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jueves, 11 de abril de 2013

Entrevista con Michel Foucault: El sexo como moral


Entrevista donde Foucault  analiza la sexualidad en la Antigua Grecia y su ética en la actualidad. 
E: ¿Sigue pensando que su primer volumen de la Historia de la sexualidad, publicado en 1976, es esencial para comprender cómo
somos?
M. Foucault: Bueno, actualmente me interesa más lo relacionado con las técnicas del yo que el sexo… El sexo es bastante aburrido.
E: A los griegos tampoco les interesaba demasiado ¿verdad? 
M. Foucault: Desde luego que no. Para ellos esa no era una cuestión importante comparada con lo que decían sobre la alimentación o el régimen. Me resulta sumamente interesante el lento desplazamiento de interés que se produjo desde la alimentación (una preocupación omnipresente en Grecia) hacia la sexualidad. Durante los primeros siglos del cristianismo también la alimentación era un tema de mucha mayor importancia que el sexo. Por ejemplo las reglas monacales revelan que el problema que atraía más atención era el de la alimentación. Luego detectamos un progresivo desplazamiento del interés a lo largo de la Edad Media, de modo que a partir del el siglo XVII el tema prioritario es la sexualidad.
E: El segundo tomo de su Historia de la sexualidad (El uso de los placeres) trata casi exclusivamente el tema del sexo.
M. Foucault: Sí. En ese volumen he tratado de mostrar que en el siglo IV a. C. el código de restricciones y prohibiciones de los griegos es prácticamente el mismo que el de los primeros moralistas y médicos del Imperio Romano. Pero creo que la forma que tenían de integrar estas prohibiciones relativas al yo es totalmente diferente. En mi opinión, la razón es que el objetivo principal de esta ética era estético. En primer lugar, esta especie de ética era únicamente un problema de elección personal. En segundo lugar, estaba reservada a una minoría de la población; no se trataba en absoluto de imponer un modelo de conducta para todo el mundo. Lo que se intentaba era, en realidad, tener una existencia hermosa y dejar en la posteridad un recuerdo honorable de la propia vida. Desde luego, esta especie de ética no era una tentativa de normalización aplicable al resto de la población. Leyendo a Séneca, a Plutarco y al resto de estos autores, me dio la impresión de que se planteaban un gran número de problemas relacionados con el yo (la ética del yo, las tecnologías del yo) A partir de ahí me surgió la idea de escribir otro libro que tratara distintos aspectos de las antiguas tecnologías paganas del yo. Se compone de diferentes escritos sobre el yo: el papel que tienen la lectura y la escritura en la constitución del yo, la experiencia médica del yo, etc. Lo que más me sorprende de la ética griega es que se preocupaban más de su propia conducta moral o ética, y de la relación que mantenían consigo mismos y con los otros, que de las cuestiones religiosas. ¿Qué ocurre tras la muerte? ¿Intervienen los dioses, o no? Estos son asuntos de poca importancia para ellos, ya que no estaban relacionadas con su ética. Además, esta ética no iba ligada a un sistema legal. Las leyes que regulaban la conducta sexual no eran muy numerosas ni tenían demasiada fuerza. A los griegos lo que les interesaba era constituir una ética que fuera una estética de la existencia. Pues bien, me pregunto si no se plantea en la actualidad un problema bastante similar, teniendo en cuenta que la mayoría de nosotros no creemos ya que la ética esté fundada en ninguna religión, ni deseamos que exista un sistema legal que regule nuestra vida privada. Por otra parte, los actuales movimientos de liberación no logran encontrar principios sobre los cuales sustentar una nueva ética. Aunque tienen necesidad de una ética, no encuentran más que pretendidos conocimientos científicos acerca de lo que es el yo, el deseo, el inconsciente… Estos paralelismos son sorprendentes. 
E: ¿Cree usted, entonces, que los griegos ofrecen una alternativa atrayente y plausible?
M. Foucault: Por supuesto que no; no busco soluciones fáciles. Un problema no se resuelve acudiendo a las soluciones que se propusieron en otros tiempos y para otras gentes. Mi intención no es hacer una historia de las soluciones, y por eso no puedo aceptar el término ”alternativa”. Más bien, lo que trato de hacer es hacer es una genealogía de los problemas y de las problematizaciones.  Aunque mi actitud no es apática, sino que conduce a un activismo que no excluye el pesimismo. 
E: Sin embargo, aunque la vida de los griegos no fuera perfecta, parece ofrecer una alternativa seductora al permanente autoanálisis del cristianismo.
M. Foucault: Bueno, la ética griega estaba relacionada con una sociedad puramente masculina, donde existía la esclavitud; una sociedad en la que las mujeres eran seres sexualmente inferiores y en la que, si estaban casadas, debían cumplir con su función de esposas.
E: La mujer estaba dominada, pero el amor homosexual, sin duda, estaba menos problematizado que ahora.
M. Foucault: Eso no es tanto como parece. En la cultura griega existe una abundante y destacada literatura sobre el amor de los muchachos, y los historiadores han visto en ello la prueba de que los griegos lo practicaban. Pero eso prueba también que esa clase de amor suscitaba problemas. En efecto, si no hubiera ningún problema, los griegos habrían hablado de él en los mismos términos que al hablar del amor heterosexual. Ocurría que se consideraba inadmisible que un joven destinado a convertirse en hombre libre pudiera ser dominado y utilizado como un objeto para placer de otro. Una mujer o un esclavo podían hacer el papel de pasivos, ya que ello formaba parte de su naturaleza y de su estatus social. Todas estas reflexiones filosóficas sobre el amor de los jóvenes prueban que los griegos no podían integrar esta práctica con normalidad en el ámbito de su yo social. Ni tan siquiera podían llegar a
