ROBERTO RAMÍREZ BRAVO
Libertad bajo fuego
En la efeméride nacional hoy se
conmemora el Día de la Libertad de Expresión. Ya se sabe el origen de
esta fecha, que fue usada originalmente para que los dueños de los
periódicos agradecieran al Presidente... algo, a saber qué.
Sin
embargo, no puede omitirse que sigue siendo una fecha en la que se
recuerda la actividad periodística y, por lo general, sobre todo en los
últimos tiempos, sirve de momento de reflexión de lo que ocurre en el
acto de informar.
Gabriel García Márquez lo llamó “el mejor oficio del mundo”, y quien lo haya ejercido, tal vez no pueda dejar de coincidir.
Pero
en los últimos tiempos el periodismo se ha convertido en una actividad
altamente riesgosa. Lo comprueban las calificaciones que dan a México el
estatus del país más peligroso del mundo para la actividad
periodística, que ubican a Guerrero en el tercer lugar dentro del país.
De
1997 a la fecha han sido asesinados 13 periodistas y tres han sido
desaparecidos, pero el mayor número de atentados ha ocurrido a partir de
2006. Salvo en el caso del asesinato del corresponsal de Televisa,
Amado Ramírez Dillanes –en el que hubo una consignación y sentencia que
satisfizo a nadie–, la constante en los crímenes contra comunicadores ha
sido que siguen brutalmente impunes.
En las desapariciones, tanto
de Leodegario Aguilera Lucas (ocurrida en el gobierno de René Juárez
Cisneros) como del reportero y voceador del ABC de Michoacán, Emanuel
Salvador Reyes (ocurrida en Zihuatanejo en 2010), y de Marco Antonio
López Ortiz (hoy cumple un año que no se sabe de él), las autoridades
han sido omisas en investigar sus paraderos, a pesar de que por lógica
mínima podría existir la posibilidad de que estuvieran con vida y
pudieran ser rescatados.
Cuando López Ortiz desapareció ya se
había instalado el gobierno de Ángel Aguirre Rivero, pero la
Procuraduría de Justicia no ha movido un dedo para localizarlo; no lo
hizo cuando estuvo Alberto López Rosas al frente, ni durante el periodo
del encargado, Juan Manuel Herrera Campos, ni ahora con la nueva
titular, Martha Elba Garzón Bernal. A lo más que han llegado es a
integrar medianamente un expediente; es lo único en que se avanza en la
trama burocrática, pero ¿y la búsqueda? De eso, nada.
Para
desventura de los comunicadores y de la sociedad –pues el periodismo es
un oficio que tiene que ver con la democracia–, se está volviendo un
lugar demasiado común el hacer recuentos de los muertos y desaparecidos
en cada fecha relacionada con la libertad de expresión.
Tal como
se le exigió a Zeferino Torreblanca Galindo en su momento que
investigara la muerte de Amado Ramírez, ahora es necesario exigirle a
Aguirre Rivero que su procuraduría haga lo mismo con Marco Antonio
López. Que lo encuentre, vivo o muerto, pero que lo busque.
Para
no olvidarlos y recordarle a las autoridades que sus casos siguen en la
impunidad, vale nombrarlos a todos: Rafael Villafuerte, asesinado en
2003; Leodegario Aguilera Lucas, desaparecido en 2003; Misael Tamayo
Hernández, asesinado en noviembre de 2006; Amado Ramírez Dillanes,
asesinado en abril de 2007; Juan Daniel Martínez Gil, enterrado vivo en
2009; Jean Paul Ibarra Ramírez, también en 2009; Juan Francisco
Rodríguez Ríos y Elvira Hernández, asesinados en Coyuca de Benítez en
2010; Jorge Ochoa Martínez y Evaristo Pacheco Solís, en 2010; Emanuel
Salvador Reyes, desaparecido en 2010, y Marco Antonio López Ortiz,
desaparecido el 7 de junio del año pasado. Aparte está el caso histórico
de Jesús Abel Bueno León, quemado vivo en 1997.
En el resto del
país la situación no es diferente: en Veracruz, en una misma semana hubo
tres asesinatos de periodistas, entre ellos la corresponsal de
Proceso, y en los estados del Norte varios han sido asesinados y desaparecidos.
Los
riesgos inherentes al ejercicio periodístico no deberían, sin embargo,
ser razón para que los ciudadanos, los comunicadores, ni las
autoridades, se acostumbren a un estado de inacción de la Procuraduría,
lo cual sólo fomenta la impunidad y más agresiones.
Como
corolario, hay que precisar que el mayor número de agresiones ocurrió
durante el gobierno de Zeferino Torreblanca Galindo; nueve fueron
asesinados en esa administración, y el propio mandatario encabezó una
violencia verbal sin precedente contra reporteros.
En el gobierno
de Aguirre, sin embargo, las rancheras no se cantan mal, pues su equipo
de seguridad ha ejercido violencia física contra reporteros que cubren
sus actividades, y a pesar de que se les ha denunciado, no modifican su
actitud.
Hoy, pues, no hay nada que celebrar y sí mucho sobre lo cual reflexionar, y mucho qué exigir.
http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2012/06/07/index.php?section=sociedad&article=002a1soc