi desierta. Tengo muy presentes los rumores y el clima de agravio y alarma. Luego, ya en mi casa, la contemplación febril de los noticiarios, el telefonema de Leonardo Femat, que me hace oír los treinta minutos de grabación del fuego cruzado, y más tarde, los testimonios alucinantes de Nancy Cárdenas, Beatriz Bueno y Luis Prieto, quienes salieron justo a tiempo de la Plaza... Y las reuniones del 2 de octubre de 1969 y 1970 en casa de Selma Beraud para conmemorar el dolor y la rabia ante la impunidad. Los hechos figuran en mis recuerdos, pero he elaborado y relaborado mi estado de ánimo de ese día a lo largo de 35 años, y mi recuerdo actual está bastante más cerca de la efeméride que de la vivencia.
Otro tanto me sucede al evocar el 19 de septiembre de 1985. Supongo que en el tiempo sicológico ese día duró demasiado, al ir del miedo y el estupor a la combinación de alivios y tristezas. En tumulto, se añadieron rumores y detalles, las caminatas despiadadas, las llamadas perdidas, la impresión de habitar una ciudad paralizada y a la vez renovada por un espíritu distinto, la solidaridad nueva... No, esto último es un añadido, las presiones y las desolaciones del 19 de septiembre no admitían el juego de las moralejas sociológicas. Sólo al día siguiente, luego del segundo temblor, advertí lo obvio: el surgimiento casi formal de la sociedad civil (démosle ese nombre) y su toma de poderes, al no hablarse todavía de empoderamiento. Y así, al cabo de incontables repeticiones, el 19 de septiembre se ajusta al debut formal de una especie inesperada y ya imprescindible. Esto unifica mi experiencia, pero modifica a fondo mis recuerdos, al encuadrar en un solo molde el coro de impresiones y voces y temores y valentías.
Tampoco me fío de mis notas mentales sobre las fechas que anuncian etapas emotivas, por lo común, los hechos que convierten a cada persona en institución de sí misma. Quedan esos días como las fábulas requeridas de placas conmemorativas, como aquel augurio que no supe leer con agudeza, o la premonición póstuma por así decir. Quién hubiera dicho que alguien así me importara tanto por tanto tiempo... Y como todos, mezclo en cada etapa la costumbre de entonces con la idea actual de mí mismo. Las tabulaciones personales también cumplen sus bodas de oro.
¿Qué hacer con las fechas? En materia de evocaciones, su función principal es exorcizar la anarquía de los recuentos. Al existir en efecto el Star System de los días relevantes, y al exceptuarme de bautismos, primeras comuniones y bodas con la familia reunida alrededor de un solo chiste y una sola felicidad mientras más actuada más genuina, advierto en el calendario un conjunto más bien huidizo, con muy escasos deberes cronológicos. Y lo más fastidioso y lo mejor de los días culminantes en mi vida es su condición irretornable. No es sólo lo que hice entonces (reconstruido), sino, como suele suceder, el atender en demasía lo negociable con el olvido. Al no existir para mi desdicha los Museos de las Emociones Límite, nunca recupero las fechas determinantes en su diafanidad, sino, de modo clásico, las localizo en el sitio donde las recordé la última vez; por supuesto, en algo o en mucho diferente del lugar de la penúltima. Se vuelven proteicos la furia y la desesperación, la esperanza y el júbilo comunitarios, el deseo y el placer de asir como se pueda las experiencias. Detente, oh momento, eres tan bello por tan imposible de evocar con justeza. ¿Y qué es lo determinante entonces? Aquello donde –por así decirlo– uno ya no distingue entre sentimientos y razonamientos. Entre las emociones del día de la boda, supongo, se encuentra en primer término la institucionalidad del acto. Y esto se instala en la foto del matrimonio y la inauguración formal de una dinastía. Y lo sojuzga todo la indistinción entre lo que se vive y lo que se debería vivir, desde la publicación del primer libro a cualquier acto donde se establezca la alternativa dogmática: o uno memoriza sus reacciones y al hacerlo las fabrica, o se renuncia al punto de vista fijo, lo cual también es una falsificación.
Desde 1985, la pandemia del sida me resulta una sola fecha aterradora, poblada de episodios que se repiten inexorablemente, y que varían con los grados diversos del afecto y la importancia que le atribuyo a la persona y la calidad de la atención médica. He perdido amigos muy cercanos, y, también, amigos que me importaban sin yo saberlo con precisión. Los fallecimientos sucesivos se unifican, no tanto por el poder nivelador de la muerte, sino por ese vislumbre que abarca a unos cuantos y, con el fulgor abstracto de la estadística, a decenas de millones de personas, el holocausto al que impulsan la desinformación, el prejuicio aterrador, la homofobia y las políticas genocidas de los que continúan penalizando moralmente la enfermedad y se oponen con histeria a la distribución, e inclusive a la mención, de los condones. (Aquí destaco el papel del clero católico). La pandemia como una sola fecha incesante.
El santoral privado señala una parte del proceso de fijación de la vida a través de capítulos de la memoria. Y por lo común, los días ya rituales de cada uno participan ampliamente de la mezcla de nostalgia y narrativa algo tramposa. De esto, por supuesto, no me exceptúo.
Texto publicado en La Jornada, el 4 de mayo de 2008, con motivo de su cumpleaños 70.
http://www.jornada.unam.mx/2010/06/20/index.php?section=opinion&article=018a1pol