imaginar que existiera la posibilidad de una reciprocidad de placer entre el muchacho y un hombre adulto. Así, Plutarco, por poner un ejemplo, cuando dice que el amor a los muchachos es problemático no es porque considere que ese tipo de amor sea contra natura. Lo que dice es: “No puede haber reciprocidad en las relaciones físicas entre un muchacho y un hombre”.
E: Hay algo que señala Aristóteles acerca de la cultura griega que usted no ha mencionado, pero que a mi me parece muy importante: el tema de la amistad. En la literatura clásica la amistad es el lugar del reconocimiento mutuo. Al leer tanto a Aristóteles como a Cicerón, parece que la consideran la virtud más elevada, pues es desinteresada y duradera, no tiene precio, y no niega el placer. 
M. Foucault: El uso de los placeres es un libro sobre ética sexual, no sobre el amor, la amistad o la reciprocidad. Es significativo que Platón, cuando trata de fundir la amistad con el amor hacia los muchachos tenga que desechar las relaciones sexuales. La amistad es recíproca, cosa que no ocurre con las relaciones sexuales: en las relaciones sexuales uno tiene que ser activo o pasivo, penetrar o ser penetrado. Donde hay amistad es difícil que existan relaciones sexuales; una de las razones por la que los griegos sintieron la necesidad de justificar filosóficamente este tipo de amor es que no se concebía la reciprocidad física. En el Banquete, Jenofonte nos dice que Sócrates señalaba que en las relaciones entre un adulto y un muchacho, este no es más que el espectador del placer del hombre; aún más, que es deshonroso para el muchacho sentir cualquier tipo de placer en la relación con el adulto. Lo que quisiera plantear, entonces, es lo siguiente: ¿somos capaces de tener una ética de los actos y de su placer que considere el placer del otro? ¿Es el placer del otro algo que pueda ser integrado en nuestro propio placer, sin referencia a la ley, al matrimonio o a cualquier otra obligación? (…)
E: ¿Y cual era el concepto que tenían los griegos de desviación?
M. Foucault: Según su ética sexual la diferencia no estaba en preferir a los mujeres o a los hombres, ni en hacer el amor de una u otra forma. Era más bien una cuestión de cantidad, y de actuar como activo o como pasivo; en ser esclavo de los propios deseos o maestro de ellos. 
E: ¿Y si alguien hacía tanto el amor que su salud podía resentirse? 
M. Foucault: Eso era lo que ellos llamaban “la hybris”, el exceso. No se planteaban el tema de la desviación, sino el del exceso o la moderación. 
E: ¿Y qué hacían los griegos con gente?
M. Foucault: Eran consideradas personas de mala reputación.
E: ¿Pero intentaban curarlos o llevarlos al buen camino?
M. Foucault: Bueno, existían ejercicios para que uno aprendiera a gobernarse a sí mismo. Epicteto afirmaba que uno debería poder mirar a una joven hermosa o a un muchacho bello sin sentir deseo por ella o por él. Para conseguir esto era preciso convertirse en maestro de uno mismo. En la sociedad griega existía una corriente de pensamiento que promovía la austeridad sexual; era esta una creación de gentes cultivadas que deseaban dar a su vida belleza e intensidad. Algo parecido ha ocurrido aquí desde el siglo XIX cuando, para alcanzar una vida más bella la gente ha tratado de liberarse de la represión sexual inculcada por la sociedad desde la infancia. En Grecia, probablemente Gide hubiera sido un filósofo austero. 
E: Así que, para alcanzar una existencia hermosa los Griegos eran austeros, mientras que nosotros buscamos la realización personal en la ciencia psicológica. 
M. Foucault: Eso es. Contamos con todo un tesoro de procedimientos, técnicas, y conceptos que han sido creados por la humanidad. No es que podamos reactivarlos, pero al menos podemos emplearlos como instrumentos para analizar la realidad actual y cambiarla. Desde luego, no podemos elegir el mundo griego en vez del nuestro, pero comprobar que algunos de nuestros principios éticos estuvieron ligados en cierto momento a una estética de la existencia puede constituir un análisis histórico útil. Durante siglos hemos estado convencidos de que existían relaciones analizables entre la ética personal que rige nuestra vida cotidiana y las grandes estructuras políticas y socio-económicas. Hemos pensado que no podíamos cambiar nada de nuestra vida sexual o familiar
sin que eso trastocara la economía, el sistema democrático, etc. Considero que deberíamos desembarazarnos de esa idea de que existe una relación necesaria entre la ética y las estructuras sociales, económicas o políticas. Esto no significa, naturalmente, que no existan relaciones, pero se trata de relaciones variables. 
E: Entonces, ¿qué tipo de ética podemos construir ahora que sabemos que entre la ética y las otras estructuras existe una coagulación histórica y no una relación necesaria?
M. Foucault: Lo que me sorprende es el hecho de que en nuestra sociedad el arte se haya convertido en algo que no concierne más que a la materia, no a los individuos ni a la vida, que el arte sea una especialidad hecha sólo por los expertos, por los artistas. ¿Por qué no podría cada uno hacer de su vida una obra de arte? ¿Por qué esta lámpara o esta casa puede ser un objeto de arte pero mi vida no?
E: Entonces, si el hombre ha de crearse a sí mismo sin recurrir al conocimiento ni a reglas universales ¿en qué difiere su planteamiento del existencialismo de Sartre?
M. Foucault: Creo que desde un punto de vista teórico, Sartre, a través de la noción moral de autenticidad, retoma la idea de que debemos ser nosotros mismos, es decir, convertirnos en nuestro verdadero yo. Pero podríamos ligar su pensamiento teórico con el concepto de creatividad, y no con el de autenticidad. Si el yo no nos viene dado, llegamos a una consecuencia práctica: debemos constituirnos a nosotros mismos, fabricarnos, crearnos como si fueramos una obra de arte.

http://sociologosplebeyos.com/2013/04/07/entrevista-con-michel-foucault-el-sexo-como-moral/

viernes, 11 de marzo de 2011

Oda al macho...

Oda al macho
 Hercilia Castro


Siento la mirada lasciva sobre los senos,
Esa que no se busca, esa que no se desea,
La noche palpita y mis piernas son recorridas,
Enfermos mentales, los hombres.

Y me pregunto si como macho me respetarían, si cual macho tendría ese lugar que siempre se busca, el respeto. Reniego de mi sexo porque odio menstruar, odio ser objeto de deseo, odio esa  turba de mujeres moralinas que han sido mal educadas.

Vivo en la falocracia, odiando el feminismo por sus incongruencias machistas, vivo repensando a cada instante el cómo cambiaría todo con otra cultura, repensando si la mujer de verdad quiere ser libre o es solo típica pantomima hormonal.

Reniego de mi sexo y acepto tener envidia del pene, a los machos se les respeta sean inmorales o no, se les enseña a ser fuertes, y pienso cuándo dejaran las mujeres de darles ese rol, ellos también  suelen ser débiles.
Mi sexo me limita, me debilita ante todos, mi sexo ha tenido trabajo muchas veces porque le miran las piernas, mi sexo descubrió hasta los 18 que los hombres buscan los senos y entendí, que el sexo maneja la sociedad, mi sexo aceptó no hay calificación de 10 si no tienes 90-60-90.