El problema con Monsi

El problema con Monsi
Hermann Bellinghausen
E
l día que murió Monsiváis la ciudad se puso a llover, como era de esperarse. Reinaba una especie de desconcierto. Como en The Trouble With Harry, aquella excelente comedia negra de Alfred Hitchcock (1955), sabemos que está muerto, pero no sabemos dónde ponerlo. Desde el niño catedrático de la radio (ca. 1950) al consumado muralista de Apocalipstick (2009), su más reciente mejor libro (ni de lejos el último), Monsiváis salió a todas las bolas y ninguna cancha le vino grande.
El problema con Monsi es que fue tantas cosas (cronista, editor, ensayista, traductor, satírico, figura pública, compañero de todas las luchas del pueblo mexicano, historiador, divulgador, declarante perenne al pie el cañón, antologador, memoria de elefante para la trivia, la erudición y la fulminación del enemigo con el vigor de la lengua). Pero también fue muchas otras que se supone no fue (narrador extraordinario, poeta secreto, maestro sin aulas ni muros) y otras que se supone que no debía ser (proclive a las minorías, eterno naco en el Olimpo de las letras, el único intelectual mexicano capaz de ir la televisión comercial, echarse un tiro con cualquier idiota ventajoso y salir no sólo vivo del intento, sino vencedor).
Fue il miglior fabro del periodismo mexicano y de decenas de obras literarias ajenas que hoy son parte sólida de la cultura en nuestra lengua. Pero también personaje de historieta (Chanoc, Fantomas, sus queridos Burrón), aunque para los caricaturistas era una batalla perdida porque no había mejor caricaturista de Monsiváis que él mismo, y se dio el gusto de reunir una colección-archivo definitiva de la tradición monera nacional, incluyendo comiqueros inesperados como Toledo, Orozco o Cuevas.
El problema con Monsi es que los intelectuales que dicen no entenderle en realidad le entienden demasiado bien, y eso les resulta insoportable. Como nunca perteneció a nadie, acabó siendo de todos. Irreductible, independiente, temible, entrañable, hilarante, erudito, con capacidad borgeana para la lectura y estómago de zopilote para lo que muchos consideran basura, como Samuel Beckett en Irlanda, fue el mayor escritor de su tiempo, y protestante en un país católico. Eso le permitió vivir sin tragarse el cuento de la Iglesia, y aunque lo acusaran de jacobino y juarista, no dejó ir con plumas a ningún cardenal, a ningún curita hablador, a ningún ultraderechista de Provida. Vio venir antes que nadie la victoria del PAN y nunca lo dejó en paz. De Fox en adelante, hasta de profeta podríamos haberlo acusado.
No obstante, nada lo regocijó más que los declarantes del siglo: PRI, los Fidelazos, presidentes, diputados, gobernadores, candidatos, ideólogos, publicistas y matachines en turno. Por mi madre, bohemios, la columna volante que documentó nuestro optimismo durante décadas, fue una cátedra cotidiana de cómo leer los medios, cómo leernos, cómo ser atroz espejo para las víboras, sana fuente de risa, camarada de las causas justas. Además escribía parodias con prosa hirviente; deben existir centenares en revistas, periódicos, programas radiofónicos (suyo fue, en Radio Universidad, el inolvidable El cine y la crítica, en pleno diazordacismo).
Podrían ponerle una estatua como héroe de la libertad de expresión. El problema es que no sería suficiente. Él encarnaba esa libertad, siempre le ensanchó las fronteras, de palabra y acción. Les aprendió a Tom Wolf y sus compinches del new journalism el único secreto verdadero: hay que estar ahí. A diferencia de sus modelos gringos, siempre se mantuvo del lado correcto. Su dimensión ética lo hace comparable a Karl Kraus y fue marxista línea Groucho.
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Perchero con la ropa de Monsi en el estudio del escritor y periodistaFoto Barry Domínguez
Intelectuales, poetas y narradores tenían que tragárselo, invitarlo a sus meriendas, hacerle ojitos, aunque hablaran pestes de él a sus espaldas. Entendió a Carlos Fuentes mejor que éste mismo, y eso no se perdona. Admiró al poeta Octavio Paz por encima de lo que éste lo supo respetar nunca. También fue el primero es contradecir cuando el bardo decía lo que no. Y Paz, no sabiendo qué hacer con ese rival invencible, lo llamaba ocurrente.
Para los conservadores, grandes empresarios, funcionarios culturales, los represores y los farsantes del ágora pública, Monsiváis nunca fue ni será suyo. Simplemente, era ese genio inaprensible que podía entrar a cualquier parte y hablar con quien se le pegara la gana. Nada mexicanamente humano le fue ajeno. Si Slim, los políticos o los banqueros lo sacaban a pasear, era Monsi quien les ponía la correa. Igual los magnates de la televisión, las estrellas.
El problema es que venía del pueblo y nunca salió de él. Estuvo con los obreros en huelga, los estudiantes masacrados, los indígenas en rebelión, los damnificados del terremoto mayor, con los chavos, las ñoras, los choferes y el pueblo-pueblo. Pero sabía de todo, era sabio, y también nos enseñó que la novela policiaca era literatura, y los albures, y las canciones de Agustín Lara. Que detrás del kitsch a veces hay una verdad soberbia y que todos somos hijos de Pedro Infante.
Entendió y tradujo a Wallace Stevens, parafeseó memorablemente a Allen Ginsberg (He visto las mejor mentes de mi generación), identificó la gran poesía del mundo y a los mejores poetas mexicanos del día a día, con una generosidad nunca vista y un rigor tan bien formado que de seguro lo inhibíó para asumirse poeta, aunque lo era.
Tenía enemigos a montón, pero el verdadero problema son sus amigos. Nada más de nombrar a los meros meros cuates suyos necesitaríamos la Sección Amarilla, y para añadir a los conocidos, recurrir de plano al Inegi.
El problema con Monsi es que inventó una prosa, y durante medio siglo XX no descansó de tener ideas, y si no, puntadas, tan agudas que terminaban por convertirse en ideas, y de las buenas. No podía ser el Cronista de la Ciudad porque ya lo había sido Salvador Novo, o bien porque hay tantos que el título es una tontería. De su barrio San Simón en la Portales y el viejo Centro universitario a los momentos épicos de la urbe, las tragedias y las fiestas, siempre estuvo ahí, y si él estaba, pues todos éramos testigos. No extraña que admirara de la fotografía su condición democrática, pues fue el recipiente democrático por excelencia de nuestra vida civil. Él era todas las voces.
El problema con Monsi es que no hay manera de exportarlo, y difícil de traducir aunque no falten esforzados gringos que lo estudian y antologan en inglés. Me pregunto cómo se lee en Nueva York, Buenos Aires o Madrid. Tal vez sólo para nosotros no resulta exótico.
No sé cuándo se publique su último libro. Faltan muchos libros y años, si consideramos que la mayor parte de su obra publicada (un corpus monumental, incalculable) permanece dispersa en todas direcciones. No piensa dejarnos en paz, pues el problema con Monsi es que ni muriéndose va a morir. Nos dejó bien huérfanos, ni modo, pero aún hay Monsi para siempre.