Mi sexo despertó un día criticado, porque no había tenido “sexo” y eso era anormal, mi sexo comprendió que en la escuela te enseñan reglas y una de ellas es que la mujer no debe pensar aunque lo haga, no es aceptable.

Mi sexo comprendió que los hombres machos por más de izquierda que sean, temen la libertad de la mujer así sean escritores, poetas,  periodistas o intelectuales, mi sexo entendió que decir 69 en público es mal visto desde la urbe hasta el campo, mi sexo lloró cuando los violadores eran “compañeros” de izquierda.

Mi sexo escucha que ya no tiene contrato laboral porque cuestionó las clausulas de la empresa, y fue despedido por la misoginia del macho y la hembra, esa, que dicen, debe ser respetada y es mezquina con la misma mujer la mayor parte del tiempo.

Mi  sexo soñó que existía el compañerismo y fue atacado de nuevo por un “compañero”, mi sexo entendió que las historias no importan, se venden al final al mejor postor, mi sexo vio que la mujer habla mucho, pero los dueños de los medios, todos, son hombres.

Mi sexo entiende te ayudan más si te ven indefensa, mi sexo ha visto mujeres manipular hombres y ser igual de esclavistas que ellos, mi sexo sabe no podría ser lesbiana pues no hay derechos así con más reformas que haya, es inaceptable, mi sexo grita es bisexual pero se sabe  en un mundo dónde no se puede dar amor a muchos sexos aunque se desee entregar.

Mi sexo observa gimoteos y pataletas de las mujeres por la igualdad, pero no las ve atreverse a no usar brasier ni rebelarse al billé o las reglas absurdas de la sociedad domada por el  imperialismo, mi sexo ve que los hombres-machos las prefieren calladas así tengan título, mi sexo sabe no se habla de sexo por muy liberales se digan, qué espanto dicen a mi sexo.

Mi sexo defendió mujeres violadas, niñas mancilladas, y vio también como una misma mujer dejaba libre al violador, a sabiendas era culpable, mi sexo ha observado a las mujeres romper sentencias y liberar corruptos, mi sexo sabe  el rostro de la maldad también se viste con tetas.

Pero mi mente sabe que el sistema no va a cambiar, no cambia más si hay educación, mi mente sueña con que a mi sexo lo respetaran y se hará respetar por fin la mujer.

Mi mente se pregunta si siendo macho obtendría contratos laborales duraderos en este mundo esclavista, mi mente vuela, nada, corre y sueña, las mujeres dejaran algún día de ser misóginas y machistas, que dejaran de prostituirse para obtener un cargo público, que ya no morirán durante el parto, que ya no venderán a sus hijos e hijas por usos y costumbres.

Pero también sabe el deseo mujeres y hombres adoran al mismo hombre.

Mi cuerpo se desdibuja en la letra, persigue mariposas durante la noche como gato sobre el tejado en su correría, se corre imaginando sueños de amor y libertad, mi cuerpo despierta caminando y cuando siente, el sexo, el sexo ha sido buscado y mancillado con la mirada del macho.

Penumbra que no termina, odio de la mujer que sigue atada a prejuicios y tabúes, me pregunto si me iría mejor siendo hombre, y el deseo de serlo, se queda atrapado en la mente mientras el sexo “débil” repite la incultura de la oda al hombre-macho…

Mi ser entiende que sólo es libre en el/la mar





martes, 9 de noviembre de 2010

El sexo salvaje del Dictador

Benito Mussolini era brutal en muchos sentidos. También en la cama. Lo deja bien claro su principal amante, Clara Petacci, en los diarios que escribió en los años treinta, contando con todo detalle sus encuentros sexuales con el Duce. Morbosas manías e intimidades que se publican ahora en España.

Si hubiese podido, hoy te habría penetrado con el caballo". El zoofílico piropo corresponde a la llamada de la una del mediodía del 26 de febrero de 1938, la primera de la docena que casi con puntualidad suiza realiza a cada hora y cada día sin falta desde hace casi dos años el dictador Benito Mussolini a su joven amante Clara Petacci, así Hitler haya iniciado el Anschluss, así las legiones italianas hayan entrado victoriosas en Tortosa en plena Guerra Civil Española. Y pobre de él si no lo hace. Enésima amante del Duce -"he llegado a tener 14 y a acostarme con cuatro cada noche", le confesará con pocos visos de exagerar-, parece que le tiene bien pillado. Se ha esforzado: a sus 13 años "ya te había ofrecido mi vida entera", le escribe mucho después Claretta, que pidió entonces a sus padres que la llevaran a un discurso del inflamado orador. Fotografías, recortes de prensa cual fan... Ahora, casi una década después, el azar se lo ha puesto fácil para marcar al líder de sus sueños: la hija del médico del papa Pío XI no tiene más que asomarse a la ventana para divisar la parte de atrás de los jardines del palacio Venezia de Roma, donde reside su caballero ideal.