 http://www.jornada.unam.mx/2010/06/20/index.php?section=opinion&article=017a1pol

Carlos Monsiváis

Carlos Monsiváis
José Emilio Pacheco
N
o puedo concebir un México sin la presencia ubicua de Carlos Monsiváis. Durante muchos años nos acostumbramos a leerlo, a escucharlo en conferencias por todas partes y en programas de radio, y a verlo en la televisión, a tal punto que parece imposible resignarse al nunca más.
Perdemos una conciencia crítica irremplazable. Nos queda, en cambio, una obra vastísima que empezó en Días de guardar (1970) y culminó en Apocalipstick (2009), uno de sus grandes libros.
Fue valiente, lúcido, implacable. Estuvo siempre con las minorías y los oprimidos. Esto lo saben todos. Menos apreciada es su labor de crítico literario y, en particular, de poesía. Era un excelente lector poético y, tal vez, el último que se sabía poemas de memoria.
Para mí es una pérdida irreparable. Termina una amistad de medio siglo, pero no acaba la deuda muy grande con su inteligencia y agudeza. Estuvimos juntos en muchas partes, desde Estaciones en nuestra adolescencia hasta las revistas de este siglo XXI.
Lo descubrí en Medio Siglo, donde publicó dos ensayos deslumbrantes, uno sobre novela policial y otro acerca de ciencia ficción. Son obras de un adolescente de 18 años y sin embargo pueden leerse como si hubieran sido escritos anoche.
Ante su muerte sólo podemos leerlo y releerlo, y darle al fin el sitio que merece entre los grandes escritores mexicanos de todos los tiempos.

http://www.jornada.unam.mx/2010/06/20/index.php?section=opinion&article=009a2pol

Comunicado del Movimiento Ecuménico Por Los Derechos Humanos- MEDH

  Comunicado del Movimiento Ecuménico Por Los Derechos Humanos- MEDH Los Organismos de DDHH de la República Argentina, abajo firmantes, repu...