Hipercelosa con fundamento, Petacci es, a sus 22 años, además, grafómana. Y por ello puede seguirse al detalle el pensamiento más íntimo y, claro, las manías sexuales del dictador entre 1932 y 1938, el periodo que comprenden los minuciosos diarios de la joven, Mussolini secreto (Crítica), publicados ahora en España.

La "ricitos" -así la bautizaron sus competidoras- no lo tenía fácil para quedar como "la única del harén", como le elogió el siempre embustero Mussolini. Había quedado seducida por un hombre muy fuerte ya desde niño, que "crecía como una planta salvaje, haciendo llorar mucho a mi madre", según confesión de cama tras uno de los agitados y extenuantes coitos habituales.

Mussolini ama a lo bestia, pertrechado con viriles creencias que le expone por teléfono o en directo: "El sexo es la primera expresión del organismo". "Hacer el amor vivifica las ideas, ayuda al cerebro; me gustaría saltar desde aquí sobre tu cama como un tigre". Y se identifica con el coito del toro: "Magnífico, grandioso; en pocos segundos ha terminado; en el momento culminante es terrible, inmediatamente después está calmado y se retira melancólico; la vaca se mantiene inmóvil, tranquila". Es fácil seguir sus proezas: Petacci subraya la fecha del dietario o pone un sí en las entradas cuando culminan sus relaciones.

El primer contacto completo es fruto de la euforia: el 6 de mayo de 1936, Mussolini conquista Etiopía y proclama el imperio; a las pocas semanas, se estrena con su joven amante, que, a base de insistencia, cartas aduladoras y visitas de 15 minutos, ha conseguido hacerse un hueco en la agenda y en la cabeza del dictador. El guión de los encuentros pasa, tras el sinfín de llamadas diarias, por una cita en la trastienda del inmenso palacio Venezia a media tarde. Arrullada a los pies de un Duce cansado y que lee la prensa, escucha la radio o que ultima un discurso ("arrodíllate, adora a tu gigante que te ama"), acaban acostándose juntos, haciendo el amor "arrebatado": "Hacemos el amor y grita como un animal herido"; "lo hacemos con violencia". Inmediatamente, el león dormita; ella le vela. Al poco, se despierta y come algo ("Hacemos el amor con entusiasmo y brío... Luego se levanta y come la fruta como un salvaje"). La mayoría de las veces hay sesión doble. "No quiero hacer el amor una vez a la semana como los buenos palurdos; te he acostumbrado y me he acostumbrado a un amor frecuente y espero que no quieras cambiarlo", le avisa al poco de consolidar las relaciones, en octubre de 1937.

La virulencia no es un accidente o un juego de un día. Mussolini le cuenta a su joven compañera que a su esposa la desvirgó sobre una butaca "con mi violencia habitual", brutalidad que la joven Petacci ya conoce: mordiscos de los que dejan señal en el hombro, o casi una nariz rota en el vaivén sexual. "Pierdo el control: si no fuese así, los nuestros serían coitos maritales, aburridos".

Ella parece encajarlo bien: "Lo hacemos con tanta fuerza, que hasta me duele de la alegría", anota tras un largo encuentro en mayo de 1938. Es más, lo jalona y lo excita. Lo hace desde el primer día, con una prosa o un susurro musicados con la mejor fanfarria fascista: "Lanzadme la escalera de rayos de oro para que pueda subir hasta el sol: no puedo vivir sin su calor", le escribe en 1933 cuando busca las primeras audiencias. Y más: "Sois agresivo como un león, violento y majestuoso" (1936). "El emperador eres tú y nadie más; los Saboya son postales". "Te he visto resplandeciente como una estatua de bronce; cuando hablabas temblaban las murallas romanas a la voz del César...". "Estás guapísimo, bronceado, viril, sobre el caballo blanco" (1938).

Sabe Petacci a lo que juega. Mussolini tiene un punto de fachada, se intuye fragilidad tras el corpachón. Por un lado, psicológico: se siente solo e incomprendido, así por su esposa como muchas veces por buena parte de su nación. "Mi mujer nunca ha sido consciente de mi grandeza", lloriquea. "Nadie se ocupa de mí. ¿Te fijaste en que ayer llevaba los calcetines desparejados, uno distinto del otro?", le comenta. "Fuera de la política, me han de guiar en todo y para todo: 'Ahora come; ahora tápate; ahora bebe esto, ahora ve a hacer pipí, porque a veces lo retengo hasta tres horas".

También ha intuido la joven la preocupación por la decadencia física del Duce. Tiene 52 años y casi le dobla la edad. "Mira qué mentón más firme; entiendo que una mujer pueda dormir con una fotografía debajo de la almohada, como haces tú", le suelta ante unas fotos suyas hechas por un periodista norteamericano. "¿Ves a tu gladiador, a tu atleta? Dime que no soy viejo; no quiero envejecer, la vejez es repugnante", comenta por teléfono tras un desfile militar. En una de las confesiones más impactantes, le admite que le preocupa empezar cada mañana de su vida acudiendo al váter: "Me humilla". Hay algo que le atrae, sin embargo, de esa pieza: "Me gustaría que hicieras pipí aquí conmigo".

Esas obsesiones y las primeras habladurías sobre la relación con una mujer mucho más joven que él (53 años ante 24) y casada con un oficial subordinado disparan en Mussolini sus temibles accesos de ira. Tampoco es ajeno a ello la presión que Claretta hace sobre el tema de las otras amantes, que él mantiene simultáneamente y que, en un gran esfuerzo, ha reducido a dos más. Las excusas del dictador son de opereta: "Te juro que no es verdad sobre los Evangelios". "Mi naturaleza es así, soy una bestia, resisto y después caigo". "Solo estuve 24 minutos: fue una cosa rápida". Ella no se queda corta: "Eres impulsivo, bestial, rutinario. Un perro, un gato, un mandril".

Pero hay veces que el Duce no puede más y entonces llegan las patadas a mesas, sillas y periódicos, los gritos huracanados... "Tengo un mundo al que vigilar y un pueblo al que gobernar y ya te dedico demasiado tiempo; a veces me pregunto si soy tonto", le espeta el 15 de marzo de 1938. Más tarde volverán las carantoñas o la promesa de una escapada furtiva. "No quiero que nuestro amor sea una cosa pública, que se hable en los cafés o en la modista. Me preocupa mi prestigio. No puedo pasar por un viejo chocho".

Esa última no era una bronca más: es de las pocas veces que Mussolini está nervioso por la política internacional. Algunos diarios, especialmente los franceses (pueblo acabado, según él, "por la sífilis, la absenta y la prensa libre" y porque "sus mujeres son todas prostitutas: les gustan los negros porque tienen el pene largo y delgado, y son ellas las que poseen al hombre"), dudan de su salud (que contrarresta exhibiéndose a caballo a menudo).

Petacci toca poco la política; le deja decir y con caricias le calma cuando le enfurece que, de nuevo, la prensa francesa le diga que imita a Hitler ("un presuntuoso") en el tema judío. "¡Yo soy racista desde 1921!". Tanto lo es que le explica a la Petacci que "solo tres veces se me ha dormido el pajarito, retirado e indignado", y una fue por "el olorcillo de una judía; ya sabes como soy con estas cosas".

Franco también le pone nervioso con su estrategia en la Guerra Civil: "Me admira mucho y siempre me ha obedecido, pero es idiota: 18 meses para una Guerra Civil me parecen demasiado. ¡Yo hice la guerra de África en siete!".

Donde no parece fingir es en su obsesión con la muerte, que cree que será inminente. Le aterra el frío que puede pasar una vez en la caja, y por eso le da instrucciones para que le dejen una esterilla. ¿Y ella? ¡Se quedará sola! "Yo no te sobreviviré: he nacido para ti, acabaré contigo", le susurra tras otro fogoso encuentro en marzo de 1938. Así será en abril de 1945, los dos juntitos, colgados boca abajo en la Piazza Loreto de Milán.

'Mussolini secreto' (editorial Crítica), los diarios de Claretta Petacci, ha salido recientemente a la venta.

http://www.elpais.com/articulo/portada/sexo/salvaje/Dictador/elpepusoceps/20101107elpepspor_5/Tes

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